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Disturbios en el paraíso

Por Manuel Torres Mateos - Martes, 8 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Una de las homilías del gobierno que más se prodiga en estas fechas es la del ministro de Energía, Turismo y Agenda Digital, Sr Nadal, cuando, con ese aspecto de bachiller aplicado, alardea del nuevo récord de turistas que hemos batido, de ser la segunda potencia mundial en el sector y un pujante motor en la economía del país, primicia que otro miembro del gabinete, doña Fátima Báñez, a la sazón titular de Empleo y SS, se apresura a celebrar con su típica expresión jacarandosa. Aunque todo el mundo sabe -inclusive los susodichos- que el empleo que se genera en verano es de baja cualificación, precario y estacional.

Por razones ajenas a Moncloa, a las cifras macroeconómicas y a la Virgen del Rocío, este país goza de un enclave geográfico y meteorológico privilegiados a la hora de acomodar ese invento anglosajón llamado turismo, aunque habrá que reconocer que en la década de los 60 tuvieron que entrar hordas de escandinavos, británicos y germanos a decírnoslo, porque nosotros, aunque lo teníamos delante de nuestras narices, no lo sabíamos. Pasado el tiempo, y después de explotar desaforadamente los recursos naturales y culturales de este paraíso que creíamos inagotable, descubrimos ahora que el invento está a punto de colapsar, a menos que se tomen medidas urgentes, quizá más imaginativas que legislativas.

Tres son los bloques de noticias que estos días nos alertan sobre este problema al que algunos definen como turismofobia. Por un lado, la gentrificación salvaje, el uso especulativo, intensivo y desregulado que se acomete con esta industria de masas y que, cada vez más, deteriora la convivencia entre visitantes y autóctonos. Por otro, la invasión del llamado ocio basura o de las vacaciones de borrachera que principalmente arrasan el Levante mediterráneo al modo en que lo hacen las especies depredadoras, provocando suciedad, ruido, altercados continuos y tráfico ilegal. Finalmente, cabe destacar las acciones de protesta de jóvenes activistas que, con más visceralidad que eficacia, pretenden alertarnos de una evidencia que todos conocemos, aunque nadie hasta ahora ha tenido el valor o la voluntad de hacer algo al respecto.

El proceso de degradación es palpable en poblaciones como Lloret de Mar, Salou, en ciertos barrios de Barcelona como el Gòtic, el Raval o la Barceloneta, en Sant Antoni (Ibiza) o Magaluf (Mallorca), donde, en apenas 30 años, ha provocado una sucesión de desastres urbanísticos, medioambientales y de orden público, gracias a la pasividad o complicidad de sus políticos, a la avaricia de algunos empresarios y a la indiferencia de muchos de sus habitantes, tolerancia atribuida casi siempre al negocio, a la generación de puestos de trabajo y al incremento de las arcas públicas. Pero lo cierto es que ese subturismo de vomitona, de desmadre y caos apenas deja beneficio, ya que la mayor parte de los touroperadores, auténticos dueños del cotarro, son británicos, al igual que los trabajadores que atienden estos negocios y, naturalmente, el rebaño de niñatos bien criados y mejor alimentados al que sirven. Por tanto, las empresas que operan en el Levante español, se llevan las ganancias a sus países y nos dejan sus problemas como souvenir. Cuando las autoridades competentes han querido hacer frente a esta masificación, a la proliferación de mafias de la droga, de la prostitución, del negocio inmobiliario, incluso del laboral, el asunto ha pasado de ser complejo a ser insalvable.

Algunas lumbreras sugieren revertir esta plaga invasiva en turismo de calidad, y todo mediante una sencilla ecuación: menos gente + mayor poder adquisitivo = más dinero. Pero los datos no se compadecen con la realidad. En Ibiza, por ejemplo, donde los precios se han encarecido de manera exponencial, el número de turistas no ha remitido, muy al contrario éste sigue sumando adeptos progresivamente. Tal vez antes de cualquier alternativa suicida, deberíamos analizar el tipo de turismo que tenemos, y luego ver qué se puede hacer con él.

El nuestro, como sabemos, es un modelo de sol y playa, un turismo de estacionalidad que se consume en verano. Este hecho concreto hace que la oferta tenga que atender una avalancha de demandas en esta estación, mientras el resto del año queda infrautilizada, lo que supone un serio problema de rentabilidad y de inversiones en infraestructuras. Otro de los factores es la concentración del territorio, principalmente en el litoral mediterráneo y archipiélagos, lo que conlleva una enorme presión sobre una zona específica que necesita dar servicio a millones de clientes en un corto período de tiempo. Por último, estaría el impacto medioambiental que se traduce en mayor consumo de recursos y energía, en la generación de residuos y en la masiva ocupación del suelo. Y todo ello sin tocar el espinoso debate de las grandes infraestructuras levantadas en los últimos años, rentables para unos pocos bolsillos, pero insostenibles para el medioambiente, como hoteles y residencias en primera línea de playa, macrocomplejos hoteleros que invaden espacios naturales o la proliferación de campos de golf en zonas con balances hídricos negativos, lo que durante décadas supuso la degradación del litoral y del paisaje aledaño, el agotamiento de los recursos naturales y el desbordamiento y deterioro de las localidades receptoras.

Con este legado, herencia del desarrollismo tardofranquista asentado durante décadas, ¿se puede aspirar a un modelo de mayor poder adquisitivo y menos masificado? Por supuesto, los chavalotes de Arran Països Catalans no nos van a sacar del paso con sus performances de patio de colegio. Los políticos tampoco parecen mostrar gran entusiasmo, dado que el turismo, mal que bien, siempre maquilla la fatídica cifra del paro. Y hallar fórmulas eficaces en un plazo de tiempo razonable, se antoja endemoniadamente difícil, no sólo porque nuestro modelo vacacional tiene un profundo arraigo en el medio, sino porque el impacto del turismo de masas y sus consecuencias surge de la misma decadencia de la que adolece Occidente, donde, como señalaba Lipovetsky, hasta la propia democracia ha acabado convirtiéndose en un artículo de consumo. Quizá sea el momento de repensar no tanto qué tipo de turismo queremos gestionar, como qué modelo de sociedad queremos para vivir.

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