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La ciudad descansada

Una vez finiquitados los Sanfermines, Pamplona se queda vacía y se va recuperando del jolgorio festivo en un ambiente de tranquilidad y desconexión, con mínima actividad comercial y hostelera

Un reportaje de Unai Yoldi Hualde. Fotografía Patxi Cascante - Lunes, 17 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Vista desde el quiosco de la Plaza del Castillo, que estuvo desierta durante toda la mañana de ayer.

Vista desde el quiosco de la Plaza del Castillo, que estuvo desierta durante toda la mañana de ayer. (PATXI CASCANTE)

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Tras el paréntesis de nueve días de fiesta ininterrumpida, la ciudad de Pamplona vuelve a la calma. Las calles respiran tranquilidad y se han desprendido ya de ese típico olor sanferminero, mezcla del alcohol y de un sinfín de sustancias mal olientes. También la basura ha desaparecido, fruto del trabajo de decenas de trabajadores que durante estos días de julio no han dejado en la ciudad ni un resto de todas las toneladas de basura que se han producido. No obstante, pese a recuperar el ritmo habitual de vida, la ciudad parece haberse tomado un descanso después de todo el jolgorio vivido. La actividad es muy inferior a como suele ser en los primeros seis meses del año, con todos los comercios cerrados; y tan solo transitan las calles algunos turistas rezagados y personas mayores.

sosiego inusual Al volver a reiniciarse el reloj de Kukuxumusu, que marca más de 354 días para San Fermín 2018, Pamplona entera ha desconectado de todo lo concerniente a la ciudad. No solo la gente, que aprovecha el fin de las fiestas para veranear y depurar el cuerpo, sino que también lo hacen las plazas y calles de una ciudad que no se caracteriza por su inactividad, sino más bien por el gran ambiente que hay por sus diferentes lugares durante el año.

Con la llegada de la segunda quincena de julio, el ambiente se vuelve más tranquilo de lo habitual. Las inmediaciones de la Plaza de Toros están desiertas y los huecos vacíos donde se clava el vallado hacen que a Pamplona le falte algo, al igual que resulta extraño que los coches vuelvan a circular por las calzadas del Casco Viejo.

En 48 horas, la ciudad se ha transformado radicalmente. Las calles están limpias y la masificación ha descendido enormemente. Este cambio tan veloz hacia la rutina habitual probablemente se deba a que tanto el Ayuntamiento como los propios pamploneses tienen ya mucha experiencia, lo que hace que cada año se esté mejor preparados para que los Sanfermines no tengan consecuencias prolongadas en el tiempo.Los únicos resquicios que quedan de las fiestas son la tómbola y las barracas, que se encuentran en pleno desmantelamiento, y los hierbines, que se recuperan poco a poco de la machacada.

Con esta vuelta tan rápida a la normalidad parece como si la plaza del Ayuntamiento, tan solo diez días después del Chupinazo que congrega a miles de personas, hubiese empequeñecido. También en Navarrería se respira una tranquilidad inusual.

Para algunos vecinos del Casco Antiguo, esta situación supone algo muy esperado, como para muchos padres y madres que ahora pueden llevar a sus hijos al parque de la plaza San Francisco, después de que estos días haya sido ocupada por cientos de jóvenes botella en mano.

éxodo a las playas Son días de descanso y de desconexión, en los que abundan los huecos para aparcar y hay bastante actividad en las estaciones de autobús y tren, síntoma de que la gente decide escaparse en estas fechas. Quien no lo hace para unas largas vacaciones, migra hacia las playas más cercanas para pasar el día o se quedan refrescándose en sus piscinas.

El ajetreo de estos días ha sido frenético y contrasta aún más con la tranquilidad que ahora desprende Pamplona, una ciudad que se ha cogido vacaciones.

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