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¡Manu, no te dejes con lo del tren!

Por Juan José Lizarbe Baztán - Martes, 18 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Sigo con mucho interés las vicisitudes sobre el futuro del TAV en Navarra. Observo con agrado las explicaciones que se van dando, y tengo la sensación de que tal vez en esta ocasión un proyecto fundamental para el desarrollo económico y social de la Comunidad Foral pueda ser realidad. Veo que están claras las premisas básicas, y olvidada la chapucilla del tercer hilo: corredor completo de doble vía de ancho internacional para viajeros y mercancías, alta velocidad y conexión con los ejes Cantábrico-Mediterráneo, norte-sur, y con Europa. La opción por Ezkio supondría mayor operatividad;es más caro, pero es para siempre.

Sin embargo, como a muchos otros, la situación me inquieta. La historia del ferrocarril con Navarra siempre ha estado jalonada de promesas incumplidas, proyectos no realizados, incomprensiones propias y ajenas, y pérdida de oportunidades. Se puede decir que Navarra siempre perdió el tren. Y ahora de nuevo, con la alta velocidad puede sucedernos lo mismo.

En este debate, no se trata de fijar si tardaremos treinta minutos menos que ahora en llegar a Madrid para ver El Rey León o visitar el Museo del Prado, o que ya no tengamos que ir en coche a Hendaia para coger el TGV a París. Se trata de que Navarra esté o no esté en el mapa de la alta velocidad;es decir, en el mapa. No es una cuestión de acortar un poco de tiempo en nuestros desplazamientos, sino de dotarnos de una infraestructura básica para el crecimiento y desarrollo económico duradero y sostenible, que aumente el atractivo y competitividad de nuestro territorio en un mundo globalizado, y que vertebre Navarra con su entorno geográfico más próximo (capitales vascas, puertos de Bilbao y Pasajes, Zaragoza, Cataluña, puerto de Barcelona, y Madrid) y no tan próximo (Europa y sur de España).

Se me dirá que en el mapa está todo el mundo, con o sin tren. Pero no es lo mismo. Las infraestructuras de comunicación han sido, de forma colateral, indiscutibles instrumentos dinamizadores del progreso económico de primer orden, y elementos de vertebración y cohesión territorial y social. Pero hoy en día, en este mundo globalizado y frenéticamente cambiante, su dimensión, consecuencias y posibilidades se han multiplicado exponencialmente hasta límites inimaginables, alcanzando una importancia clave en sí mismas. Estas infraestructuras ya no cumplen únicamente la función de atender las necesidades de comunicación de las personas, sino que posibilitan de manera determinante el desarrollo económico mismo del territorio al formar parte relevante de sus propias características. La distancia entre lugares ya no se mide por kilómetros, sino por horas. El tiempo es más oro que nunca, pero también es empleo. Y acceso a nuevas oportunidades y mercados, antes sólo permitidos a grandes multinacionales y ahora abiertos a pymes y profesionales. Las infraestructuras de comunicación no suponen por sí mismas el impulso económico y la creación de riqueza, pues hacen falta muchos otros elementos, pero son consustanciales al mismo y su ausencia es trascendental.

Soy plenamente consciente de la mala prensa que tiene el tema de las infraestructuras por los abusos, caprichos y desmanes que se han producido por determinados personajes más guiados por sus intereses particulares, o motivados por su propio ego o por intereses meramente electorales, que por el interés general. Ejemplos hay para dar y tomar. Muchas infraestructuras demuestran diariamente su utilidad, otras lo harán en el futuro, y algunas por contra son prueba de intereses espurios por no decir otra cosa. Pero basta con asegurar la prudencia y objetividad en la toma de decisiones que deben ser siempre cabales, garantizando el adecuado y exigente control público y su seguimiento, para no quedarnos sin hacer nada por determinadas cosas que se hicieran con los pies y no con la cabeza. Es decir, por lo que se hizo mal no nos quedemos una vez más viendo pasar el tren desde la distancia.

Sobre el coste de construcción y explotación, y sobre el respeto medioambiental. Es una infraestructura cara. No recurriré a los tópicos, aunque serían de aplicación al tema, de que lo barato acaba siendo caro, o de que no hay euros a cincuenta céntimos. Pero sí a que sus costes deben valorarse en un periodo de amortización de varias generaciones, y en relación con las ventajas y retornos económico y sociales que genera. Es una infraestructura “para toda la vida”. Con un gasto de energía importante, pero no procedente de combustibles fósiles sino en la medida que se quiera de energías renovables, y que sustituirá de forma creciente el elevado consumo de carburantes en el transporte por carretera o aéreo, y sus emisiones de CO2. El ferrocarril es indiscutiblemente la apuesta medioambiental europea por excelencia. Lógicamente debe extremarse el máximo respeto medioambiental.

Por cierto, sobre su coste suelo oír, que es muy caro y que tenemos otras prioridades. Olvidando que es una infraestructura del Estado, no de Navarra. Y que por lo tanto no lo pagamos nosotros. Si no se hace aquí, el Estado puede destinar su importe a otras actuaciones -pongamos como ejemplos, en tono desenfadado, variantes ferroviarias en Guadalajara Yebes o Albacete Los Llanos, o un corredor a la Alhambra de Granada-. Si no se hace en Navarra, no nos va a dar un donativo en compensación.

Y una última consideración, no menos importante. En muchas ocasiones en política vale más la oportunidad del momento que la voluntad. Y en este tema, por razones que no vienen a cuento, el Gobierno de España parece mostrar una actitud receptiva al corredor navarro. Lo cierto es que en las últimas décadas se han dado avances importantes pero no suficientes, y no creo que sea el momento de tirarnos los trastos a la cabeza para ver quién ha hecho más, menos o nada. El Estado siempre ha sido un tanto reacio, o reacio a secas, a ejecutar el corredor navarro, por razones de todo tipo, muy cuestionables. Si ahora está receptivo, como parece, pelillos a la mar y aprovechemos la oportunidad sin dudarlo y sin dilación, que el riesgo objetivo de que cambien de opinión o de que cambie la coyuntura, y no quiero ser agorero ni lo digo por decir, es alto.

Por todo lo anterior, el título cariñoso y distendido de este artículo. Confío en la capacidad de convencimiento de Manu Ayerdi a sus socios de Gobierno, que espero que analicen objetivamente la cuestión aparcando intereses partidistas a corto plazo o preferencias personales, y en su habilidad para alcanzar un acuerdo firme y razonable con el Estado lo antes posible. Y de esta forma, no perderemos el tren una vez más.

El autor es abogado y exsecretario general del PSN-PSOE

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