Irresponsabilidades de artificio

Joseja Zamarbide - Martes, 11 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Desde el siglo XV hasta nuestros días, los fuegos artificiales pueden considerarse como el acto que más gente concentra en un mismo lugar, miles de personas observan las diversas colecciones con coreografías y efectos visuales, sonidos y un variado colorido en ese momento de mayor fantasía de nuestra fiesta. Por unos momentos pamploneses y foráneos dedicamos a perder nuestra mirada en el silencio momentáneo, y la oscuridad de la noche con el fin de descubrir esa luz artificial de la pólvora mezclada con estroncio, magnesio y aluminio que permite adquirir ese rojo intenso y el blanco, colores que la identifican nuestra fiesta. Bendita pólvora cuando se utiliza para estos fines lúdicos que hagan mirar a todos hacia un mismo lado y conseguir iluminar la noche cuando, al parecer, todo oscurece. Esos minutos de admiración parecen establecer un relevo generacional, ya que puede suponer la retirada para unos y para otros el comienzo del disfrute, todo en un mismo escenario, Pamplona, la vieja Iruña, nuestra gloriosa ciudad, la cual nos brinda la posibilidad de escaparnos de esa rutina cotidiana en esta vida en que vivimos, estacionando por unos días nuestras rutinas, nuestros hábitos, nuestras obligaciones, pero sin dejar de ser nosotros mismos, que el humor sirva para compartir la alegría del momento y contagiar esos momentos de felicidad. Que entre Pamplona y nosotros sean recíprocos los buenos recuerdos, sin olvidar demasiado ese civismo y coherencia que nos encaminen hacia la lógica, al igual que los fuegos artificiales, todos se lanzan en un mismo sentido, pese a que cada uno luego tome distinta trayectoria, pero dejemos de ir en “manada”, sin respetar ni distinguir entre otras cosas, el deseo de un “sí” y la verdad de un “no”. Que una irresponsabilidad de más, no suponga una alegría de menos.