Los sentidos

Por Luis Beguiristain - Viernes, 14 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:17h

la sociedad de la tierra tiene un concepto equivocado sobre lo que es felicidad. Una parte cree que la felicidad sobreviene adquiriendo un nivel de cultura para aplicarla a un estado de vida que llamamos de triunfador. Sea en una profesión o en una empresa privada. Aquí la persona consigue un nivel económico que le otorga mucha comodidad y a la vez un reconocimiento social, se le engorda el ego hasta la altura de Marte, y llega a creer que es más que aquellos que le rodean. Llega a creerse que ese reconocimiento es merecido y si él otorga el saludo a la gente sencilla y conocida, parece como que les está haciendo un favor. “Mira, es tan famoso y a la vez humilde”. Pero, ¡qué humildad más falsa! Yo le sugiero a esa persona que recuerde bien todos los días y noches, que en vida o en muerte el que le va a juzgar su humildad y su valía del alma es el que le ha obligado a nacer con ese grado de oportunidades. Y que recuerde también, que la felicidad no consiste en eso que he descrito antes, sino en evolucionar como ser al que se le ha otorgado una chispa divina para hacerla crecer, una luz para iluminar al resto de la humanidad acerca de sus necesidades esenciales. Es decir, eso que muchos consideran un grado de felicidad alto, yo lo considero una vida abonada de placer físico y psicológico, pero al final el resultado de un gran egoísmo personal. La otra forma de felicidad que se considera normal es, tratar de obtener el máximo partido de experiencias a través de los sentidos. Cuando en realidad los sentidos están en el ser humano como reflejo o punto de referencia de lo positivo o negativo, pero siempre para alcanzar un fin que consideramos altruista. ¿De qué sirve dedicar una vida a estar embobado en la experiencia de los sentidos, si jamás nos hemos planteado un objetivo de vida acorde con el servicio y la mejora de la sociedad? Cuando se han descrito las cosas de forma esquemática y clara, no se necesitan dar más detalles. El mensaje va dirigido a un punto concreto del alma, y si uno quiere se le deja entrar y si no se le rechaza.