La gestación subrogada

Por Mikel Arana - Martes, 18 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

pocas cuestiones han generado tanto revuelo y en tan poco tiempo como la gestación subrogada o el alquiler de úteros, acepción más exacta, en mi opinión, que la del alquiler de vientres.

En apenas un par de años, todos hemos debido conformarnos una opinión en torno a una cuestión, que, por otro lado, tampoco parece que sea una prioridad para la inmensa mayoría de la ciudadanía. Sin embargo, ya sea por el número de personas más o menos famosas que acuden a esta modalidad de gestación, ya sea por el impulso de determinados grupos de interés, lo cierto es que ahora mismo se ha establecido en el imaginario colectivo la sensación de que ésta es una cuestión que requiere de una regulación inmediata. Y no solo eso, sino que el debate ha de centrarse en si la cesión del útero ha de ser a título lucrativo o no, y cómo regularlo. Como si no cupiese la posibilidad de oponerse a esta fórmula y establecer los mecanismos para impedir que adultos, con más o menos dinero, no creo que el debate deba centrase ahí, puedan gestar niños a su gusto a cambio de un estipendio, ya sea en forma de indemnización por las molestias, abono de los gastos del periodo de gestación o sin tanto eufemismo, precio.

Sorprende, asimismo, que los argumentos de quienes han decidido que todo es susceptible de mercantilizar sea el de la libertad de la mujer o el del supuesto derecho de las personas que pagan por este servicio, a formar una familia.

La misma libertad de la mujer cabe invocar para poner fin a un embarazo no deseado, o pedirle a un médico que ante su propio sufrimiento les ayude a morir, pero lo cierto es que quien invoca la libertad para gestar criaturas ajenas, rara vez la respeta en estos casos.

Por su parte, el derecho de crear una familia, no incluye que la misma sea necesariamente biológica, es decir, que si por el motivo que fuera, una pareja no puede tener hijos propios, puede acudir a la adopción, ya sea nacional o internacional, y la suya será tan familia como cualquier otra.

Así pues, ¿qué se esconde tras este debate pretendidamente urgente y fundamental? Ni más ni menos que el interés de determinados grupos por dar carta de naturaleza a una práctica, que, quieran o no, no deja de ser una operación mercantil que han ejecutado sin importarles si la misma era o no legal en España.

Sin embargo, también hay quien cree, y yo me encuentro entre ellos, que la vida humana, al menos en su gestación, no debería mercantilizarse, y el hecho de que haya gente dispuesta a soportar un embarazo a cambio de un precio, no es motivo para que, inexcusablemente, haya que regularlo.

Cabe añadir, a modo de reflexión final, que si bien la Convención Internacional de los Derechos del Niño afirma que el interés del niño debe prevalecer sobre cualquier otro, en este debate, todavía no he oído a nadie hablar de ese interés del niño, o cuando se hace, suele ser para afirmar, torticeramente, que una vez que el niño ya ha sido adquirido hay que regular su adquisición para que no quede en un limbo legal.

Insisto, el debate no debería ser si el pago se hace por uno u otro concepto, o si ésta es una fórmula solo accesible a personas pudientes o no, (no pasará mucho tiempo antes de que, como consecuencia de situaciones de extrema pobreza de algunas mujeres, se consolide un mercado low-cost) sino si es lícito o no alquilar el útero de una mujer para dar satisfacción a una pretensión, la de la paternidad/maternidad genética, que en ningún caso es un derecho.