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la carta del día

La ola sanferminera

Por Susana Aragón Fernández - Viernes, 21 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Justo cuando llevamos poco tiempo de las vacaciones de verano celebramos el cumpleaños del abuelo Juan. Vamos toda la familia a comer a casa de los abuelos donde han preparado cosas muy ricas, como la ensaladilla rusa que tanto me gusta y las croquetas de jamón. Cada vez somos más, así que andamos un poco justos de espacio y solemos llevar sillas plegables de casa para poder sentarnos todos. Comemos, charlamos, jugamos a cartas o a algún juego de mesa… los mayores le preparan algún regalo al abuelo que casi nunca le gusta (uno se da cuenta, aunque él quiera disimular)…, y así solemos pasar el día. Siempre coincide que la noche anterior ha sido la noche de las hogueras.

En el último cumpleaños hubo mucha discusión. Los niños nos fuimos a jugar a tinieblas al cuarto de al lado del comedor, pero aún y todo se les oía. La cosa iba de banderas: que si la bandera navarra, que si la ikurriña, que si la bandera española…, que si somos navarros, que si somos vascos, que si somos españoles…, unos una cosa, otros otra y cada vez levantando más la voz. Cuanto más levantaban ellos la voz más gritábamos nosotros jugando. Fue un auténtico gallinero, como dijo la abuela Elisa. “¡Ya vale, no?”, dijo al rato, “¡Ya vale de discutir!”..., pero alguno volvía al ataque, una nueva idea que volvía a encender la batalla. Hasta que todos se enfadaron, pero se enfadaron mucho mucho. Se enfadaron hasta llegar a irse sin despedirse de los demás. Ni siquiera jugamos a cartas con los mayores ese día. Nosotros sí, nos lo pasamos muy bien jugando atinieblas, como otras veces en casa de los abuelos. Pero los mayores…. todos terminaron muy mal. Tan disgustados que el fin de semana siguiente cada uno hizo planes para no coincidir con los demás en ningún momento. Y lo mismo durante la semana.

No volvimos a vernos hasta esa mañana en la plaza de toros de Pamplona, en plenos Sanfermines. Como ya habíamos quedado hace tiempo y teníamos las entradas, esa mañana todos madrugamos mucho para ir a la plaza de toros a ver el encierro. Los abuelos, los tíos, los primos… No habíamos vuelto a coincidir desde el cumpleaños del abuelo Juan. Ahí estaba el tío Mikel tocando el clarinete con la Banda de Música del maestro Bravo, animando la espera. Y después salió la tía Laura con su traje de volantes y lunares junto con otras que también llevaban trajes parecidos y bailaron unas sevillanas.

En un momento mágico, unos chavales que estaban a nuestra derecha quisieron iniciar una ola. Al principio costó que la gente se uniera, porque estaba despistada con la kisscam. Tras pocos intentos, todos los que estábamos en el tendido fuimos haciendo una y otra ola, levantándonos de nuestros asientos, llevando arriba los brazos y felices de ver que por fin la ola recorría todo el círculo de la plaza. Era una ola en blanco y rojo. Todos estábamos contentos. Miré un momento a mis abuelos y, viendo el brillo de sus ojos, me los imaginé como si tuvieran mi edad. Y lo mismo los tíos, la tía Helena, siempre tan seria y mandona, parecía haberse transformado, el tío Xabi que siempre cree tener razón… parecían los niños que fueron y que aparecen en la foto que tiene la abuela en su mesilla. Una ola tras otra y cada vez se convertían en más y más niños. Los abuelos eran esos niños que una vez vi en unas fotos a blanco y negro y los tíos lo mismo. Ya éramos todos de la misma edad y no hacía falta discutir sobre nada. Sólo con hacer la ola valía para estar a gusto y divertirnos.

¿Para qué empeñarse tanto en lo que nos separa cuando lo que nos une es mucho mayor?

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