El padre Goicoechea

Por Teobaldos - Viernes, 14 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:17h

Una de las canciones más preciosas del padre Goicoechea (Bera, 1924) es la titulada Bendigo tu presencia. Ahora que se nos ha ido al Padrecon mayúsculas, la recordamos, porque se nos queda en su copioso corpus compositivo, en su obra pedagógica, en la proyección de sus alumnos (cuando no había proyectos musicales como ahora), en la dirección coral y puericantora, en el sonido del órgano, en fin, en su calado espiritual. J.Mª.G. -lo he dejado por escrito varias veces- está en esa tradición de clérigos músicos que, desde el padre Donostia hasta Lorenzo Ondarra -por citar uno de los últimos desaparecidos- tanto han hecho por la música. No es fácil encasillar al compositor Goikoetxea. El organista Álvaro Landa, que ha realizado uno de los estudios más profundos sobre la materia, nos habla de un lenguaje atonal, donde la expresividad tímbrica es tratada con mucha delicadeza;de tal modo que sus obras resultan fluidas, naturales y nada abruptas, evocando las vanguardias de los años 60 y 70 del siglo pasado, y, a la vez, el postimpresionismo de Guridi, Remacha o el padre Donostia.

Su mundo compositivo desecha la utilización del concepto de nota, que sustituye por “alturas”;y propone “gestos”, no motivos musicales. Con una idea muy clara de la evolución, desarrolló cuatro sistemas compositivos diferentes: el de sistemas pitagóricos para la música contemporánea;la bipartición del total armónico en conjunción con la teoría de Weiss sobre el dígito 4;la técnica intervalar no sujeta a rigidez (Alban Berg);y el uso del cluster. Cito todo esto, que solo los muy especialistas pueden entender, para que se aprecie el enorme campo de trabajo del maestro. Para él, componer “era como un juego”, complicado, eso sí;lo hacía en el ambiente ruidoso de un bar (esto no es tan extraño, el poeta Jesús Hierro también);porque su sistema, cerebral y técnico se despertaba en ese ambiente. Luego, claro, todo lo fijaba en el teclado del órgano.

Es, sin duda, el padre Goicoechea un personaje con una experiencia de vida excepcional, poco conocida y poco alimentada por el ego. Cualquier otro hubiera explotado más su excelente relación con grandes directores de orquesta (Frübeck, por ejemplo) a los que suministraba Trujamanes (personaje del Retablo de Maese Pedro), tal como los quería Falla. O, solistas para el Misererede Eslava, en la tradición catedralicia, iruñesa o sevillana, de los infantes.

Hombre inteligente y reflexivo, a su provecta edad, asistía, con frecuencia, a los conciertos (a menudo con un cojín para el asiento), cosa que no todos los músicos hacen. Aprovechábamos, entonces, para hablar de lo que estaba componiendo: había comenzado el Concierto para piano número 3. Quizá alguna vez podamos escuchar su música para orquesta. Remacha, último maestro con el que estudió, se sorprendió de su alto nivel en armonía (quizás de lo único de lo que le he visto presumir). Pero, ni siquiera los más cercanos (antiguos Niños Cantores, Coral Liguori, solistas, organistas… o Javier Ecay -amigo, alumno, productor de sus grabaciones-) pueden explicar, del todo, la riqueza interna de esa mente creadora. Una creación fundamentalmente contemporánea, arriesgada y no siempre fácil de interpretar. Que se lo digan a los miembros de su querida Coral Liguori. Y es que al joven estudiante Goicoechea ya el ambiente musical de Roma le parecía conservador.

Es patente el agradecimiento de sus alumnos -siempre hablan con cariño-, a los que enseñó solfeo, pero sobre todo, a los que metió el gusanillo de la música para siempre. Algunos, con el salto al terreno profesional. Eterno aspirante al premio Príncipe de Viana de la Cultura, será recordado por su austera figura, delgada y sonriente, en la céntrica parroquia de San Ignacio.

Nunca he entendido por qué estos grandes músicos -independientemente de que guste o no su obra- han estado más bien apartados a ambientes académicos musicales. El currículo del redentorista que nos ocupa abarca experiencias musicales que van desde la ópera -montó La Flauta Mágica, El Cazador Furtivo…- hasta las vanguardias electroacústicas de mediados del siglo pasado;desde los primeros estudios juveniles con el organista de Estella hasta Roma y Darsmtadt, con Stockhausen. Queda mucho que explicar del padre Goicoechea;probablemente porque, sobre todo, quería explicarse a través de su música. Alguna vez le pregunté: ‘Cuando las trompetas anuncien el Juicio Final, ¿qué música sonara?’ “La de cada uno”, me contestó’. Algunos van con ventaja.