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A paso de banderillas

El poder y la gloria

Por Lázaro Echegaray - Sábado, 15 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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Las corridas de Miura no salen ya como antaño. No nos referimos a la presentación que sigue siendo de las que quita el hipo, sino al comportamiento. Hoy son más potables pero en sus lidias los toreros siguen utilizando mucho los pies, ganando los espacios a la carrera y metiendo las muletas por debajo del hocico para poder ganarles el sitio. Aunque los miura hayan cambiado, siguen teniendo ese aire de toro viejo, siguen generando sentido y en definitiva haciendo honor al estigma del hierro. El toreo cambia su dimensión actual ante toros como éstos. Fueron todos altos, largos, huesudos, abiertos de cuerna;grandes pero armónicos. Los cuatro primeros acusaron falta de fuerzas y eso hizo que sus lidias se complicaran. La terna estuvo muy por encima de las circunstancias pese a los sustos que en ocasiones daban.

Había que tener mucho temple para mantener el tipo en el ruedo. Defenderse de tornillazos como los que tiraba el tercero que lanzaba cornadas a la cara;de los enganchones con los que amenazaba el cuarto que se echó a Rafaelillo a los lomos propiciándole una caída muy fea;saber encontrar un sitio al que llegar poco después de vaciar una embestida para ligar la siguiente con ventaja, o colocar los engaños a la altura necesaria para defenderse del derrote tras el embroque. La emoción estuvo servida toda la tarde y las faenas que surgieron no tuvieron la belleza de otras que se han visto en la feria, o que se han intentado dibujar, pero sí el empaque de las gestas antiguas, del toreo que se practicaba en otras épocas y que hoy no está en peligro de extinción porque existen hierros como éste.

Rafaelillo ganó ayer en cada uno de sus toros una oreja de mucho peso, de torero valiente y poderoso que se lo juega todo a una carta y que pone toda la carne en el asador, se dejó la piel como ha hecho siempre. Se le concedió una oreja tras un pinchazo y era oreja de ley.

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