Los símbolos, una falacia

Por Santiago Sánchez Murugarren - Jueves, 3 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Empecemos por el principio. Cuando los condes y reyes acudían a sus guerras llevaban impreso en su escudo un símbolo que sólo el portador sabía lo que quería decir. Si la victoria les sonreía, aquello adquiría una alegoría de tal circunstancia y, a partir de ese momento, se izaba en un trapo en la torre más alta de su castillo.

Si el susodicho había sufrido heridas de guerra, tantas como habían sido herido colocaba en el blasón franjas rojas en igual cuantía. Si sus poderes eran casas de hijodalgos, las calderas que se exhibían en su heráldica declaraban cuántas eran sus haciendas y así sucesivamente iban añadiendo distintos esmaltes en sus escudos heráldicos.

Los reyes hacían más de lo mismo y con mucha más autoridad, que no consenso popular. Los tiempos cambian y el rey de turno, el dictador, proceden de idéntica manera hasta que ese sentimiento “particular” se convierte en la insignia patria. Nada de consenso ni menos entonces consulta popular. Y hoy tampoco.

¿Qué sucede? Que con el transcurso del tiempo en cada lugar nos encontramos con un símbolo particular, de un señor particular y que, por omisión obligada, acatamos como un blasón patrio. Navarra tiene fondo de Gules: Color rojo. Simboliza al dios Marte como elemento de fuego, valor. Su obligación es la protección en armas del soberano o príncipe. En principio está bien y es lógico. Nuestro Rey Sancho el Fuerte gana la batalla de las Navas y se trae unas cadenas y con toda la lógica de aquellos tiempos las coloca en su bandera o blasón;podía haber colocado una granada, un gorro moro, pero no lo hace como símbolo de Navarra, sino como de su poder. También el pueblo, ¿qué otra cosa podía hacer?, lo admite. Esto no sólo sucede en nuestro reino, la señera de Aragón cuenta la misma historia: que cuando el rey aragonés se moría con sus cinco dedos manchados de sangre por sus heridas se aferra a su pendón y marca cinco motas y ese hecho se consolida como escudo de Aragón y posteriormente del Condado de Cataluña.

Francisco Franco se fabrica una bandera a su gusto con el “no plus ultra”, bueno a su manera de pensar, está incluido el escudo de Navarra. La lista sería interminable en el mundo político. Todos estos personajes nos venden qué es el sentimiento patrio, sin previa consulta y asumiendo la todopoderosa gracia de su infalibilidad (Caudillo de España por la gracia de Dios).

En el siglo XXI, sin consenso ni consulta alguna, nos estamos pegando de tortas por algo como el sentimiento, que es personal e intransferible de cada ciudadano, como una obligación de debido cumplimiento.

¿Sucedería una hecatombe si un día cada ciudadano saliera a la calle manifestando sus sentimientos con la bandera que le representase a cada uno?

Eso sería imposible, porque ¡fíjate tú los mástiles que harían falta!

Pues nada, ninguna. Los sentimientos personales y a mí, particularmente, me trae al pairo y como a mí casi todos un trapo que otro, lo mismo que los de cocina.

¿No tenemos otra cosa más importante que hacer?

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