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Civilización y barbarie en San Fermín

Por Pedro Miguel Ansó Esarte - Lunes, 3 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:01h

al menos desde los estudios de Piaget y Kohlberg se viene hablando científicamente de un proceso de crecimiento y desarrollo moral en las personas. Los valores morales y la reflexión ética sobre ellos son realidades cambiantes y reflejan un progreso desde la heteronomía a la autonomía, desde conductas primitivas hasta conductas de refinada sensibilidad. Convendría que hoy reflexionásemos sobre tres realidades presentes y constantes en las fiestas de San Fermín: las agresiones sexistas, la tortura de los animales y el consumo de alcohol.

Estamos ante tres realidades distintas y que, sin embargo, están fundamentadas en presupuestos similares: su instalación en la rutina, el consentimiento y silencio de la gente masa, y la irreflexión.

Resulta cuando menos chocante que en Navarra, pionera en el reconocimiento de los derechos de las minorías, como acabamos de ver en la protección al colectivo LGTBI, no se den pasos legislativos de avanzadilla en los tres campos que comentamos. Algo habrá que hacer para ir reduciendo drásticamente hasta su desaparición el número de agresiones sexistas, para que ningún toro sea torturado hasta la muerte en el ruedo, para que no tengamos que comentar el patético espectáculo de personas intoxicadas por ingesta excesiva de alcohol.

No creo que a estas alturas haga falta fundamentar racionalmente la inmoralidad que supone la creencia, tácita o expresa, de la superioridad del varón sobre la mujer, de la heterosexualidad sobre las demás conductas sexuales. No podemos ser ajenos a las consecuencias que en la vida cotidiana tienen semejantes concepciones. Y sin embargo, el machismo y la creencia en la superioridad del heterosexual se resisten tenazmente a desaparecer;es más, en el ámbito escolar los maestros y profesores estamos viendo un rebrote de ellas en las nuevas generaciones. Algo está fallando en las familias, en la escuela y en las instituciones sociales y políticas. Es realmente lamentable que en estas fechas seamos noticia, dentro y fuera de Navarra, por conductas anacrónicas, obsoletas e indefendibles. Nadie tiene derecho a obligar a hacer algo a alguien que no lo desee;las personas tenemos valor (dignidad por el mero hecho de ser personas) y no precio (no somos objetos de usar y tirar). Que todos somos iguales (en derechos) y distintos (en la diversidad) parece que debería ser un principio de oro para nuestra vida moral.

Y si bien es cierto que el Ayuntamiento de Pamplona y algunas asociaciones están trabajando por mejorar el punto anterior, no menos cierto es que siguen siendo escasas las acciones en torno a la supresión o modificación de la fiesta taurina. Todo el mundo sabe que existen unos Derechos Humanos Universales, pero mucha gente ignora todavía que existe una Declaración Universal de los Derechos del Animal (Londres, 1977), aprobada por la Unesco y la ONU. Esta declaración dice expresamente en su artículo 3: “a. Ningún animal será sometido a malos tratos ni actos crueles;b. Si es necesaria la muerte de un animal, esta será inmediata, indolora y no generadora de angustia.” ¿Por qué parece indisoluble el vínculo entre disfrute personal y sufrimiento animal? ¿Por qué la Casa de Misericordia no extiende la ídem a los astados? ¿Por qué en la católica Navarra los cristianos se hacen cómplices con su silencio ante tan deplorable espectáculo? Es preciso exponer públicamente estos interrogantes, crear una masa crítica, un estado de opinión, un debate social sobre esta atávica práctica, que desdice de la Navarra puntera en tantos aspectos, para propiciar su modificación o eliminación. Los animales tienen derecho, como seres vivos dotados con capacidad emocional, a tener derechos;y nosotros, la obligación de reconocérselos.

Y por último, el alcohol. Tema difícil de abordar dada la aceptación social, la tradición y el fuerte arraigo que su consumo tiene en nuestra cultura, pero no es de consecuencias menos importantes que los otros dos asuntos. Pensemos solamente en las víctimas de los accidentes de tráfico y en las agresiones a otras personas bajo sus perniciosos efectos. También aquí tendríamos que alertar a la sociedad, desperezar a una masa que parece mirar para otro lado en este asunto.

Reflexionar sobre estos temas no nos convierte en aguafiestas, sino que, por el contrario, nos lleva a vivir con más lucidez los muchos aspectos positivos de la fiesta: fiesta de la cercanía, de la amistad, de la desinhibición respetuosa, de las actitudes permisivas y cosmopolitas, de la tolerancia en la diversidad. La alegría o el bienestar (por decirlo con una palabra menos pretenciosa) nace del interior de la persona: de la paz con uno mismo, de la empatía con los demás, del cuidado amoroso de la madre naturaleza. Soñemos con los Sanfermines que todavía no son, pero podrían llegar a ser. Contrastemos nuestra catadura moral en el crisol de la Fiesta. ¡Viva San Fermín! Gora San Fermín!

El autor es profesor de Humanidades de Enseñanzas Medias

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