El cantaor ofreció un histórico concierto en Anaitasuna en 1990

Domingo, 2 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Camarón de la Isla, en aquel concierto en el pabellón Anaitasuna.

Camarón de la Isla, en aquel concierto en el pabellón Anaitasuna. (Foto: Javier Bergasa)

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Camarón de la Isla, en aquel concierto en el pabellón Anaitasuna.

pamplona- Dos años antes de su muerte, Camarón ofreció en Anaitasuna un directo que quedó para el recuerdo, pese a las tres horas que hizo esperar al público navarro.El desencanto y la frelma gitana, así titulaba Carlos Polite, periodista de DIARIO DE NOTICIAS, su crónica acerca de aquel histórico concierto, publicada el 28 de mayo de 1990:

El espectáculo se anunciaba teóricamente a las 10 de la noche. En el pabellón del Anaita, lleno sin apreturas, nos dimos cita toda la comunidad gitana y aficionados payos, que visto lo visto, en esta ciudad, somos un buen montón (...) Risas y expectación a la espera de rendir pleitesía al cantaor más carismático de la historia del cante, José Monje Cruz, Camarón de la Isla. Para el arte, es venerado por los flamencos y admirado por muchos gentiles. Sabemos de su absoluta informalidad. Es un consumado especialista en el arte de las pirulas. Pasa de todo el personal. Dentro de su diminuto y depauperado cuerpecito, anida el halo de los genios, el carisma de los elegido. José Monje lo sabe y lo explota hasta la saciedad. A tanto llega su falta de delicadeza y de todo su poderío que le importó un comino aparecer por el pabellón pasadas las 12 de la noche. (...)

A la una de la madrugada se apagaron los faroles y al hacerse nuevamente la luz, vimos al fin, el escuálido cuerpo del Guró del cante sentadito en la silla, las manos casi exánimes apoyadas en las rodillas. No se dignó a mirar a sus lacayos. Como un cacique ancestral, esperó a que el griterío se calmara un pelín, dando tiempo a que Tomasito calentara monteras. Una vez concentrado, y sin decir Pamplona, atacó alegrías muy marineras, muy de su tierra. (...) Por fin el monstruo se acordó un poco de los fieles y el trance final puso las cosas en su sitio. Cantó después por tarantas, cante nada festivo, cante en muchos momentos desgarrador. José atacó con enjundia y regaló a los aficionados de verdá los mejores momentos de la noche. El personal aplaudió con calor. Pero la noche estaba para cante grande (...) Con todo el personal ya entregado, el ritmo festero de las bulerías, puso el pabellón en ebullición. Nos metió de despedida unos fandanguitos y, todos a casita. El genio se fue como llegó, no dijo ni pío. - D.N.