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José Luis Esteban actor

“Segismundo se eleva sobre las cenizas de su propia desilusión”

Jueves, 3 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

La función comienza con muy poca luz, apenas la de una linterna.

La función comienza con muy poca luz, apenas la de una linterna.

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  • La función comienza con muy poca luz, apenas la de una linterna.
  • Otra escena del montaje de Teatro del Temple.

las claves

pamplona- Dicen desde Teatro del Temple que tras 22 años de andadura sintieron que ya estaban preparados para montar ‘La vida es sueño’. ¿Hace falta vida y experiencia para abordar esta obra?

-Sin duda. Date cuenta de que La vida es sueñoes una de las catedrales del teatro español del Siglo de Oro. Esto quiere decir que tiene una serie de condiciones tanto en el fondo como en la forma -el verso- que hacen que sea una historia apasionante para el espectador;seductora, llena de esos ingredientes que uno desea encontrar: poder, ambición, deseo, violencia, todo condensado en una pieza que está construida dramáticamente de una manera prodigiosa. Pero, claro, todo esto conlleva una exigencia muy intensa y potente para llegar al espectador del siglo XXI. Hay momentos en la vida de un actor y de una compañía en los que sientes que ya estás preparado para ofrecer una Vida es sueñoque esté a la altura de las demandas del público de este siglo.

¿Había interpretado a Segismundo en algún momento de su carrera?

-No. He tenido mucha suerte en mi carrera. He sido Ricardo III, de Shakespeare;Latino de Híspalis, en Luces de Bohemia;el Clov de Fin de partida... He interpretado personajes muy ricos de la historia del teatro, pero Segismundo es muy especial.

¿En qué momento le llega?

-Voy a decir una obviedad, pero me llega cuando Teatro del Temple me ofrece ser Segismundo. En ese momento, eso sí, yo hago una revisión de cómo estoy y de si voy a ser capaz de estar a la altura de la exigencia que yo mismo me planteo, que creo que siempre debe ser la mayor posible. Este oficio tiene también un gran componente de riesgo y de aventura, y acepté meterme en este viaje fascinante con mis hermanos del Teatro del Temple. Un viaje que tiene que terminar cada día con la sensación de que el espectador también ha vivido una experiencia fascinante;si no, nos habremos quedado a medias tintas. Afortunadamente, el espectador está compartiendo con nosotros esa visión de asistir a una ceremonia emocionante.

¿Sintió vértigo cuando recibió la propuesta de ser Segismundo?

-Sientes un montón de cosas. Uno se hace actor para hacer estos personajes. Es muy complicado tener acceso a ellos. En este oficio siempre te manejas en una línea muy fina entre la humildad absoluta, es decir, entre preguntarte si vas a ser capaz de escalar ese Everest, y la autoconfianza de saber que voy a poder plantear, al menos, un trayecto en el que me sienta a gusto y que responda a la exigencia del personaje. Pero, sobre todo, lo que para mí es esencial es que esto es un gozo extraordinario. No se puede separar ningún personaje, ya sea grande o pequeño, del gozo de hacerlos. Ese deleite tiene que estar ahí para que el espectador lo note. Si yo disfruto, es más fácil que el público disfrute.

¿En este trayecto se ha fijado en otros Segismundos o se ha aislado del todo y ha empezado de cero?

-Ya voy teniendo una edad y es verdad que he visto unos cuantos Segismundos. De alguna manera, todo esto está en la mochila, pero no me he fijado en ninguno en concreto, no por no querer imitar ni nada de eso, sino porque creo que cada uno debe trazar su camino. La vida es sueño que hemos hecho tiene una atmósfera muy especial, un universo escénico muy trabajado y un trabajo de elenco extraordinario... Siempre va bien esta especie de pureza a la hora de acercarte al personaje y dejar que sea él el que vaya manipulando los resortes de la máquina.

Mucho se ha escrito sobre el contenido filosófico de esta obra, ¿qué nos sigue contando todavía hoy Calderón sobre nosotros mismos?

-Calderón define en esta obra la sustancia de la que estamos hechos, que es una sustancia inmaterial que podemos llamar sueño, ilusión o incluso reflejo de esa caverna platónica. Calderón incide directamente en una de las heridas por las que seguimos sangrando hoy en día y en las dificultades que tenemos para establecer las relaciones con el mundo que nos rodea. Segismundo es un antihéroe que se eleva sobre las cenizas de su propia desilusión, de sus propias dudas, de su propia dificultad, para reaccionar adecuadamente a los estímulos de un mundo profundamente hostil para él.

Es que lo apartan del mundo por miedo a una profecía.

-Claro. Hay que tener en cuenta que es un niño no deseado que crece en un entorno desestructurado, por así decirlo. Y cuando su padre se decide a soltarlo y liberarlo de esa cueva en la que ha crecido, responde como lo que es, esa mezcla rabiosa de fiera y ser humano, que es un concepto muy barroco. Además, si te pones a rascar un poco, nos encontramos con que Calderón escribe en el siglo XVII y, por eso, está muy condicionado por el mundo que le rodea. Por una sociedad que, si lo pensamos un poco, vemos que es tremendamente parecida a la de hoy en día en sus contradicciones, en sus inquietudes y en sus fisuras.

