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Problema de conciencia

Por Gabriel Mª Otalora - Viernes, 28 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

creo que a estas alturas, nadie puede pensar que el problema de la inmigración es algo lejano que no le afecta. Las cifras son tan relevantes y, por qué no decirlo, escandalosas, como para no verlo como un grave problema al que tenemos que enfrentamos cuanto antes. Cierto es que las migraciones -internas y externas- son consustanciales a la humanidad desde sus orígenes;las razones han sido muchísimas pero el denominador común se llama sobrevivir. Y si alguna característica destaca hoy en los muchos inmigrantes que nos llegan es que son indocumentados porque las legislaciones cada vez son más restrictivas.

Dicho de otra manera, la ciudadanía se ha convertido en una especie de privilegio que recuerda al tiempo medieval en que el nacimiento era lo fundamental, convirtiendo la dignidad humana un fenómeno causal y, por tanto, muy injusto. Hegel llegó a decir de África que era un “continente ahistórico”, sin desarrollo propio, en el que solo se podía explicar su historia a través del colonialismo europeo. Lo mismo se podría decir de otras partes del mundo, con la responsabilidad que esto implica para quienes devastaron y devastan las materias primas, pauperizándolo todo, hasta el punto de que el Tercer Mundo busca una vida digna dentro de nuestras fronteras.

En los siglos XVIII y XIX los europeos poblaban el mundo, pero ahora el mundo es el que quiere poblar Europa. La migración de africanos, árabes, americanos y asiáticos a Europa representa la inversión de una tendencia histórica. La respuesta ha sido instalarnos en la cultura del miedo ante la crisis del Yo occidentalmientras echamos por la borda nuestros valores. Solo queremos ver una invasión que hay que rechazar. La misma posición de la UE es cada vez menos estratégica y más restrictiva, aunque la reducción de estos flujos migratorios va a ser difícil ante el incremento de la precarización mundial;y con ella, el número de países afectados por hambrunas, guerras y demás tragedias. Tampoco ayuda a la mano dura el que los controles a la inmigración en Europa son precarios al formar parte de la masa continental de Eurasia y estar separada de África por estrechos.

¿Pero los refugiados vienen solo porque vivimos mejor que ellos? ¿Y cuánto de sus crisis económicas, guerras, hambrunas, miserias, precariedad, dictaduras, expoliación de los recursos naturales tiene que ver el Primer Mundo? Lo realmente preocupante es que, además de haber causado un crecimiento sin desarrollo en el Tercer Mundo con la complicidad pagada de los gobiernos locales, consideremos a la migración como un delito y su consiguiente criminalización, y no como un derecho a la vida y a la supervivencia.

Tenemos miedo a las avalanchas venidas y por venir. Y la mayoría reaccionamos con el rechazo, a cualquier precio, con tal de no tener el problema en las mismas narices. Llama la atención los escasísimos debates sobre las raíces de la inmigración actual, las posibles soluciones y sus consecuencias cuando las estructuras neoliberales están siendo replicadas en muchos países en vías de desarrollo;y el hecho de que, hábilmente, los problemas de subdesarrollo se presentan sobre todo como problemas de seguridad con las consecuencias que esto tiene en la opinión pública.

Una consecuencia funesta de esta huida hacia adelante es el barco xenófobo fletado por el grupo ultraderechista europeo Generación Identitaria, que ha recaudado más de cien mil euros para “atacar, bloquear y, si es necesario, hundir” embarcaciones de migrantes y refugiados para “defender Europa”, algo que entra de lleno en lo que la ley denomina organización criminal, piratería y abordaje. En paralelo, el ministro del Interior español, Juan Ignacio Zoido, culpa a las ONG de favorecer y potenciar la inmigración irregular y favorecer el trabajo a las mafias, degradando así su labor humanitaria. Tremendo. Pero señalar al cooperante no disminuye el problema;ni siquiera nos hace olvidar el grave problema de sostenibilidad demográfica que padecemos.

Ser rico, además de todo lo que ya sabemos que significa, tiene una categoría fundamental para incluir en la urgente reflexión político-social que necesitamos: ser rico no trata solo de cuanto tienes, sino de cuánto puedes dar. Aún diría más, el verdadero rico es el que teniendo mucho o poco es generoso en dar y acoger. Desde esta perspectiva, la raíz del problema de la inmigración es que nos hemos empobrecido en demasía como personas. Así de claro.

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