Turistas: bendición o plaga

Por Alberto Letona - Sábado, 15 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Hace unos días, me convertí en turista. Mi objetivo no eran las cataratas del Niágara, ni las ahora peligrosas planicies de Mesopotamia o los territorios galos de Disneylandia (siempre se me atragantó el tono nasal del pato Donald). Mi viaje no requería equipo de turista. Sin billetes, equipaje, medicinas, permisos, ni diccionarios me dirigí a emprender mi singular aventura. La presa de Bolintxu, en las laderas del querido Pagasarri, fue mi humilde destino. Un lugar inédito para mí, del que había oído hablar a mi padre como lugar de esparcimiento de los jóvenes bilbaínos en los años inmediatos a la posguerra.

Mi deliciosa excursión transcurrió por un lugar paradisíaco, donde el agua fluye en pequeñas cascadas rodeada de avellanos, fresnos, robles y el murmullo de las aves. El único monumento que encontré fue la desvencijada pared que antaño formaba la presa. Fue un magnífico descubrimiento y una experiencia muy agradable. Todo esto a unos escasos cinco kilómetros de Bilbao. Gracias a Dios, y que yo sepa, el lugar no está incluido en ninguna guía turística.

El turismo de masas se ha convertido en un claro referente de nuestra globalizada sociedad. Viajar y recorrer lugares de los que se desconoce casi todo es casi un barniz obligado que todo ciudadano debe mostrar como parte de su anclaje social. Una noción zafia del cosmopolitismo se impone. “¿Qué no has estado en Venecia? ¡No sabes lo que te pierdes! ¡Allí hay más agua que gente!”, le oí decir a un hombre en estado casi agitado a su compañero de conversación. No me extraña que por este y otros motivos, entre los cuales conviene destacar el precio de un café por encima de los 10 euros, los venecianos no parezcan muy satisfechos con el turismo masificado. No es el único lugar en el que los ciudadanos culpan a los turistas de un incremento exponencial en los precios de artículos básicos de consumo, transporte, y vivienda.

No sé si todo empezó con la llegada del turista 1.999.999 a Mallorca y que fue feliz, tal y como cantaban Cristina y Los Stop, o cuando más tarde Curro se fue al Caribe de vacaciones y nos dejó a todos con ganas de salir corriendo con la toalla a la playa. Lo cierto es que ahora, anualmente según la Organización Mundial del Turismo, hay más de 1.235 millones de Curros dando vueltas por el globo terráqueo con las repercusiones que ello conlleva. Hasta hace dos décadas, no se hablaba del turismo como industria. Pocos pensaban que la llegada masiva de extranjeros iba a tener una notable influencia en la economía mundial. El turismo supone el 10% del PIB mundial. A falta de pedidos industriales, bienvenidos los turistas parecen pensar algunos.

Según la Organización Mundial del Turismo, anualmente hay más de 1.235 millones de ‘Curros’ dando vueltas por el globo terráqueo con las repercusiones que ello conlleva

Pero no todo es tan fácil. Hemos tenido ocasión de comprobar recientemente el escaso aprecio que algunos vecinos de las capitales más visitadas sienten por las masas de turistas que asolan sus ciudades. En las calles de Barcelona, alguien con pocas luces y muy mala leche escribió: Todos los turistas son unos bastardos. Precisamente en la capital más visitada de la península, cuya mediterraneidad parece conjugar bien el espíritu fenicio. Dicen los detractores que la ciudad se ha convertido en un escaparate y que una vez desaparecido el decorado no queda nada, ni tan siquiera el carácter de la ciudad que existía antes.

Hemos visto cómo algunas ciudades que quieren atraer turistas se transforman por cumplir el imaginario que sobre ellas tienen los visitantes. Si nuestros turistas piensan que en nuestras verdes praderas estamos cortando árboles o jugando a la pelota en un frontón, habrá quien defienda que una parte de la población haga ese ejercicio de travestismo. Deseo lo mejor para mi ciudad, pero personalmente me niego a colaborar con esa imagen impostada de postal. Quizás les parezca un obcecado, pero convertir una ciudad en parque temático por exigencias del guión me recuerda a aquella excelente y divertida película de Berlanga, Bienvenido Mr. Marshall, en la que los habitantes de un pueblo castellano se disfrazan de andaluces para arañar los dólares de los americanos. Al final, estos pasan de largo. La codicia y el ridículo van de la mano.

Me temo que ese es el problema: los turistas no gastan las cantidades que algunos esperan y su amabilidad de otro tiempo se ha transformado ahora en pura exigencia. El equilibrio es complicado. Dicen que en algunos bares hasta la composición de los pintxos se adapta a los gustos de los visitantes. No tengo palabras.

Como turista que soy, pienso que lo mejor que me puede ofrecer una ciudad o un país es su vida cotidiana, sin imposturas ni artificios. Quizás ello me obligue a esforzarme para comprender esa nueva cultura, quizás a aprender un poco de su propio idioma, e incluso a adaptarme a algunas de sus costumbres, pero ese es precisamente el sentido del viaje.

Uno de estos días volveré a dar otro paseo por la ribera del río Bolintxu. No espero encontrarme con muchos turistas pero si los hay les felicitaré por su elección.

El autor es periodista