Ikatz plaza: recuerdos del carboneo

Domingo, 30 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Un carbonero en la ‘txondorra’.

Un carbonero en la ‘txondorra’.

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Un carbonero en la ‘txondorra’.

Hace unos días recordábamos cosas de antes (¡qué vamos a hacer a estas alturas!) y nos vinieron a la memoria las labores del carboneo (ikatz egin, hacer carbón) para las antiguas ferrerías que proliferaron en este País del Bidasoa y de las que aún queda rastro en algún rincón perdido. El carboneo y las ferrerías ocupaban prácticamente a todos los hombres del pueblo.

La autoridad sacaba a subasta un lote de leña, la persona que trabajaba en el carboneo lo compraba, contrataba a especialistas en el oficio que se ocupaban de todo y vivían en el lugar hasta terminar. Se cortaban los troncos, y se rajaba la leña de forma adecuada y se preparaba algún espacio (ikatz plaza o plaxa) cercano a una regata donde se levantaba la txondorra (carbonera) a resguardo de los vientos.

Lo primero era hacer la chimenea con leñas entrecruzadas, después se ponían troncos verticales alrededor, otra capa de troncos dispuestos de igual manera y se cubría todo con tierra y musgo, dejando sólo abierta la chimenea por la que se prendía fuego al interior. Una vez que el fuego alcanzaba a los troncos, se abrían unos orificios laterales y se cerraba la chimenea, y el carbonero experto, conforme la leña se convertía en carbón (lo sabía por el color del humo y otros detalles) abría o cerraba los agujeros que convenían.

Casi todas las herramientas eran en su mayor parte de madera: la pala con la que se golpeaba la tierra dispuesta sobre la carbonera, el mazo y una especie de azadón de cierto tamaño, con el que se extendía la tierra y el musgo a conveniencia. Se usaban también algunos elementos metálicos, un rastrillo de hierro y un gancho, además de unos cestos de mimbre.

Una vez concluido el carboneo, se retiraba la tierra y se iba amontonando el carbón vegetal que, de ordinario, se destinaba a las ferrerías o en menor cantidad a algún herrero que trabajaba en el pueblo y fabricaba toda una suerte de herramientas, desde hachas (los Erbiti de Leitza tenían justa fama de hacerlas de notable calidad) que compraban los leñadores que iban a trabajar a los bosques franceses o los aizkolaris de competición, azadas, rastrillos de huerta, guadañas y otros.

Todo esto es ya pura arqueología, recuerdo de un tiempo y una forma de industria que no ha de volver, pero todavía en algunos parajes se distinguen espacios abiertos donde se fabricó el carbón, lo que se advierte fácilmente por el tipo de tierra. Y se dice y se puede comprobar que es en estos lugares donde suelen brotar marrubiak, las fresas silvestres, muy pequeñas pero con un aroma y un sabor exquisitos.

El carboneo pasó a la historia, en la actualidad se compra en bolsas en los comercios para las barbacoas domingueras, y cabe recordar también que su práctica tuvo como consecuencia la mayor deforestación que sufrió la comarca. Desaparecieron los robledales y llegaron los pinos, pero esa es otra historia. - L.M.S.