Me avergüenza ser hombre

Por José Luis Úriz Iglesias - Viernes, 14 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:17h

Hace unos cuantos domingos otras tres mujeres fueron asesinadas a manos de sus parejas o exparejas. Sí, sí, asesinadas, porque el lenguaje es muy importante, en especial el de ciertos medios de comunicación que “crean opinión”.

Leer apenas hace unos días que un famoso delincuente alunicero había sido asesinado en las calles de Madrid, mientras que en el caso que nos ocupa y preocupa se lee: “Una mujer muere a manos de su pareja”, causa estupor e indignación. Sobre todo si como dicen los expertos en esta lucha contra la violencia machista, resulta muy importante el trabajo sobre esa educación.

¿Cómo acabar con esta lacra? Compleja pregunta con difícil respuesta. Algo parece evidente a la vista de que la inmensa mayoría de casos de maltrato, resultan ser del hombre contra la mujer y no al revés. Que la culpa, o para utilizar un término alejado de la moral cristiana, la responsabilidad, es del hombre. Es por lo tanto, nuestra, del que escribe este artículo y también del que siendo hombre lo lee.

No solo en este campo destacamos en lo negativo, también en los casos de pederastia o de asesinatos en serie. Existen pocas evidencias de mujeres acusadas de delitos en estos tres campos.

Somos pues los hombres los que ejercemos el maltrato, los que estamos implicados en la pederastia y en los crímenes en serie, incluso los grandes genocidios de la humanidad han sido perpetrados por hombres.

No vale aquí, como pretenden algunos, alegar causas de siglos de educación del poder del hombre sobre la mujer, ni siquiera la manida educación judeo-cristiana para justificar lo injustificable. La otra religión monoteísta, el Islam, resulta aún más cruel. Especialmente en los últimos tiempos, donde la capacidad de reflexionar, de analizar y, por tanto, de rectificar es si cabe mayor que en momentos anteriores.

Resulta cierto que esa losa de siglos de machismo es difícil quitársela de encima, pero es posible, es necesario, y desde luego no justifica ni esos comportamientos de una minoría, ni el silencio cómplice de la mayoría.

A veces me sonrojo ante comentarios, chistes, bromas, comportamientos de mis congéneres ante los que reacciono con dureza, generando, y eso es lo más grave, la incomprensión de los mismos. No me siento reconocido en ellos, ni siquiera considero que estemos hechos de la misma pasta, pero lamentablemente acabo dándome cuenta de que también aquí me encuentro en minoría.

Escuchar cánticos impresentables (en voces unánimemente masculinas) en ciertos campos de fútbol, a favor de maltratadores impresentables, resulta desalentador.

¿Qué hacer? Pues al menos los que aún en un mundo autista seguimos reflexionando y empatizando, evitar cualquier atisbo, por mínimo que sea, de machismo discriminatorio con la mujer, y a partir de ahí, no consentirlo en los demás. Comenzar el trabajo por nosotros mismos. Mirarnos al espejo y preguntarnos: ¿Jose, eres aún machista?

También resulta desolador para quienes pertenecemos a la generación que luchó contra el franquismo, observar cómo esa batalla que se desarrolló a finales de los 70 y 80 a favor de la igualdad de derechos y que concienciaba al hombre evitando que viera a la mujer como un objeto de posesión se haya visto quebrada en los últimos años, quizás por una relajación en la educación de origen, en especial en las propias familias.

Ver a los y las jóvenes de ahora volver a los lamentables principios de antes de nuestra democracia ayuda a esta plaga de violencia, y al mismo tiempo produce preocupación y un cierto desánimo.

¿Cómo es posible que después del recorrido realizado los y las jóvenes actuales sean más machistas que nuestra generación? ¿Qué está fallando para que eso ocurra? ¿Qué pasaría si en un año se siguieran produciendo 80 asesinatos a manos de ETA, de ellos 20 niños y niñas? Responder a estas preguntas, abrir un debate social y político sobre ellas, puede dar lugar a medidas eficaces para evitarlo.

No basta con las campañas, la indignación o la solidaridad con las víctimas, la solución, como en el caso de la inmigración, está en origen. En las familias que deben procurar inculcar valores de igualdad y respeto, de intransigencia con cualquier síntoma de falta de ellas, más medidas sólidas de educación en el seno de esas mismas familias.

Con ETA se acabó cuando la campaña contra su violencia de los cuerpos y fuerzas del Estado, la presión judicial y la colaboración internacional se vieron acompañadas por un trabajo eficaz en la base social que la apoyaba, o sea, en el lugar donde nace el problema.

En esta dura batalla debe ocurrir lo mismo. No son las mujeres, víctimas de esa violencia, quienes deben liderar la lucha contra la misma, somos los causantes, los hombres, quienes debemos hacerlo, empezando por nosotros mismos y por quienes tenemos algún tipo de ascendente, en especial nuestros hijos. Boicotear programas de televisión donde no se corten de raíz comportamientos de este tipo, o medios de comunicación, revistas, películas, tertulianos, escritores, músicos y músicas que lo fomenten. Empezando por ese bodrio que se llama bachata, o ciertos corridos mexicanos. Tolerancia cero, o mejor, menos cien, con todos ellos.

Después un pacto de Estado profundo para acabar con esta lacrra, programas educativos serios, protección real a las víctimas y a sus hijos, castigos duros para los culpables, dotarse de fondos para pisos de alquiler, ayudas, casas de acogida. Un pacto de Estado. Estamos en estado de emergencia, todas las luces rojas permanecen encendidas y solo una implicación social y política profunda puede conseguir apagarlas.

Esta tarde escribiendo estas reflexiones me siento avergonzado de ser hombre, de pertenecer a esa mitad de la humanidad que maltrata y asesina a la otra mitad. Puede parecer exagerado, pero quizá solo desde esta posición intransigente podamos acabar con esto. Uno solo no puede, pero un solo grano ayuda a compañero y puede lograr llenar el granero.

Como hombre, como macho avergonzado solidario con la mujer, grito alto y fuerte: ¡Basta ya! ¡No en mi nombre!

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