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La denuncia

Por Miguel. Izu - Jueves, 13 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Cuando Ernesto quiso sacar la cartera para pagar las cervezas, se encontró con que le había desaparecido. La llevaba en el bolsillo trasero de su pantalón blanco y recordaba perfectamente que la tenía dentro de la Plaza de Toros porque, tras entrar al tendido, había guardado en ella su entrada. Se la habían robado, probablemente, en el tumulto de la salida al acabar la corrida y yendo hacia las terrazas de Roncesvalles. La cartera era lo de menos, era solo una funda de plástico que usaba como tal en sanfermines para llevar el DNI, una tarjeta por si necesitaba ir a un cajero y unos pocos billetes, lo justo para pasar el día. Lo más molesto era lo del DNI, tendría que denunciar el hurto y pedir uno nuevo. Llamó desde el móvil para bloquear la tarjeta y, acabada la cerveza, decidió ir a poner la denuncia. Quedó con el resto de la cuadrilla en que los buscaría al acabar, no tenía ni idea de cuánto iba a tardar. Resolvió ir a la Policía Nacional, la comisaría de General Chinchilla no quedaba lejos y supuso que habría menos gente que en la de la Policía Foral en la plaza del Castillo. Su optimismo duró poco. Al llegar se encontró con una sala de espera abarrotada. Aguardó de pie más de una hora, luego quedó libre una silla y pudo sentarse al lado de un negro con aspecto de vendedor de baratijas.

Abdou, abrazado a su mochila, empezaba a estar muy irritado. Llevaba allí demasiado tiempo, un tiempo perdido para trabajar. Las primeras horas de la noche, con las calles llenas de gente, eran las mejores para intentar vender algo. Le costaba mucho vender lo suficiente para pagar la mercancía, la pensión donde dormía, comer y que le quedara algo que ahorrar. Se empezaba a arrepentir de haberse ofrecido a ir allí. Aunque tenía los papeles en regla, a diferencia de la mayoría de sus compañeros de pensión y de trabajo, no le gustaba acudir a una comisaría de policía y menos para perder tiempo y dinero. Y le gustaban menos las miradas que le echaban los blancos que iban pasando, como si fuera sospechoso de algo solo por ser negro.

Ernesto se reprendió a sí mismo por haber pensado, al principio, que el africano sería un detenido. Era obvio que en la sala de espera no había detenidos, a esos los tendrían en otro lugar, sino gente que, como él, iba a denunciar. Gente variopinta, latinoamericanos, anglosajones, japoneses, españoles. ¿A todos les habrían robado algo? Para perdonarse sus iniciales prejuicios decidió dar un poco de conversación al negro.

- ¿También estás para hacer una denuncia? -le preguntó, y mientras lo hacía le asaltó la duda de si el otro le comprendería. La incertidumbre se disipó de inmediato porque Abdou le respondió en un castellano muy correcto, con solo un leve acento africano.

- No, yo no. He venido como testigo, para ayudar a una chica que está poniendo una denuncia -dijo-. Estoy esperando a que me llamen.

- ¡Ah! ¿Llevas mucho rato?

- Casi dos horas…

Abdou se interrumpió mientras cesaban todas las conversaciones, un policía uniformado había salido al centro de la sala. “¿Quién tiene el ciento treinta tres?”. La mayoría de los presentes miraron el papel que llevaban en la mano, incluido Ernesto, aunque recordaba bien que tenía el ciento cuarenta y dos, y luego observaron con envidia a la pareja que entró con el agente a las oficinas.

- Si lo sé no me ofrezco. Me hacen perder tiempo de trabajo -continuó Abdou-. Pero quise ayudar a la chica, yo puedo reconocer al tipo.

- ¿Qué tipo? -preguntó con curiosidad Ernesto.

- Un tipo que le metió mano, le tocó el culo y el pecho, y la quiso besar. Ella le dio una bofetada, un amigo lo agarró, llegó la policía y lo detuvo. Yo lo vi todo, me preguntaron si les acompañaba como testigo, iban a denunciar abusos sexuales. Me pareció bien. No hay que tolerar esas cosas. En mí país nadie trata así a una mujer.

- ¿De dónde eres?

- De Senegal.

De pronto sonó el móvil de Ernesto. No reconoció el número de la pantalla pero respondió. Una voz masculina preguntaba por él con su nombre y apellidos completos.

- Sí, soy yo.

- Le llamo de la Jefatura Superior de Policía, en la calle General Chinchilla, a ver si se puede pasar a por su DNI. No sé si se ha dado cuenta de que se lo han robado, se lo hemos ocupado a un carterista.

- ¡Vaya! Si estoy aquí mismo, esperando para denunciar.

Cuando vino un policía a buscarle, Ernesto se despidió del africano ofreciéndole su mano.

- Suerte, que no tengas que esperar mucho.

- Tú tienes suerte. Yo no suelo tener suerte -dijo Abdou con resignación.

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