No lo sé, no me consta, lo desconozco

Por Xabier Iraola Agirrezabala - Sábado, 29 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Hace un año murió mi padre, exhausto tras diez eternos años de convivir con el señor Alzheimer. Lo que comenzó como un simple olvido de llaves acabó del todo con su frágil memoria y se nos fue tras haber olvidado cómo se masticaban los alimentos y, lo que es peor, algo tan simple como el hecho de respirar.

Hoy, un año después, cuando me dispongo a darles un respiro en la sufrida labor de leer mis filípicas semanales, la cuestión del olvido, paradójicamente, me vuelve con inusitada fuerza al observar cómo numerosos mandamases populares han caído en las garras del señor Alzheimer, al menos, si son ciertas esas profundas lagunas en la memoria que muestran públicamente cuando el fiscal les interroga por las numerosas tropelías cometidas por ellos y/o por gente, hasta hace bien poco cercanas. Para suerte de ellos incluso sus esposas, muy al contrario de la mía, parecen desconocer todo lo que hacen sus maridos.

Todos ellos recurren al “No lo sé”, “No me consta”, “Lo desconozco” como estribillo de la canción de moda del verano porque son sabedores, tristemente, que dichas tropelías ya están políticamente amortizadas y que las nuevas denuncias, por muy numerosas y escandalosas que sean, irán como las facturas de los malos pagadores, al clavo.

Ahora bien, el olvido y el desconocimiento, cuando no gilipollez, no es exclusiva de estos visitantes de la Audiencia Nacional, puesto que en caso contrario es difícil de asimilar que 16.500.000 de yanquis crean que la leche con chocolate proviene directamente del ordeño de esas vacas marrones que, para más inri, en su gran mayoría tienen orientación cárnica y que, además, un 48% de los encuestados por el Centro de Innovación Láctea de EEUU admite desconocer el origen real del batido de chocolate.

Por otra parte, quizás no tan escandaloso pero sí más dolorosa me resulta la actitud de los máximos responsables políticos de la Junta de Castilla y León que, hace pocos meses, siendo interpelados para conocer su posicionamiento frente a la macrogranja para 20.000 vacas impulsada por la cooperativa navarra Valle de Odieta, respondieron que se posicionarían una vez conocido el proyecto del que no tenían más información que la publicada por la prensa. Pues bien, aunque a los de la Junta “no les conste”, sus impulsores piensan presentar este verano el proyecto para una primera fase que únicamente albergará 4.200 vacas y, todo ello, según nos quieren hacer creer, sin que haya habido un intenso trabajo de cocina previo entre impulsores y Junta de Castilla y León, a la postre, la que deberá aprobar y subvencionar dicho proyecto cuando todo el mundo es conocedor de que ningún empresario, empezando desde el más pequeño de los agricultores hasta la mayor de las multinacionales, redacta su proyecto empresarial sin previamente haber pasilleado y contrastado la viabilidad técnica, ambiental y política de la iniciativa.

El desconocimiento de algunos y la malintención de otros parecen campear, en proporciones idénticas, en los procesos negociadores que desembocan en los numerosos tratados comerciales que se van firmando, a diestro y siniestro, entre los diferentes gobiernos y bloques continentales, confluyendo así las expectativas de pingües beneficios de unos por la imparable apertura de nuevos mercados y, con ello, el acceso a millones de nuevos y potenciales clientes con el desconocimento-ignorancia-buenismo de los otros. Todos estos acuerdos comerciales, como se imaginarán, están sustentados por sesudos informes y proyecciones económicas, en la mayoría de los casos, encargados de parte y que, una vez rubricado el acuerdo, arden fenomenalmente en la chimenea de alguna mansión mientras brillan por su ausencia los estudios a posteriori que analicen las consecuencias de los tratados anteriores y se extraigan las conclusiones a tener en cuenta en las siguientes negociaciones, y es por ello que ha me ha sorprendido gratamente que dos prestigiosas universidades como Oxford y Stanford hayan hecho un estudio sobre las consecuencias sanitarias del acuerdo comercial NAFTA suscrito entre EEUU y Canadá allá por los años 90, concluyendo que la salud de los canadienses ha empeorado notablemente, únicamente por un pequeño detalle de la letra pequeña en dicho tratado como era la reducción desproporcionada en los aranceles de ciertos edulcorantes que provocó lo que llaman un efecto de sustitución peligrosa como es el caso de sustituir los azúcares de caña o remolacha por un jarabe de maíz de alta fructosa (casualmente, suministrada por la industria alimentaria yanqui) que, a la postre, ha conllevado que una década después se haya triplicado el consumo diario de calorías, la diabetes se haya duplicado y triplicado, como quien no quiere, la obesidad de los canadienses. Por ello, visto lo visto, nadie debería alegar desconocimiento, en el momento de firmar algo con estos personajes.

Como verán, el olvido y el desconocimiento se expanden por todos los lares, ahora bien, y volviendo a la experiencia de mi padre, tengo la pequeña esperanza de que esos responsables a los que todo se les olvida pasen, como le ocurrió a mi padre, por la fase de la desinhibición donde pierden el control de sus palabras y los ciudadanos de a pie, los de la plebe, podamos conocer lo que realmente ha ocurrido y así enjuiciar a sus responsables.