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Música

Cuarteto en el festival

Por Teobaldos - Domingo, 30 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Festival de mendigorría

Intérpretes: Cuarteto Diapente (Raúl Galindo, violín primero;Unai Gutiérrez, violín segundo;Pedro Michel Torres, viola;Jacobo Villalba, violonchelo), junto con Alberto Urroz, piano. Programa: Haydn, Cuarteto en Re Mayor Op.20/4;Schubert, Movimiento de cuarteroD 703;Schumann, Quinteto para piano Op. 44. Lugar: Iglesia de San Pedro de Mendigorría. Fecha: 28 de julio de 2017. Público: buena entrada (10 euros).

entrañable Festival de Mendigorría da este año un paso adelante cualitativo al contar con un sólido cuarteto de cuerda, digamos, como grupo residente del festival;al igual que su fundador y organizador, Alberto Urroz. Ambos -el cuarteto y el pianista- ofrecen su concierto, pero, además, comparten escenario con otros intérpretes. Según indica el propio Urroz, esta edición va a tener, como cierto hilo conductor, al siempre agradecido y luminoso Schubert, que irá apareciendo, a pinceladas, en la programación. Schubert en los instrumentos de cuerda, en el piano, en la voz, y en la flauta: siempre maravilloso. Un Schubert que, precisamente, aprende del final del Cuarteto de Haydn que abría la velada.

El Cuarteto Diapente ha sido un descubrimiento para muchos. Situados en el centro de la nave de la espléndida iglesia de San Pedro con el público muy cerca han interpretado muy bien la acústica del lugar y han logrado controlar la sonoridad hasta términos exquisitos. En todas las obras hay una articulación transparente y flexible;una sonoridad cristalina, de tal modo que todos los instrumentos se escuchan, sin caer en el peligro de las excesivas densidades a las que siempre se tiende en una iglesia, permitiendo, así, un fraseo nítido, una conversación entre los cuatro, fluida;siempre cuidando el sonido. El primer movimiento de Haydn, calmo y en matiz más bien piano, ya atrajo a su aura sonora a un público que no hizo ni respirar en toda la velada. En el segundo movimiento escuchamos perfectamente al segundo violín y a la viola, luego al violonchelo -fundamental como bajo cimentador, y luego como protagonista, con un canto muy hermoso-, y finalmente al virtuoso violín. Es una lección de tocar en cámara. Muy bien hechos los acentos desplazados del minueto. Y, de nuevo, control absoluto en el presto, embridando el crescendo para no emborronar, sobre todo el pasaje fugado, siempre complicado. Sigue un Schubert inacabado y sombrío -Movimiento de cuarteto-, agitado, sorpresivo para el público, dramático, con una sonoridad que, intencionadamente, casi incomoda. Luego se serena un poco, pero siempre se vuelve a cierta sensación de angustia.

El quinteto con piano de Schuman es casi orquestal -tal es el ímpetu y sonoridad logrados- en la interpretación del Diapente y Urroz. La irrupción del piano en el cuarteto de cuerda se nos hace al principio algo violenta;luego todo se equilibra. La impresionante marcha fúnebre del segundo movimiento -al fondo Beethoven y el Trío en mi bemolde Schubert- es un punto álgido de la velada: el quejido de la viola, la pesadumbre del tempo -tan acertado- el piano, presente, pero siempre en penumbra;el vuelo del resto del cuartero;el desvanecimiento final. En contraste, los dos últimos movimientos, con el lío de escalas bien solucionadas y el conclusivo y sinfónico final cerraron un concierto de lujo. El público -de impecable comportamiento- aplaudió con ganas.

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