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Música

Tiempo de escucha

Por Teobaldos - Jueves, 13 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

CONCIERTO en leyre

Intérpretes: José María Bermejo Marín, órgano;Rubén Marco Armengol, trompeta. Programa: obras de Purcell, Bustehude, J.S. Bach, Lefébure-Wuly, Bermejo, Torelli, Widor, Vivaldi. Programación: Leyre Espacio Musical. Lugar: Monasterio de Leyre. Fecha: 11 de julio de 2017. Público: casi lleno (gratuito).

Se va imponiendo cierta costumbre de celebrar la fiesta mayor del Monasterio de Leyre con un concierto de órgano después de la solemne liturgia que los monjes llevan con el sosegado tempo de presbiterio vaticano, ceremonioso y lento. De nuevo -como el pasado año- el encargado de revolucionar la consola del gran órgano monacal, fue el titular del Pilar de Zaragoza, José María Bermejo Martín;ésta vez acompañado por el trompetista de Mallén, Rubén Marco Armingol. Brillo de trompeta exenta, sobre brillo de trompetería del propio instrumento. En el programa, pues, esos límpidos pentagramas barrocos, donde la trompeta salta jubilosa, de Purcell a Torelli o a Vivaldi.

Rubén Marco va a ofrecernos unas versiones de esas músicas tan conocidas y agradables, con sonido redondo, dominio absoluto del volumen, sin estridencias, fraseo ligado y más bien lírico en muchos tramos, y una sonoridad serena que se impone, sin aturdir, al acompañamiento del órgano. Usa el adorno barroco sin exhibicionismo: pequeña filigrana de remate a la frase amplia;y el colorido propio de la trompeta actual, sobresale sereno.

Bermejo Marín está familiarizado y conoce a la perfección del órgano de Leyre. Su presentación, a solo, fue un preludio de Bustehude: partiendo de un pedal sumamente poderoso, los temas afluentes se van interponiendo en una verdadera inundación sonora;como ocurre con todas las grandes obras para órgano bien interpretadas, llama la atención la claridad en la grandeza. No por escuchada -aunque menos de lo que parece- la famosa Tocata y fuga en Re menor (BWV 565) de Bach, sonó en el concierto que nos ocupa, con una versión muy personal, nada rutinaria. Se agradece. Su planteamiento fue casi teatral, con fuertes contrastes entre la calma -tocata- y la rapidez -fuga-;con extremada registración entre unos etéreos matices en pianísimo, y el apabullante tutti;con expectantes espacios de silencio entre las secciones, para dejar respirar al sonido expandido por la nave. Momentos delicadísimo fueron los juegos de ecos en el teclado agudo;y, en el otro extremo, un pedalier sumamente poderoso que cimentaba el arrebatador final. Como contraste -casi insalvable- a la magna obra, el Bolero de concierto de Lefébure-Wuly, francamente desengrasante y muy entretenido. El propio Bermejo hace, con su meditación, El sueño de san Virila, un homenaje a la leyenda de su éxtasis con el protagonismo del canto de los pájaros. Y, como final, el torrente inagotable de la sinfonía de Widor.

A un monasterio se va, fundamentalmente, a escuchar: la música, la palabra, y, sobre todo, el silencio. En el concierto, se han escuchado, también, los silencios. El abad Apesteguía recordó que la regla benedictina, que es la guía de la espiritualidad monacal de Occidente, comienza con “Escucha hijo…”. Es lo que más falta nos hace. Sólo así alcanzaremos la tranquilitas orbis (tranquilidad, calma, bonanza, del orbe).

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