¿En qué se parecen ambas sociedades?

-La gente del siglo XVII vivía con una sensación muy acusada de fin de régimen. La Armada Invencible ha sido hundida hace cuatro días, el imperio se desmorona, hay unas tensiones territoriales enormes, conflictos de orden político y social bastante severos... El barroco fue una época muy turbulenta y con constantes que podemos encontrar hoy en día. En ocasiones, las semejanzas son tan fuertes que ni siquiera te puedes refugiar bajo el manto de que lo que decimos es una metáfora, porque a veces parece muy literal lo que se dice.

Cuando se habla de las luchas de poder, por ejemplo.

-Claro, es que Calderón nos da un espejo en el que reflejarnos y en el que a veces nos vemos con mucha crudeza y, otras, con grandeza, porque Segismundo acaba asumiendo sus contradicciones y tomando una serie de decisiones que van en contra de lo que su corazón le dicta. Hay un debate muy interesante en La vida es sueño sobre cómo ejercer el poder, sobre la razón de Estado y el estado de la razón. En los siglos XIX, XX y XXI, esta cuestión ha provocado desastres inconmensurables. Y el espectador a veces no percibe que esa pulsión, ese tema está muy presente en esta obra, más que nada porque tiene muchos otros ingredientes que la hacen muy entretenida y que no la distinguen mucho de ficciones actuales como House of Cards, por ejemplo. Es que esta historia está llena de ambición política, de crimen, de deseo, de frustración... Puro siglo XXI (ríe).

Parece necesario, pues, seguir representando ‘La vida es sueño’.

-Todos los grandes textos teatrales son necesarios. Si son grandes es porque han sobrevivido al paso del tiempo, que es implacable, y porque tienen algo importante que decirnos. Con los clásicos hay que mantener un diálogo desde la actualidad y convertirlos en algo vivo. Y, además, siempre digo que para el público del siglo XXI es mucho más fácil vivir los clásicos que leerlos.

¿Por eso han descargado el montaje de algunos pasajes narrativos?

-Sí, pero no porque lo que omitimos no tenga calidad, sino porque los autores del siglo XVII eran muy conscientes de que el público no tenía siempre el mismo grado de atención durante la función. Lo asumían y empleaban parte de la obra para ejercitar sus dotes literarias. Calderón tiene unas hermosísimas digresiones en La vida es sueño que no son fundamentales para el desarrollo de la acción y que hoy en día no son necesarias. Los espectadores del siglo XXI somos grandes expertos en ficciones, nos las sabemos todas, y todo aquello que se sobreentiende y que no aporta nada al desarrollo de la acción dramática lo hemos orillado y nos hemos centrado en el drama, siempre respetando el texto original. En el siglo XVII el castellano era un atleta en plena forma.

¿Y qué me cuenta de ese maquillaje, casi máscara, y de la música y de la escenografía tan especiales de este montaje?

-Carlos Martín, el director de escena;Alfonso Plou, el dramaturgo, y todo el elenco en general estuvimos buscando desde el principio un universo físico y emocional en el que incrustar La vida es sueño. Y acudimos a muchos recursos que el propio teatro nos ofrecía. Hemos situado la acción en una especie de Polonia que de alguna manera podría estar escondida en los arrabales de cualquier metrópoli contemporánea, a medio camino entre las tribus urbanas y ese cierto seudo orientalismo que está muy presente en nuestra sociedad, con el yoga, el tai-chi...

Como actor, hemos visto a José Luis Esteban en teatro, cine y televisión. Le preguntaría qué prefiere, aunque seguramente lo que prefiere es trabajar...

-Eso iba a decir (ríe). En este oficio, trabajar es triunfar. Mi origen es el escenario, que es donde más satisfacción encuentro, pero adoro el cine y me fascina la televisión. Además, hoy en día, los actores tenemos que ser animales competitivos en cualquier medio que el oficio nos proponga. Y tenemos que captar la atención del espectador esté donde esté, en el patio de butacas o en el salón de su casa.

Otra de sus pasiones es la poesía.

-La poesía en escena es mi gran proyecto personal desde hace unos veinte años. Encuentro mucha satisfacción en esos trabajos, en conmover, emocionar, divertir, aturdir o provocar al espectador con ellos. Y tengo la suerte de trabajar con grandes músicos, porque, para mí, la poesía y la música son hermanas siamesas.

18º festival de teatro clásico de olite

“Este oficio tiene un componente de riesgo y aventura muy grande;es un viaje fascinante”

“Con los clásicos hay que mantener un diálogo desde la actualidad y convertirlos en algo vivo”

el espectáculo

La obra. La vida es sueño.

Compañía. Teatro del Temple.

Dirección. Carlos Martín.

Dramaturgia. Alfonso Plou.

Elenco. José Luis Esteban, Yesuf Bazaán, Félix Martín, Minerva Arbués, Francisco Fraguas, Encarni Corrales, Alfonso Palomares y Gonzalo Alonso.

Fecha, lugar y hora. Hoy, en la Cava, a las 22.00 horas.

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