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Nunca contra la historia y el mito

Sábado, 15 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Un subalterno de Pinar se asoma al balcón de la profunda arboladura de uno de los miura lidiados en la última de feria.

Un subalterno de Pinar se asoma al balcón de la profunda arboladura de uno de los miura lidiados en la última de feria. (Foto: Patxi Cascante)

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  • Un subalterno de Pinar se asoma al balcón de la profunda arboladura de uno de los miura lidiados en la última de feria.

Quién es el guapo capaz de deslenguarse con la hermosa casa de Zahariche con 175 años de historia y mito a sus espaldas. No vamos a hablar de su pasado, ni de las muchas luchas que tienen que sobrevenir para ser la casa más importante de la historia del toreo. Porque mito es. Y sigue vivo. Con su trabajo, con su labor. Día a día. En los silencios camperos de esos pastos de la carretera de La Campana, donde los días mudan la piel siempre con el toro presente y los misterios antiguos de la cría y selección parecen no haber evolucionado en el tiempo. Secretos y misterios de una familia que guardan con celo tras las calaveras de unas vacas, como si de rancho del oeste se tratara. Y es que, al viejo Don Eduardo le gustaba John Wayne a rabiar.

Pero los tiempos modernos llegan para todos, y su toro, a pesar de tener la dificultad de la imposible renovación de sangres que compartes otros encastes, cruzando diferentes casas, evoluciona a una lidia moderna, tal y como hizo el gran criador, hace ya la tira de años.

Hoy en día, ver a toreros en sus tardes, aparejados en los lotes de seis, en cada plaza donde se anuncia, siempre de postín, es harto difícil. Y no es cierto que nadie los quiera. Muy al contrario. Estoy más que convencido que más de una docena de diestros habrán llamado a las puertas de la Casa de Misericordia apuntándose a esta corrida. No es ese el problema. La dificultad reside en encontrar toreros capaces de estar, sentirse, ponerse, y sobre todo, lidiar esta casa con las garantías suficientes para salir airosos del envite, ocurra lo que suceda. Y de esos, me atrevo a decir que no llegan a la docena. Por eso, siempre, los que se ponen delante de esta casa, a priori, ya son unos héroes.

Y a los grandes personajes capaces de tales gestas, jamás se les juzga. Simplemente se les agradece el esfuerzo, si la cosa no es de posibles, o se les aclama como vencedores romanos recordándoles, eso sí, en el paseo glorioso que son mortales, aunque sean muy por encima del resto, grandiosos mortales.

Ayer todo tuvo su sentido nuevamente. Toros de Miura para cerrar la Feria del Toro, a la cual lleva aparejada desde su inicio. Tres diestros con el oficio más que suficiente para poder estar delante de ellos. Y toros que realmente no rompieron lo que esta casa esconde en sus praderas. Ayer no fueron todo lo redondo que algunos hubiésemos deseado empezando por la casa. Pero solo verlos deambular por el coso ya es orgullo de poder vivir otra Feria del Toro. Querido maestro, no he podido poner dos sobresalientes como me pedías por la mañana, pero qué más da. Estamos vivos. El año nuevo, marcado por cada San Fermín ha echado a andar. Y hemos visto una miurada más.

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