la carta del día

Un año sin Mario Zunzarren

Por Fátima Frutos - Lunes, 3 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:01h

Hace hoy exactamente un año perdimos a Mario. En vísperas de nuestros idolatrados Sanfermines, la espada del destino nos cruzó el pecho.

Desde aquel fatídico día en que una llamada me congeló el alma con la noticia de su fallecimiento, nunca he terminado una jornada sin que un pensamiento, durante unos segundos o minutos, me evocara la grandeza de su persona y la de Maite, su compañera de vida. Todos los días en este año sin Mario Zunzarren he tenido en la mente un verso suyo, rememorando su sonrisa, recordado sus ideas y bondades o revivido conversaciones que tuvimos. Recuerdo especialmente el primer día que un poema suyo se colgó en la pared de la Plaza de los Poetas en Barbarin, gracias a su amiga, la extraordinaria escritora Carmen Puerta. Se me acercó, como él solía hacerlo, con bonhomía, humildad, dicharachero y feliz, y me dijo: “Frutos, esto vale más que la edición internacional de un libro”. Porque él era y es así, de la tierra, de Navarra, apegado a los suyos, a sus costumbres y valores. Y tenía más aprecio por unos versos pendiendo de unas piedras, que por una tirada de libros apabullante y estratosférica. A él lo que le gustaba era su gente. Cuánto me hubiese gustado poder decirle en persona que ahora la literatura que se hace en Navarra cuenta con una asociación y que vamos viento en popa a toda vela.

Nunca los poetas de Navarra nos pudimos tampoco despedir de la mujer a la que amaba, su musa y compañera, a la que tanto quería, y que, sin duda, dejó también un hueco profundo en nuestros corazones al irse abrazada a él.

No quisiera terminar estas líneas de homenaje al escritor, al amigo, al padre, al compañero, al policía foral Mario Zunzarren (que tanto me ayudó y aconsejó frente a los acosos padecidos) sin volver a sentir, cerrando los ojos ante este folio que escribo, el abrazo inmenso, acogedor, restaurador e indispensable que me dio su desconsolado hermano, mientras yo le narraba el inmenso cariño y calor humano que Mario siempre me había regalado a manos llenas. “Frutos, tú, muy dura, muy dura;pero si te tocan la fibra, mira que te pones sentimental”, me decía. Ay, Mario, si tú supieras cuánto echo en falta tus arranques de sinceridad, tu dignidad de hombre de orden, tu arrebatada realidad a pie de vida. Aquí seguimos, viendo a Navarra crecer, amando nuevas tierras y nuevos seres, apartándonos de la miseria moral de algunos y triunfando, como tú, con cada halo de vida.

La autora es presidenta de la Asociación de Escritores de Navarra