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A la procesión

Por Miguel Izu - Viernes, 7 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Iosu acabó de vestir de blanco a Garbiñe y le puso el pañuelo rojo. La sentó en su cochecito, bien amarrada para que no pudiera escapar, y lo empujó por el pasillo hacia la puerta del piso. Lo dejó aparcado allí y volvió para buscar a Aritz, su hijo mayor, que una vez vestido de blanco y rojo se había perdido por la casa. Lo encontró en el cuarto de estar, sentado en el suelo ante la televisión donde en el canal local ya se había iniciado la retransmisión de los preliminares de la procesión de San Fermín.

- ¡Aritz! Venga, vamos, levanta, que nos tenemos que ir ya para no llegar tarde.

- ¡Mira, mira, ya están los gigantes en la calle! Aritz señalaba a la pantalla.

- Pero bueno, ¿sigues empeñado en llevarte a los críos a la procesión? era la mujer de Iosu, Alicia, todavía en bata de andar por casa y apoyada en la puerta con un café humeante en la mano, la que le preguntaba con cara de muy pocos amigos.

- Que sí, que ya te lo he dicho un montón de veces. Que a ellos les hace ilusión.

- Ya, y a ti también, por lo que veo acusó ella apuntándole con el índice.

- Y a mí también, claro que me hace ilusión llevar a mis hijos a la procesión. ¿Pues qué? Para eso es San Fermín respondió él, resignado, intentando arrancar a Aritz del televisor y llevarlo de la mano hacia la puerta. Alicia se le interpuso en el camino, obligándole a detenerse.

- Pero, a ver, qué ilusión ni qué narices, si somos ateos. ¿Qué pintas tú en una ceremonia religiosa, viendo desfilar al arzobispo y a toda su caterva de curas?

- Oye, la atea serás tú, yo no creo en nada, ni siquiera en el ateísmo -replicó él.

- Pues si no crees en nada, a qué viene la tontería de ir a adorar a un santo.

- Oye, que esto no tiene nada que ver con creer o con no creer. Somos de Pamplona, ¿no? Son fiestas, ¿no? Y es una tradición de Pamplona. ¿A ti no te llevaban a la procesión cuando eras pequeña, o qué? ¿No te gustaba correr delante de los kilikis?

- Ya dices bien, me llevaban, pero desde que soy mayorcita para tomar mis propias decisiones no se me ocurre ir. Y tú tampoco ibas antes le recriminó Alicia.

- Ya, pero hoy quiero llevar a los niños, antes los llevaba mi madre, que en paz descanse, pero como ella ya no está alguien tendrá que llevarles replicó Iosu, mohíno.

- No me hagas hablar de tu madre, que bastante hicimos para complacerla en vida, casarnos por la Iglesia, bautizar a los críos y todo eso. Pero ahora ni falta que hace que los lleve nadie a la procesión, hay más días de kilikis y hoy están muy bien en casa.

- ¿Cómo que no? Van todos sus amigos, y sus primos. ¿Quieres que sean unos desarraigados en su propia tierra? Iosu decidió defenderse con un ataque frontal. Y además, he quedado con todos los de la cuadrilla, ateos incluidos, que también llevan a sus críos.

- Bobadas y más bobadas bufó Alicia. Allá los de la cuadrilla.

- Sí, pero tú bien que en Nochebuena los llevas al Olentzero. Y por Reyes los llevamos a la cabalgata. Y los disfrazas en carnavales para la fiesta del colegio.

- ¡No es lo mismo! objetó ella, alzando la voz y las manos.

- ¿Y qué pasa con Halloween? Iosu hundió más hondo el dedo en la herida.

- ¡No cambies de tema! se irritó aún más Alicia, cogida en falta.

- ¡Ja! Es el mismo tema. Tradiciones, costumbres, fiestas, leyendas. ¿No crees en San Fermín y sí en los fantasmas? Iosu lanzó toda su artillería. Vaya coherencia. Pero tus hijos no tienen por qué pagar el pato de que a ti no te gusten los sanfermines.

- Vale, vete, vete, allá tú. Pero después de correr con los kilikis querrán correr en el encierro, o tirarse de la fuente de Navarrería, entonces les explicas tú qué tradiciones hay que seguir y cuáles no para ser unos buenos borregos dentro del rebaño.

- Pues claro que lo haré. Y si quieren correr el encierro, ¿qué? dijo malhumorado Iosu, que había sido corredor del encierro y, aunque decía no creer en nada, había cantado muchas veces en la cuesta de Santo Domingo pidiendo la protección del capotico de San Fermín. Qué paciencia la mía, no sé porqué no puedes ser una madre normal, como todas tus amigas, en lugar de una comecuras amargada.

- Y yo no sé cómo te aguanto. Debería haberme ido a Zarautz con mi hermana, que en sanfermines estás insoportable. O haber tenido hijos por inseminación artificial.

Iosu logró esquivarla y alcanzar la puerta de la calle con los dos niños y, antes de salir y de cerrar prudentemente la puerta tras de sí, lanzó el último dardo.

- En lo de Zarautz todavía estás a tiempo.

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