Los globos de helio

Susana Aragón Fernández - Martes, 18 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Una tarde sanferminera, muy cerca de la plaza de toros, la ciudad luce alegre en blanco y rojo. Ellos son niños y disfrutan a su manera de la música y de las sorpresas que aparecen en la fiesta. Una de estas sorpresas: los ramilletes de globos de helio. Atrapan la atención del más pequeño. Sin palabras, todo su cuerpo pide acercarse a esos globos coloridos. Parecen flotar como por encanto y el deseo de tocarlos y jugar con ellos es inmenso. Con su hermano mayor se acerca a los globos, bien sujetos por el chico que intenta ganarse así un dinero seguramente imprescindible para la economía de su familia. Los niños pasan un buen rato entre risas, saltando hacia los globos, tocándolos y empujándolos, aprovechando que el viento también está de su parte y se los acerca en mil movimientos. Las risas y el modo tan sencillo de jugar y disfrutar del momento se contagian al chico vendedor que los mira sonriendo pareciendo comprenderlos muy bien. Hay libertad de movimientos, a pesar de la gran cantidad de gente que pasa muy cerca, sus cuerpos llenos de alegría corretean de un lado a otro intentando alcanzar los globos. Es la diversión con mayúsculas lo que se ve en sus miradas y en sus sonrisas. Ni se plantean que puedan molestar al vendedor o a otras personas, ni se empeñan en pedir uno de esos globos. Simplemente viven con intensidad ese momento de diversión. Todo termina cuando, pensando en la economía del vendedor, que ha sido tan amable y tan cómplice del disfrute de los niños, decides comprar un par de globos, uno para cada niño. Al momento te das cuenta del error: cada uno recibe su globo y para no perderlo es atado en la muñeca de cada niño. Se terminó el juego y empezó la posesión y el cuidado de no perder lo conseguido. El mayor, que se hace mejor a la idea de que el globo se puede escapar, a partir de ese momento se dedica a retener el globo entre sus brazos, para evitar perderlo. El más pequeño ya no sabe cómo jugar con esa cuerda que sale de su muñeca y que termina en un globo inalcanzable. Así que se dedicar a volver al lugar donde ha encontrado ese momento mágico de la diversión suelta y libre. La atadura del globo en la muñeca me ha resultado sugerente: cómo a veces lo que poseemos nos ata, nos hace perder la perspectiva y el verdadero disfrute de la vida. Te quedas con la primera parte de la historia, que te enseña el arte de la felicidad.

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