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Respeto

Por Julián Marín - Jueves, 27 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

aunque es un tema que hasta ahora he preferido no tocar, este año voy a dar mi humilde opinión respecto a algunos aspectos de la polémica que existe con la tauromaquia.

Cuando era adolescente el tema de los toros me enfrentó varias veces con mi padre, torero y amante de este mundo hasta la extenuación y yo, miembro de Adena (WWF) defensor de la naturaleza y sus animales, etc. De hecho, recuerdo que mi primera carta a la prensa fue para protestar, tras descubrir con unos amigos en el monte San Gregorio, al otro lado del Ebro, a un animal ahorcado por algún desaprensivo. Pues bien, recuerdo que mi padre, poco amante de discutir, reaccionó tras uno de mis exaltados argumentos, trayéndome de unos Sanfermines un libro que narraba “la tortura” a la que se somete al toro en la plaza, libro que seguro le costaría mucho comprar, pero cuya adquisición me inculcó el respeto hacia las opiniones por muy distintas que fueran, el mismo respeto que tuvo mi padre con mis ideas de entonces.

He madurado algo y comprendo todos los argumentos. Me gustan los toros. No voy mucho a las plazas, no soy un gran aficionado pero me gustan. También me gustan los animales y salvo en el tema de los toros podía estar algunas veces en la otra acera pidiendo respeto por ellos. ¡Es un contrasentido!

Admito que el toro sufre en la plaza, no sé de qué forma pero ante las distintas suertes, creo que siente dolor. Eso sí, no humanizo ese dolor, el toro no tiene conciencia, ni inteligencia humana y por lo tanto me es imposible saber qué piensa ante ese dolor.

Frente a esto está el arte, la plástica del toreo, el enfrentamiento entre un hombre contra un animal que le supera ocho veces en peso y muchas veces más en fuerza, animal armado y peligroso. Otro aspecto que tengo claro es que el toro existe gracias a este mundo ya que si no fuera por él, estaría condenado a ser animal de reserva, zoo o parque temático.

La otra vivencia me pasó unos años después, estudiando en la Almunia. Para sacar un dinerillo varios amigos trabajamos dos o tres días en una explotación de gallinas, sacando a las ponedoras de sus jaulas para meterlas en otras con destino a hacer pienso con ellas. Las gallinas entraban en esas jaulas de muy jóvenes por una puerta minúscula y tras algún año de servicio al hombre poniendo huevos, gordas y viejas, tenían que salir por esa misma portezuela.

A las primeras gallinas traté de no dañarlas, plegándolas cual hamaca playera para que salieran por la pequeña puerta por la que entraron antaño… hasta que el encargado me vio y me preguntó si me iba a pegar así todo el día, indicándome seguidamente la manera de hacerlo, agarrando al animal por el cuello, pata o ala y tirando fuertemente de él hacia la diminuta salida. Daba igual si alguno de sus miembros quebrara o se arrancara o si el animal salía dañado, su destino estaba escrito. Ignoro si hoy en día se seguirá usando el mismo sistema.

A estos que humanizan el pensamiento y el sentimiento animal les preguntaría qué desearían ser, si una gallina de estas, una vaca o cerdo estabulado de por vida y condenado a estar en un habitáculo engordando para luego matarlo rápidamente, un visón enjaulado por su piel, un pato destinado a hacer foie gras con su hígado, un ratón de laboratorio o un conejo de pruebas de empresa cosmética o bien un toro que durante 4 o 5 años llevará una vida natural pero sufrirá dolor durante 25 minutos en la plaza.

Sé que lo utópico sería que ningún animal sufriera pero no veo a defensores de los animales a veces exaltados, manifestándose en granjas, explotaciones o laboratorios.

Por eso solo pido respeto, yo los respeto a ellos salvo cuando insultan, menosprecian o etiquetan a los taurinos de asesinos y el mismo respeto exijo a éstos para con lo primeros cuando se manifiestan. La fiesta continuará hasta que el público quiera pero el respeto siempre hay que conseguir que perdure e impere.