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Amancio Ortega, el mecenas que deslumbra

Por Javier Orcajada del Castillo - Sábado, 8 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

el propietario de la cadena Zara ha donado 320 millones de euros para adquirir equipos sofisticados para investigar el cáncer. La reacción de la población va desde la admiración acrítica hasta el rechazo por considerarlo caridad. A los españoles les apasiona recibir regalos, aunque no tengan utilidad. Lo importante es que sea gratis. Es fácil caer en la euforia al enjuiciar a un mecenas que dona elementos útiles para la sociedad, pero se olvida de que los derechos que tenemos como seres humanos no pueden estar condicionados a la generosidad, sentimientos altruistas, de lástima o el estado de ánimo del donante de quien posee una de las mayores fortunas del mundo. La salud, la educación, las pensiones, son derechos subjetivos que deben estar garantizados por los medios económicos que aporta la colectividad por la vía de los impuestos, sin limosnas humillantes para quien paga sus impuestos como es su deber. Sin entrar en el análisis de las intenciones u objetivos ocultos con los que se hacen, que pueden ser perversos al decidir realizarlas. No es de recibo argumentar que en todos los países avanzados existen mecenas que, después de pagar sus impuestos, desean hacer aportaciones voluntarias, pues se puede caer en la mitificación de quienes han logrado acumular fortunas difícilmente justificables en términos de justicia social explotando mano de obra barata en países del tercer mundo. Sería aún más intolerable si, además, tienen carácter finalista, imponiendo el destino y la aplicación de los fondos. De hecho, resulta rechazable que se hayan orientado las donaciones hacia equipos de detección del cáncer, sin atender a la denuncia de una plataforma de médicos especialistas de ese área de la sanidad que declara que, en los hospitales, existe un exceso de estos equipos que están inactivos en la actualidad. Supone inmiscuirse en espacios que le son ajenos, pero que los condicionan porque la alternativa es aceptarlo, de lo contrario, no hay donación. Quien se sienta generoso debería entregar los fondos al correspondiente organismo oficial, quien decidirá su aceptación, condiciones y el destino asignado. Porque puede tratarse de una operación que pretenda ocultar fondos de posible origen dudoso o de una operación de cosmética populista. Si el sistema fiscal es justo y todo el mundo paga los impuestos correctamente, no será necesario tener que esperar la hipotética generosidad de los mecenas que imponen el agradecimiento servil de políticos que tergiversan intencionadamente la justicia con la limosna o la caridad.

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