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Huracán de fuerza cinco

Por Patxi Barragán - Lunes, 10 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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He tenido que echar mano de Google y la wikipedia para dar con el dato preciso que parece darme un toque de erudición que desde luego no tengo. La forma de medir la velocidad de los vientos y la magnitud de sus destrozos se mide a través de la escala Saffin-Simpson desde el año 1969. El tope lo marca la fuerza cinco y además de inundaciones y destrozos en los edificios suele requerir la evacuación masiva de la gente afectada en la zona de interés.

El Huracán que pasó ayer domingo por Pamplona no tuvo que ver mucho con temas climáticos y sí con ese castaño de 620 kilos de peso de la debutante ganadería salmantina de Puerto de San Lorenzo. El animal únicamente corrió junto a sus hermanos el primer tramo de la cuesta de Santo Domingo. A partir de ahí, metió la directa y salió zumbando hacia la plaza a una velocidad que ni los más atléticos corredores pudieron mantenerse en su cara una decena de metros,

Destacar la gran nobleza del toro que se limitó únicamente a correr como alma que lleva el diablo y que llegó a sacar más de cincuenta metros al resto de sus hermanos pero limitándose a galopar, sin lanzar un miserable derrote aunque, eso sí, dejó alguna imagen espeluznante como la del chaval al que desgarró totalmente la parte baja del pantalón aprisionándolo contra la pared cuando ya prácticamente tocaba con las pezuñas el albero pamplonés,.

Si no se hubiese tropezado con un corredor en la zona del vallado de Telefónica es muy posible que ese récord de velocidad que mantiene desde 1997 el jandilla Huraño en algo más de minuto y medio peligrase. ¿La gran ventaja de su carrera? Pues que siendo domingo y con el recorrido abarrotado de corredores, pseudocorredores, mirones, curiosos y demás especies de la raza humana (todos tiene su papel dentro del encierro, aunque el de algunos sea papel higiénico), despejó la calle de inoportunos y quienes si estaban ahí para lo que tenían que estar pudieron disfrutar delante de la torada.

Por cierto, una torada que ya hemos reseñado anteriormente que debutaba y que lo hizo acompañada por la totalidad de los mansos, lo que también era una novedad. Salvo que algún sesudo seguidor de los encierros me lo desmienta, era también la primera vez que toros y todos los cabestros salían de forma simultánea con el primero de los cuatro cohetes que marcan el encierro. ¿Por qué los diez cabestros del tirón? Es bueno tener espías a lo largo del recorrido (gracias por el dato, Alfon) que te cuentan que en el encierrillo de la noche anterior uno de los toros se dio la vuelta, tuvieron que soltar a los mansos de cola para reconducirlo y ya se quedaron todos en los corralillos a esperar a las ocho de la mañana. Menos mal que no eran los de Escolar porque si todos los cabestros se van desde el principio y un toro vuelve a quedarse suelto hubiesen tenido que recurrir a aquel invento tan divertido que los más viejos del lugar recordarán y que tiene por protagonista a Fernando Moreno, el hijo de don César, el ganadero navarro: en su finca de Monteverde fabricaron un manso de tela y cartón y dos de ellos se metían dentro convirtiéndose en las patas del animal. Yo personalmente le he visto de esta guisa llevar vaquillas desde el ruedo a los corrales siguiendo su estela y el sonido de su cencerro.

PD.- Gracias a Montse Petri y Carmela Troyas, dos ENFERMERAS con todas las letras. Y además, en mayúsculas.