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El Dimasu

Por Miguel Izu - Miércoles, 12 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

La sociedad estaba en un sótano de la calle Mañueta, de esos donde los móviles no tienen cobertura. Sus miembros, tras la cena y las copas, solían discutir si los muros de piedra eran romanos o medievales. Otilio, el socio más antiguo, afirmaba que los había hecho su abuelo cantero, pero no le hacían caso. Javier siguió a su padre por la estrecha escalera de caracol que bajaba desde el portal. “Este es mi hijo Javier”, presentó Fermín. El presidente y el secretario le estrecharon la mano y se sentaron en torno a una mesa. “Así que estás recién casado”, dijo el primero. “Hace nueve meses”, respondió Javier. “¿Y tan pronto ya vienes a apuntarte al Dimasu?”, se burló el secretario. “Se lo he dicho yo, mejor desde los primeros sanfermines”, le defendió Fermín, “hay que marcar el territorio desde el inicio, si no, te comen”.

“Está bien”, cortó el presidente, “le habrás dicho que primero hay que prestar juramento”. “Sí”, dijo Javier, mosqueado de que hablaran de él como si no estuviera delante o fuera un niño pequeño y no un adulto en la treintena. El presidente tomó con reverencia un ejemplar del programa oficial del Dimasu de casi cuarenta años atrás. “Es del último año que nos dejaron publicarlo, antes de pasar a la clandestinidad”, explicó Fermín a su hijo. Este, a indicación del presidente, colocó su mano derecha sobre el programa. “¿Juras guardar secreto sobre el Dimasu, sobre su existencia, su fecha, su recorrido y sobre sus miembros?”, preguntó el secretario. “Sí, lo juro”, respondió Javier. “Está bien”, dijo el presidente, “antes de ser oficialmente admitido has de responder a unas preguntas”. “Sí, claro, estoy dispuesto”. El secretario tenía ante él un formulario en el que tomaba notas criptográficas.

“¿Qué excusa le vas a dar a tu mujer?”, inquirió el presidente. Javier tomó aire antes de responder. Sabía que aquella era la pregunta clave y la había estado preparando a conciencia con su padre. No podía admitirse el mínimo riesgo de que alguno de los miembros fuese descubierto por su cónyuge, lo cual podría acarrear la extinción total de una tradición que únicamente podía pervivir si se aseguraba el máximo sigilo. Fermín le había explicado que él llevaba cuatro décadas utilizando con su madre una excusa que se había revelado invulnerable. Le decía que ese día quedaban los amigos del colegio, era el único día del año en que se podían ver todos porque algunos ya no vivían en Pamplona, y que no tenían ningún inconveniente en que fuesen las esposas. Ellas nunca iban porque no soportaban a Satur, un sujeto baboso y sobón que las besuqueaba y les metía mano delante de sus maridos fingiendo que todo era broma y que contaba chistes verdes subidos de machismo y de mal gusto. En realidad, a sus amigos tampoco les caía muy bien, pero Satur llevaba más de veinte años en estado vegetativo en un hospital de Valencia a causa de un accidente de tráfico y se habían cuidado mucho de decírselo a sus respectivas, se mantenía la ficción de que acudía puntualmente cada año a la cita de los sanfermines. Javier había dudado, no tenía un Satur a mano en su cuadrilla, y la excusa tenía que ser indestructible, es decir, ser tan válida que soportara un encuentro con su consorte mientras se estaba disfrutando del Dimasu. Su padre le había contado que a él le había sucedido dos veces y que resultó indemne explicando a su mujer que acababan de dejar a Satur en el último bar. Ella no sólo se había tragado la historia sino que había salido huyendo de inmediato. Finalmente, habían encontrado una explicación igual de sólida.

“Le diré que estoy trabajando y que tengo una misión de vigilancia de paisano”. “¿De qué trabajas?”, preguntó el presidente. “De policía municipal”. El presidente y el secretario cruzaron una mirada de admiración. “Parece una buena patraña”, dijo el primero. “No tiene ninguna grieta”, dijo con orgullo Fermín, “puede utilizarla todos los años, ella no la puede comprobar y puede acogerse al secreto profesional si se enfrenta a preguntas incómodas”.

“Está bien”, anunció sonriente el presidente, “supongo que eres consciente de que asumes una gran responsabilidad, la de mantener una antigua tradición sanferminera, hoy amenazada hasta el punto de que hemos de practicarla en secreto”. “El chaval lo sabe de sobra”, zanjó Fermín. “Sí, claro que sé el compromiso que contraigo”, confirmó Javier. El presidente concluyó solemnemente: “Estás admitido. Bienvenido a la cofradía del Día del Marido Suelto”.