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A paso de banderillas

Recuerdos

Por Lázaro Echegaray - Lunes, 10 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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La corrida se puso cuesta arriba cuando el primero que pisó el ruedo se echó a los pitones al banderillero Pablo Saugar Pirri, prendiéndolo por el vientre y volteándolo en los cuernos con los consabidos destrozos que eso supone. Fue un toro que no transmitió en la muleta y al que Curro Díaz toreó con su estilo apelizcao y en donde hubo momentos buenos por el pitón derecho y poco más. Ureña encontró agua en el segundo de la tarde. Se trasladó bien embarcado en el capote, viajó de lejos a las telas de la muleta estatutaria, tomó una primera serie con la cara colocada, mucho ritmo, galope y elasticidad. Pero no era constante. O al menos acusaba mucho los cambios de distancia. De lejos se entregaba, de cerca lanzaba derrotes en el último tramo del muletazo. A Ureña se le premió la voluntad, el valor, la estética y la estocada en su primero al que cortó una oreja. Garrido, debutante, tuvo la suerte de terminar matando un toro de otro encaste. Nunca es lo mismo lidiar un atanasio que un jandilla y el último de la tarde, anunciado a nombre de La Ventana del Puerto, hierro de la familia de San Lorenzo, venía de esos lares. Cambiaba la lámina y también el comportamiento. Garrido, que no dio con las teclas de los atanasios, encontró muy pronto las teclas de la afición de Pamplona: toreo de rodillas, molinetes de todo tipo, circulares invertidos, pinchazo y una oreja tras la segunda entrada.

Se recordaba en la tarde de ayer el fatal percance que hace un año sufrió el torero Víctor Barrio. En aquella corrida había actuado también Curro Díaz para el que todo serían recuerdos. Entre ellos el de la épica corrida que lidiaron su compañero Garrido y él en Madrid ante estos mismos toros del Puerto de San Lorenzo que ayer debutaron en Pamplona. Fue aquella una corrida que mostró a las claras el peligro que llevaba. La de ayer generó un peligro diferente, menos visible, el que se llama peligro sordo.