Érase un país que no es

Por Bixente Serrano Izko - Domingo, 9 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Érase un país donde impusieron una ley conocida como Ley Mordaza, totalmente de sobra porque ya tenía un sistema judicial que a menudo dejaba sin habla de puro asombro al personal mínimamente sensato. Érase un país con miles y miles de leyes, todas también de sobra, pues se resumían en una: la ley de la arbitrariedad. Érase un país donde unos cócteles de ginebra, ron o vodka se convertían, por obra y gracia de jueces instructores y fiscales ad hoc, en terroríficos cócteles molotov en alguno de sus rincones geográficos (¿la Barranca?, la de Perú o por ahí, ¡claro!, que vamos de ficción), pero en otros lares esos mismos cócteles eran atenuantes en trifulcas, gamberradas y para violadores machos de raza y casta. Érase un país donde la justicia gozaba de absoluta independencia, ella marcaba la línea de gobierno, ella creaba los necesarios terroristas para justificarla, ella sola con su espada deshacía el nudo gordiano de cada problema político. Érase un país donde los despachos del Ministerio de Justicia se constituían en asesorías jurídicas para corruptos, ladrones de corbata, extorsionadores, evasores fiscales y demás agentes de La Cosa Nostra. Érase un país donde esa Cosa trasladaba fiscales dispuestos a husmear donde no se debía y promocionaba a los más capaces de paralizar investigaciones peligrosas. Érase un país donde se indultaba a quienes no habían andado demasiado listos para eludir responsabilidades en fechorías y crímenes. Érase un país donde la deontología profesional de los grandes medios de comunicación se medía por su calor al jalear esa absoluta independencia del sistema judicial. Érase un país que subsistía de milagro, condecorando a vírgenes y santos. Érase un país que celebraba el cuarenta aniversario de la organización de la Cosa homenajeando a dirigentes y guías de la transformación de una dictadura sangrienta en una mafia capaz de convertir en masa sanguinolenta a quien quiera que se le opusiera. Érase un país tan superpoblado de pepelerdos que no cabían en un solo partido y se distribuían en muchos de los del abanico parlamentario. Érase un país que no era país, que era un territorio donde medrar la Cosa a sus anchas, donde perpetrar sus canalladas con las espaldas bien cubiertas por la ley de la arbitrariedad, donde medir la valía de sus capos por el número de muescas en sus armas de todo calibre y naturaleza. Érase un país vomitivo. Érase un país tan inconcebible como país que solo una mínima parte de sus cerebros supuestamente pensantes podía llegar a creer que debería alzar su voz crítica, su “¡Ya vale, no era esto!”. Érase un país tan increíble que cualquier parecido de lo descrito con la realidad vivida por sus gentes es pura coincidencia, no es España, por más que, como vomitivamente dijo la dictadura madre de la actual, Spain is different. Nada de lo relatado va con nosotros, si vomitamos, que de seguro sí, sea efecto de la orgía de fiestas en las que ya estamos sumergidos y de las que vienen a lo largo del verano.