DYA Navarra, José Joaquín Esparza

Alfredo Aristu Hernández - Miércoles, 5 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Ya faltan unos segundos y a todos que se han citado en el mismo lugar, los embarga la impaciencia o el desespero. Esperar un poco cuando se ha esperado mucho, es un tiempo que no se tiene en cuenta, pero todos los miedos, angustias y nervios toman cuerpo en los últimos momentos. Y en este preciso instante que suenan los timbales, llega la hora de enfrentarse a lo desconocido, pues cada día lleva en sí lo que no se conoce.

¡Pum!, zorionak, a ti DYA Navarra, por ser elegida para protagonizar el Chupinazo de los Sanfermines de 2017, y justo el año en el que cumples 40 de andadura. Un reconocimiento que te brinda Pamplona de viva voz, y no solo para ensalzar tu quehacer hacia los demás, sino por tu manera de andar sin ánimo de lucro, y cuando tu estilo ya no se estila.

El ritmo del siguiente minuto lo marca el recuerdo y cuando los recuerdos, que no están sujetos a la mudanza del tiempo, nos mantienen vivos en plena carrera. Una carrera que prosigue a galope tendido, sorteando los adoquines que despuntan a lo largo del recorrido, y llega de repente hasta el claroscuro del callejón, donde 40 años atrás perdió su apuesta José Joaquín Esparza, y sin apenas de estrenar la indumentaria de la vida. A los pocos minutos de la mañana del día 8, José Joaquín acabaste tu última prueba, y precisamente el año en el que te habían concedido el galardón al mejor atleta. Por la tarde, y ya muy tarde para echar la vista atrás, una trompeta rompió el silencio que imperaba en los tendidos y el público, puesto en pie y bajo un cielo encapotado, redimió su tristeza irrumpiendo en vítores.

La vida, de por sí, es una carrera de obstáculos, un juego cuyas reglas se tienen en cuenta y contiene dos caras: la alegría y la tristeza. Y entre el espacio que ocupa la vida y la fiesta, apenas hay un trecho. Una distancia que se puede medir por lo poco que le cuesta a algo muy frágil quebrarse;o por lo que dura un suspiro.

Suena el cuarto cohete que pone fin a este encierro que se ha corrido entre las astas de las palabras y, jugando con ellas, surge un juego de paranomasia y que tiene en liza a Pamplona y sus fiestas de San Fermín: “Los Sanfermines sin los encierros serían los Sinfermines y Pamplona sería Pamplina”. Otra fiesta, otro estilo.