El principio Humpty Dupty

Por Javier Otazu Ojer - Sábado, 8 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

“Las palabras significan lo que yo quiero que signifiquen, ni más ni menos” es una de las frases más famosas del celebérrimo libroAlicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. Quien pronuncia esta frase es un huevo (llamado Humpty Dupty) con piernas y brazos en el cuento, aunque hoy en día la puede pronunciar cualquier ser humano: cuando intercambiamos información con otras personas, muchas veces se usan mensajes ambiguos para poder dejar interpretaciones abiertas respecto de una circunstancia cualesquiera que pueda ocurrir en el futuro.

Casos de políticos imputados (o investigados) que se niegan a dimitir cuando lo habían prometido son ejemplos claros del principio que denominaremos, desde ahora, de Humpty Dupty. Se hace un pacto por el cual un alto cargo debe dimitir si está imputado. Pero siempre existe algún subterfugio para salir libre del paso. Un poco de teatro por aquí, una queja por allá, y a no ser que el caso sea flagrante ya escampará: siempre aparece algún asunto de interés que hace olvidar al anterior.

El principio Humpty Dupty se usa muchas veces cuando falta cierta información. El caso estándar es el de la llegada del PP al poder, cuando prometió bajar los impuestos y lo que hizo fue subirlos. Es una fórmula muy vieja, y se llama la “herencia recibida”. La realizan todos los gobiernos. Por supuesto, también el de Navarra (no hay duda: cuando en nuestra comunidad llegue la alternancia, los nuevos mandatarios harán lo mismo). Eso nos lleva a una conclusión desesperante y preocupante: tenemos un problema muy grave de contabilidad. La otra posibilidad es que simplemente se trate de un pacto implícito de partidos a partir del cual nadie destapa los trapos sucios de otro y todos seguimos alimentándonos del mismo pesebre.

Otra fórmula que sirve para honrar este principio es la de cambiar de opinión para evitar un mal mayor. Por supuesto, siempre existirá una causa de orden superior que justifique una mentira. Para ser claros, que justifique cualquier tipo de mentira. Los ejemplos abundan. Rajoy subió los impuestos debido a que en caso contrario el país iba a ser rescatado. En este caso, y es una excepción, la causa es justificada. El problema es que su promesa electoral no se ajusta a la realidad o bien por mentira descarada o bien por desconocimiento de la realidad o bien como se ha comentado anteriormente por ser falsos los datos contables. Las tres posibilidades son muy graves. Después de rechazarlo por activa y pasiva, Rivera pactó con Rajoy por “la estabilidad de España”. Sánchez pactó en muchos ayuntamientos con Podemos, pese a haber dicho que no iba a hacerlo, para “evitar un Gobierno del PP”. La conclusión es descorazonadora: nada de lo que nos cuentan es fiable.

¿Cómo evitar eso? Se pueden plantear varias posibilidades. Uno, crear un organismo público independiente o una asociación cuyo objetivo sea evaluar el número de mentiras proclamadas por nuestros dirigentes políticos. También vale para los grandes ejecutivos. Al menos existirá una lista pública de Pinochos. Dos, penalizar las mentiras. Pero eso es muy difícil: ¿cómo saber si la mentira es o no a sabiendas? En este contexto, podemos afirmar que el principio “el fin justifica los medios” se pronuncia pocas veces, pero se realiza muchas.

Hay una tercera vía. También es complicada. Es un tema educativo. Pero es viable. Todos conocemos lo que es la empatía: se trata de ponernos en el lugar del otro para comprender su punto de vista. Eso está muy bien. Pero existe un atributo olvidado: la asertividad. ¿En qué consiste? En la capacidad de decir lo que pensamos a otra persona de forma clara y respetuosa.

Si lo pensamos bien, en nuestra sociedad la asertividad no está muy desarrollada. Y es un problema causado debido a nuestro deseo de evitar el conflicto. De esta forma, las personas caraduras o con mal carácter pueden ganar terreno imponiendo su ley. Por otro lado, si no nos atrevemos a denunciar una situación injusta estamos perdiendo derechos propios o los están perdiendo unos terceros. Pero claro, es un peligro. Corremos un riesgo denominado “el dilema de Cordelia” (de una obra de Shakespeare). La hija del rey Lear le comenta a su padre una situación que percibe como injusta. El rey puede tomar dos decisiones: agradecer un punto de vista contrario que le ha ayudado a mejorar o coger un enfado monumental con su hija de consecuencias imprevisibles. Por desgracia para ella, toma la segunda. Por eso hay que ser cuidadosos cuando decimos a alguien algo que no desea escuchar.

Está claro que nos iría mejor si valorásemos la asertividad como una cualidad necesaria y deseable para todas las personas, en especial para los líderes. Una asertividad en dos direcciones: para aprender de manera constructiva de los errores cometidos y para decir a la sociedad aquellas cosas que no quiere escuchar pero que debe conocer.

El autor es profesor de Economía de la UNED de Tudela