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El piso de Ava

Por Miguel Izu - Lunes, 10 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Tito Senosiain, cuando se dejaba barba, se parecía a Hemingway. Desde que cumplió los cincuenta le salía tan blanca como al escritor norteamericano en sus últimos años. Lo descubrió en 2009, su mujer le animó a dejársela crecer y presentarse al Primer Concurso Internacional de dobles de Hemingway que convocó el Departamento de Cultura del Gobierno de Navarra para conmemorar los cincuenta años de su última visita. “Con barba te parecerías un montón”, le dijo. Fue una gloriosa iniciativa cultural que nunca se volvió a repetir y que atrajo a Pamplona a una docena de yanquis barrigones y barbudos más o menos parecidos al premio Nobel. Tito Senosiain fue de los pocos indígenas a los que se les ocurrió presentarse y pronto comprendió que no tenía nada que hacer contra el resto, muchos casi profesionales que llevaban años presentándose a concursos similares en Estados Unidos. Pero de aquella experiencia había sacado alguna idea provechosa.

Como todos los años, desde el mes de mayo se había dejado crecer la barba. Cuando el 5 de julio recibió en el portal de la calle Estafeta a sus inquilinos, una familia que venía desde Carolina del Norte, le hicieron la observación habitual. “Pero, usted se parece mucho a Hemingway”. “Siempre me lo dicen”, respondió en su mejor inglés restando importancia, “pasen, pasen, les enseñaré el piso”. Les condujo por la estrecha escalera que subía al primero, a la vivienda que había heredado de su tía y que alquilaba todos los Sanfermines. Siempre a norteamericanos dispuestos a pagar una buena cantidad no sólo por el balcón al encierro sino, sobre todo, por ser un lugar con historia. “¿Así que Ava Gardner se lo alquilaba todos los años a sus padres durante las fiestas?”, quiso cerciorarse el patriarca, empresario y antiguo quaterback de casi dos metros de alto y otro tanto de envergadura. “En efecto, míster Braddock”, contestó Tito, “desde que vino a rodar la película Fiesta volvía todos los años y alquilaba este piso, lo prefería a ir a un hotel. Era muy famosa en aquella época, vivía en Madrid y todo el mundo la conocía, no hubiera tenido tranquilidad. Le gustaba venir de incógnito y mezclarse con la gente”. Los yanquis asentían sonrientes ante aquellas noticias sobre su paisana. “Nosotros vivimos en Raleigh, ¿sabe?, a solo noventa millas de donde nació Ava”, anunció la esposa.

Tito Senosiain abrió la puerta del cuarto de estar con vistas a la Estafeta y mobiliario pasado de moda. Los yanquis enseguida se fijaron en la fotografía que lo presidía donde aparecía Ava Gardner con Hemingway. Tito, que se había preocupado de imprimir y enmarcar la imagen, sabía que estaba tomada en la finca de los Dominguín en Cuenca, pero dio su explicación acostumbrada. “Aquí están durante unos sanfermines. Es un recuerdo de familia”. La hija, una rubia de veintitantos años y cara traviesa, preguntó: “¿Ava y Hemingway eran solo amigos? Ella tenía fama de devoradora de hombres…”. “¡Becky!” se escandalizó la madre. Tito Senosiain fingió embarazo. “Bueno, no nos gusta hablar de eso… ¿Quieren ver los dormitorios?”. La hija hizo caso omiso de su madre. “¿Quiere decir que sí hubo algo entre ellos?”. Se hizo un expectante silencio. Los tres americanos miraban a Tito, que tosió. “Miren… No está bien que yo les hable de ellos. Al fin y al cabo, eran como de la familia para mis padres”. Hizo una estratégica pausa que rompió Becky. “¡Por favor!”. “Bueno, solo les diré que corrió el rumor de que sí, de que durante los años cincuenta, cuando ambos estaban en Pamplona, se reunían en este piso. Hemingway le decía a su mujer que había pasado la noche de juerga y que había empalmado con el encierro, pero parece ser que tenían un asunto… Ya me entienden”. Las dos mujeres habían empezado a levitar y al padre parecía que también el asunto le interesaba. Tito decidió quemar el último cartucho. “Hasta hubo rumores… En fin, esto no está comprobado… de que Ava se quedó embarazada y ese fue el motivo real del divorcio con Frank Sinatra”. “¿Y qué fue del bebé?”, la madre no pudo reprimir su interés. Tito Senosiain hizo otra larga pausa. “Bueno, en realidad no se sabe nada seguro… Dicen que Ava lo tuvo en Pamplona, un lugar mucho más discreto que Madrid o que Estados Unidos, y lo entregó en adopción a una familia pamplonesa. Pero son solo rumores”.

El padre miró la fotografía de Ava y de Ernest y, luego, pensativo, a Tito. “Sí, míster Sinushain, comprendo. No se preocupe, nosotros somos discretos”.