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Opinión

Mi entrevista personal con D. Manuel Irujo Ollo

por JESÚS AZANZA IMAZ - Sábado, 1 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Con ocasión de la gran manifestación celebrada en Pamplona el día 3 de junio último en defensa de nuestra bandera de Navarra, como símbolo de su identidad propia, recordé la conversación que tuve con D. Manuel Irujo Ollo, que habría sido ministro de la república y senador, así como miembro dirigente del partido nacionalista vasco. Nuestro encuentro tuvo lugar en el Paseo de la Inmaculada -andén de Estella- en verano de 1976 o 1977, donde había retornado tras un largo exilio en París.

Yo conocía a D. Manuel por referencias de mis padres que, aunque discrepaban radicalmente de sus ideas nacionalistas, lo tenían en gran estima y consideración como persona, por su bonhomía y religiosidad católica asistiendo y participando habitualmente en sus celebraciones litúrgicas en las que cantaba las misas solemnes y las vísperas de los santos con buena voz de tenor. Sin duda, Don Manuel se identificaba completamente con las afirmaciones de Sabino Arana que había escrito: “Si los vascos no fueran católicos, yo renegaría de mi raza vasca, porque la catolicidad es un elemento constituyente y esencial de la raza vasca”.

Con estos conocimientos sobre su personalidad, me atreví a presentarme ante Don Manuel, como nieto a Jenaro Azanza, a quien me constaba que lo conocía bien por haber sido mi abuelo Alcalde de Estella, durante dos años en tiempos de Dictadura de Primo de Rivera, entre los años 1920 y 1930. Se le iluminaron los ojos a D. Manuel y exclamó: !Qué alegría me das, hijo!..!Qué gran alcalde D. Jenaro, el mejor que conocí!. No era de los nuestros, pero era un auténtico caballero y respetuoso con nuestro partido nacionalista. Gracias a él pudimos nacer y empezar a desarrollar nuestro partido en Estella.

Ganada su confianza, me atreví a continuar: D. Manuel, yo también soy de raza vasco-navarra todos mis apellidos son vascos y nací en la Calle Chapitel de EStella y como talle voy a hacer una pregunta. Sí, hijo, sí. LA que quieras, no faltaba más. Me animó. “Además, de mi sangre vasca, coincido con Ud en que soy también abogado y por todo ello me interesa el conocimiento y aplicación del Fuero Nuevo de Navarra, nacido de la costumbre de los navarros, que rige las relaciones jurídicas de nuestro pueblo y que actualmente, desde hace varios siglos, se promulga y actualiza en el Parlamento de Navarra. Respiré tres veces y le pregunté: “D. Manuel ¿qué va a ser del Parlamento Navarro si Navarra se integra en Euskadi?

Sin titubear me contestó: “tendrá que haber una sola institución parlamentaria para las cuatro provincias vascas” ¿Y cuantos parlamentarios tendremos los navarros en dicho parlamento?, maticé. Sin inmutarse contestó: “El número de parlamentarios será en proporción a la población de cada provincia”. “ES decir, calculé: en Vizcaya son cuatro millones de habitantes, en Álava y Guipúzcoa, medio millón aproximadamente, como Navarra. A Navarra le corresponderían un 10% y las leyes se promulgan por mayoría que ahora tenemos la absoluta....”

Viéndose cogido D. Manuel terminó: “en cualquier caso, el Fuero Nuevo hay que mantenerlo vivo, como institución ancestral y foral de Navarra.”. “Pero cómo, si desaparece el Parlamento Nuevo “, concluí. D. Manuel no contestó a este enigma insolubre y amparándose en que otras personas habían acudido a saludarle, se despidió muy cortésmente de mí, aunque no con la efusividad de su saludo inicial. Mientras me retiraba a casa, iba rumiando dos conclusiones que extraje de mi entrevista relámpago con D. Manuel:

1ª) Me sentí orgulloso de mi abuelo Jenaro, a quien no conocí, por el valor cualificado de los sinceros elogios realizados por su enemigo político ya que, en aquellos crispados años, supo respetar u defender la vida y los derechos humanos de quienes ostentaban un ideario político distinto y hasta enfrentado al suyo pero sin renunciar a sus propios valores y sentimientos. Mi abuelo, que era un simple agricultor con gran sentido común, tenía una jerarquía de valores, encabezada por la dignidad humana y sus derechos y en segundo lugar, supeditada al primero, aunque también reconocía su valor a la diversidad de la raza, cultura y lengua etc. que la historia con su variedad ha ido creando en el ser humano de manera circunstancial, contingente y casual, durante millones de años.

Para mi abuelo en esta sociedad cabíamos todos, excepto los violentos o mejor dicho como afirmaba un analfabeto muy sabio” en mi sociedad laica cabe todo dios, mientras que en el laicismo no cabe ni Dios”

2ª) En lo referente a la integración de Navarra en Euskadi, disolviendo total y gratuitamente las instituciones patria, vigentes durante muchos siglos y ganados con enorme esfuerzo por nuestros antepasados, como un azucarillo en la leche, me confirmó en mis convicciones que son patentes en este escrito.

Mi abuelo se sentía vasco-navarro, porque sus 8 apellidos eran vascos, y cuatro de ellos con denominaciones de pueblos de Navarra, como Azanza, Azcona, Ciordia y Arguiñano se sentía también navarro, nacido, como sus ascendientes, en Estella y se sentía español, no castellano, porque así había sido durante cinco siglos, como una unidad integradora de los distintos pueblos y lenguas, que formaban desde antiguo- la Hispania Romana.

Ya que cualquiera que haya estudiado someramente la Historia Universal sabe que todas las naciones del mundo -incluida España- están integradas por múltiples pueblos, razas, etnias con sus lenguas, costumbres, folklores, leyes y derechos propios y diversos, que invadieron cada nación durante millones de años, desde el paleolítico hasta la edad media. Pensaba mi antecesor que no había que atomizar y subdividir España, sino que había que respetar la dignidad de todos los seres humanos y razas en ella existentes con todas diversidades.

En una palabra, se sentía lo que era, con todo respeto: ser humano lo primero y seguidamente vasconavarro y español. Como su nieto.

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