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la carta del día

Pregones ditirámbicos sobre la Transición

Por Julio Aguilar - Viernes, 14 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:17h

confieso que estoy harto de pregones elogiosos y a las veces hasta ditirámbicos sobre la Transición y su, al parecer, actor principal, es decir, protagonista: Juan Carlos I. Miren ustedes, tengan cintura y no abominen de cualquier opinión distinta a la suya. En principio, no aplaudan las perlas lanzadas a la actuación de un señor que en aquel tiempo, por no saber, no sabía ni hablar. Es que si yo hubiera sido monárquico me habría sentido abochornado por las sosísimas intervenciones de aquel rey de un nivel cultural, digamos con piedad, bajo. Pues el pregón ditirámbico de la señora Prego incide y reincide en señalar las virtudes de Juan Carlos el Breve, que es como se lo llamó entonces, si bien los que lo hicieron se equivocaron.

No me apoyo tanto en mi condición de doctor en Historia como en mis dotes de espectador de la realidad, digamos, al modo orteguiano, para decir que esa periodista obvia lo fundamental en un artículo recientemente publicado. Y es que la clave del arco de la Transición no está en nada de lo que ella dice, sino en lo que late bajo la palabra aggiornamento. “Puesta al día”, traduzco, que quiero escribir para que me entiendan todos.

Cuando quienes de verdad mandan en un régimen político ven que la forma de su dominio ha quedado obsoleta, que es una fórmula que ya no les vale para operar (negociar) en el mundo circundante, son lo suficientemente inteligentes para aceptar unos cuantos cambios para que lo básico siga igual. Es decir, su control de todos o casi todos los resortes políticos, económicos, sociales del país. A ver, ¿estoy impartiendo clase a parvulitos? Lo digo, con respeto, por los comentarios también ditirámbicos que he leído sobre esa señora y su débil artículo.

Por lo tanto la Transición no fue ese modelo de probidad que nos cantan estos días con melodía cansina al cumplirse su cuadragésimo aniversario, sino una especie de calculada operación bancaria para salvar el estatus de los privilegiados. Los franquistas y asimilados inteligentes eran y son los del patriotismo de la billetera. Frente a ellos se situaba el bunker, aquellos que no querían ni oír la palabra “cambio”. Pelea en la que, como en España, suelen ganar los primeros. El bunker se quedó fosilizado, se movía por impulsos “sentimentales”, hacer la guerra en su juventud los marcó para siempre, eran hombres de una pieza (en el sentido peyorativo del término). Contemplamos hoy sus imágenes y nos resultan más feroces que los aggiornados, esto está claro. Pero los verdaderamente peligrosos eran y son los segundos.

Quienes perdieron la guerra aceptaron entrar en aquel juego porque no les quedaba más remedio. No digan sandeces también a este particular, señora Prego y demás legión de escribidores de derechas. En realidad, se odiaban… a muerte. No era para menos, si se sabe qué había sucedido (en los dos bandos) entre 1936 y 1939… pero también durante bastantes años después (aquí ya sólo hubo un bando), que es lo más grave. Me atrevo a decir que este país llamado España estuvo en estado de shock colectivo durante los veinte o veinticinco años subsiguientes a la Neocruzada (curiosa cruzada una llevada a cabo de la mano de moros).

Queda inconcluso, pero lo corto. Si no, apenas lo leerán cuatro y un tambor.

El autor es doctor en Geografía e Historia

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