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La corredora

Por Miguel Izu - Martes, 11 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Eran casi las ocho menos cuarto. Maite se ajustó hasta las cejas el gorro que recogía su corta melena castaña de modo que le tapara lo más posible la cara. Se había puesto también unos pantalones blancos bien amplios y una camisa y una blusa que también le quedaban anchas y le ayudarían a disimular que era una mujer. Le favorecía tener una buena estatura. Respiró hondo y atravesó rápidamente las barreras hasta entrar al recorrido por la calle Mercaderes, implorando que nadie se fijara en ella y que no la detuvieran. Los policías acababan de desfilar camino de la Estafeta. Avanzó entre los corredores mirando al suelo, tratando de pasar lo más inadvertida posible, y se colocó bien pegada a un portal, impaciente porque transcurrieran los minutos que quedaban hasta que sonara el primer cohete, momento en el que ya no habría vuelta atrás.

Patxi, su novio, se había indignado la tarde anterior cuando le contó sus planes.

- ¿Correr el encierro? ¿Pero estás loca?

- ¿Y por qué no?

- ¡Las mujeres no podéis correr el encierro!

- ¡Claro que podemos! Desde hace dos años la ley ya no prohíbe a las mujeres participar en espectáculos taurinos -Maite había consultado con Ángel, un amigo de la cuadrilla que había acabado la carrera de derecho el año anterior y había empezado a trabajar en un despacho de abogados.

- Eso será para las que saben torear, en novilladas o cosas así, el encierro es distinto, es muy peligroso.

- Pues tú bien que has corrido.

- Yo soy un tío.

- Un tío machista. Las mujeres tenemos los mismos derechos. Te recuerdo que Franco ha muerto, por si te has perdido los telediarios de los últimos meses.

- No es una cuestión de derechos -replicó Patxi con su orgullo antifranquista herido.

- Pues claro que sí. Lo que pasa es que los hombres sois unos machistas, aunque vayáis de rojos, como los de tu peña -atacó Maite. La peña a la que pertenecía Patxi había debatido un par de meses antes si daba el paso de admitir mujeres y, por amplio margen, había ganado la opción de mantener las cosas como estaban y solo aceptar hombres. La cuestión dividía también a otras peñas-. Mujeres, solo nos queréis de madrinas y fregonas.

- No te van a dejar -Patxi decidió abandonar el debate ideológico y contraatacar por otro flanco más práctico-. La Policía Armada expulsó ayer mismo a dos chicas que pretendían correr. Y fueron los propios mozos los que las denunciaron.

- Ya me las arreglaré. Además -Maite intentó un recorte-, en Estella desde hace años corren chicas.

- ¡Bah! Con vacas -dijo despreciativo Patxi-. No es lo mismo.

Maite y Patxi se habían despedido de morros. Ella seguía firme en su intención de correr el encierro. Un rato más tarde se llevó otro disgusto. Su amiga Ana, con la que había quedado en que correrían juntas, se rajaba. Su novio también le había leído la cartilla pero había ido más lejos que Patxi. Si Ana corría el encierro, él cortaba su relación.

- ¿Y vas a dejar que decida él? -le preguntó Maite muy enfadada.

- Ya le convenceré… pero mañana no puedo ir contigo, no me puedo arriesgar -respondió Ana, deprimida ante su segunda discusión desagradable.

Así que Maite estaba sola, temblando, con más miedo a los mozos que la rodeaban que a los toros que unos pocos minutos llegarían corriendo. De pronto notó que alguien se colocaba delante de ella, demasiado cerca, cerrándole la salida, y levantó la vista con el corazón dándole un salto. Un mozo alto y robusto estaba a su lado y le sonreía.

- Tranquila. No te muevas de aquí, que no te vean.

Maite respiró, aliviada. El chico estaba de su parte.

-¿Es la primera vez que corres? -preguntó él. Ella afirmó con la cabeza, no le salían las palabras.

-No te preocupes. Yo te digo cuándo tenemos que empezar a correr. Tú sígueme y todo irá bien.

Cuando sonó el primer cohete, Maite no sintió miedo sino alivio. Por fin iba a correr el encierro. «Espera», le dijo el chico. Solo después del segundo cohete él empezó a andar y le animó a hacer lo mismo cogiéndola suavemente del brazo. Rodeados de una multitud de corredores fueron acelerando el paso. Casi en la mitad de la Estafeta Maite oyó a sus espaldas gritos y cencerros y supuso que los toros llegaban ya. No podía volver la cabeza y mirar, bastante tenía con evitar a los demás corredores. Su protector se volvió hacia ella y le indicó que se echara hacia la derecha. Los dos subieron a la acera y se pegaron a la pared mientras los toros pasaban a toda velocidad.

- ¿Qué tal? -preguntó él.

- ¿Quieres correr conmigo mañana?