Las rozaduras de la vida

Por Inmaculada Gutiérrez García - Sábado, 22 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

estoy pensando que las tormentas de verano se parecen tanto a la vida... Primero es un día de esos, bochornosos, tan parecido al anterior que hasta te sorprende gratamente que hoy el pan esté un poco más tostado que de costumbre.

Después, el día sigue siendo como todos los demás, días calurosos. Bueno, hoy es un poco diferente porque te has puesto las sandalias nuevas y llevas una ampolla de rozadura en cada pie. Y, claro, hoy justo no llevas ninguna tirita a mano, a pesar de que has llevado una tirita en la cartera desde la adolescencia.

Sales de casa porque has quedado con tus amigas en esa terracica que está al lado del río para tomar un café y analizar un poco más a fondo los pasados Sanfermines. Y, a pesar de que ya has visto que van apareciendo algunas nubes, sales de casa haciendo un auténtico acto de valentía (y gilipollez) con las sandalias nuevas (y las rozaduras) y sin chaqueta.

En cuanto te traen la caña que has pedido se levanta un aire huracanado, y mientras intentas que no se te vuele el bolso, ves al pobre camarero luchando contra una sombrilla monísima y muy chilaut de siete metros de diámetro que amenaza con caerse o, peor aún, salir volando.

Por fin empieza a llover, pero no como uno espera, no. Comienzan a caer unas gotas de agua del tamaño de pelotas de golf, extrañamente frías, que echan a perder tus sandalias nuevas. Y, además, no sirve de nada resguardarse (no penséis en la sombrillachilautque hace rato que ha salido volando) porque llueve desordenado, o sea, no llueve para abajo.

En fin, que te vuelves a casa con las sandalias en la mano, cosa que es un alivio porque han dejado de dolerte las rozaduras, mojada como un pollo, un poco molesta con tu amiga la guapa porque no ha dejado de ligar en todos los Sanfermines y cagándote en la mierda de tiempo que hace siempre en Pamplona.

Ya os digo, como la vida misma. Pasamos temporadas en las que todo es tan monótono y rutinario que hasta la mas mínima cosa te arranca una sonrisa. Todo sigue siendo igual hasta que un mal trago, o como me gusta decir a mí, una broma de la vida, te saca de tu rueda de hámster para recordarte que vivir es doloroso, sí, la vida duele. Pero seguimos adelante porque tenemos esos fantásticos momentos que vivimos con la gente que forma parte de nuestra existencia a los que nos agarramos como a un salvavidas. Y esos momentos muchas veces también son amargos, y esa gente también te falla, pero seguimos adelante porque hemos aprendido a tomarnos la vida en sorbos calientes.

Y aunque el próximo día la tormenta nos vuelva a pillar de esas guisas y la guapa de la cuadrilla siga siendo la que más liga, esta vez llevaremos una tirita en la cartera para las rozaduras de la vida.

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