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Treinta y nueve años y un día

Por Miguel. Izu - Domingo, 9 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Por aquel entonces teníamos dieciocho años y nos apetecía ir a los toros, a Sol, por supuesto, es donde está el ambiente, pero no era fácil. Casi toda la plaza estaba abonada, era imposible obtener un abono, las pocas entradas que salían a taquilla caían en manos de los revendedores y tenían un precio demasiado elevado para nosotros, tampoco era posible hacerse socio de una peña porque todas tenían una larga lista de espera. Había que tirar de amistades e influencias familiares para pescar alguna entrada.

Aquel 8 de julio, aunque era sábado y la ciudad estaba a reventar de gente, algunos de la cuadrilla habían conseguido entradas. Los que no, quedamos con ellos en ir a buscarles a la salida de los toros. Nos reuniríamos junto al quiosco y las cabinas de teléfonos que había cerca del callejón de entrada a la plaza. Entonces había muchos quioscos de prensa y de chucherías y muchas cabinas de teléfonos, dentro de pocos años a las nuevas generaciones habrá que explicarles qué eran y para qué servían. Así que a eso de las ocho y media de la tarde nos plantamos junto a la plaza de toros y nos dispusimos a esperar, rodeados de la multitud que suele hacer lo mismo a esa hora.

Pasaba el tiempo, las puertas no se abrían y no salía nadie. Vaya, hoy la corrida está siendo larga, comentamos. En algún momento me fijé en que se había abierto la puerta del encierro, aunque todavía no salía la gente. Pensé que la corrida ya había acabado y me acerqué a la barandilla del callejón para comprobar si se veía algo. Lo que vi fue muy extraño. Un montón de grises, así llamábamos a la Policía Armada, equipados con material antidisturbios, entraban desde los pasillos al callejón y, de allí, se dirigían corriendo al ruedo. De pronto se cerró la puerta. Volví a donde estaba la cuadrilla y les dije lo que había visto. De inmediato, se empezaron a oír disparos en el interior de la plaza y empezó a salir el público a la carrera. Todo era muy confuso. Nos alejamos prudentemente de allí. Las calles estaban llenas de gente que corría, y pronto el ruido de las sirenas de coches policiales y de los disparos se extendió también fuera de la plaza de toros.

A los pocos minutos empezaron a aparecer barricadas. Era algo bastante usual entonces cuando los grises tomaban las calles para reprimir una huelga o una manifestación. Menos usual era que, como en aquella ocasión, las barricadas se confeccionaran con la madera de los vallados del encierro, que acabó en llamas. La violencia siempre prende más violencia.

No recuerdo exactamente cómo, en aquella época anterior a los teléfonos móviles y cuyos métodos de comunicación hemos olvidado, nos acabamos encontrando todos y los que habían estado en los toros nos contaron a los demás que la policía había cargado contra el público a causa de una pancarta y que habían tenido que desalojar la plaza entre pelotazos y botes de humo. En un momento en que el ambiente parecía más calmado entramos en la plaza de toros, que había quedado vacía, para echar un vistazo. El suelo estaba lleno de almohadillas, trozos de sillas de madera destrozadas, banderas desgarradas, botes de humo consumidos, todo tipo de restos inidentificables, incluso encontré la visera de plástico del casco de un policía. Allí parecía haberse producido una batalla campal.

Más tarde nos reunimos en casa de alguien que vivía allí cerca, en la avenida de Roncesvalles. Llegamos parapetándonos detrás de los coches y de las barricadas porque no parábamos de oír disparos de, suponíamos, pelotas y botes de humo. En los días siguientes fuimos descubriendo sobre las fachadas de las casas o en los escaparates de las tiendas impactos de otro tipo de disparos, uno de ellos resultó mortal al alcanzar en la cabeza a Germán Rodríguez. También se oían las sirenas de la policía, de los bomberos, de las ambulancias. La gente había ido desapareciendo de las calles y la noche fue cubriendo una ciudad irreconocible. Así acabaron aquellas fiestas. El domingo la ciudad despertó soleada, pero de luto, y con las calles del centro mostrando los destrozos de una noche de barbarie. En los corrillos unos echaban la culpa a la policía y otros a ETA. El lunes fuimos al funeral de Germán Rodríguez, no sé por qué el único recuerdo que tengo fijado en la mente es que el féretro iba cubierto por una bandera roja.

En los sanfermines chiquitos de aquel año fue más fácil conseguir entradas para los toros, al año siguiente incluso abonos.

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