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‘Abuelarrak’

Por Javier Orcajada del Castillo - Sábado, 15 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

en algunos pueblos de la montaña navarra el término Abuelarrak tiene un tono amable, aunque paternalista. Corresponde a los abuelos jubilados, no abuelas, dóciles con su mujer y las hijas, no con los hijos, para que se ocupen de tareas auxiliares de la familia en sentido tribal, es decir, al servicio de la familia y las de sus hijas casadas. Nietos a la ikas, sacar el perro, el pan, ir a la tienda con una lista, los recados;siempre dispuesto a lo que se ordene para evitar broncas de mujer o hijas. La madre suele crear una república con sus hijas para ir de compras, al cine, tomar café, etc. Al abuelarra se le asigna una butaca y un libro, pues suele ser aficionado a la lectura. Se siente un trapo inútil y tiene tentación de rebelarse, pero las hijas ya saben qué libro regalarle. Les molesta que se les asigne esa misión tan irrelevante, pero no protestan para evitar conflictos y porque la abuela “ya sabe cómo trastearle”. Si al abuelarra le apetece hacer un viaje, su mujer tiene la última palabra, pues deben estar todos los cabos atados en función de los planes de las hijas, de modo que si hay alguna prioridad, el viaje se suspende. El abuelarra que tiene conciencia de que se le ningunea y exige sus derechos es mal visto por las mujeres de la tribu, pero se le respeta: su pensión soluciona emergencias familiares cuando se produce algún acontecimiento imprevisto, como que algún yerno en paro o haya que ayudar a las hijas a mantener su estatus social. En ese caso el abuelarra deja de serlo y se convierte en “el viejo raro” que rechaza ser el criado fiel todo terreno. Estos perfiles rebeldes no son frecuentes, pues desde que se jubila sigue siendo el aita amable, pero firme y que mantiene cierto rigor, soluciona problemas, por lo que se valoran sus virtudes y la rectitud de sus criterios. El abuelarra genuino es el que ha perdido su personalidad y se convierte en recadista al que la mujer y las hijas consideran el perro fiel que es apreciado en tanto sea manso y no ladre. Los sumisos aparentan aceptar con gusto ese rol, pero otros se rebelan, optan por poner las cosas en su lugar correcto y deciden vivir su vida, pues sienten que se les pasa y todos los planes que se hacían al jubilarse comprueban que son irrealizables. En vez de la Barik o viajar con el Imserso habría que impartirles cursillos de autoestima para recuperar aquel vigor y personalidad que era su fortaleza cuando estaban en activo.

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