la carta del día

Indígena y mujer: discriminación al cuadrado

Por Fran Vega - Miércoles, 9 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Son las seis de la mañana, amanece un nuevo día y Raquel se levanta para ayudar a su tía a hacer el desayuno. Tiene 10 años y vive en Rayambal, en Perú. A las ocho llega la hora de irse al colegio. Cumple con sus tareas, pero le gusta más dibujar y pintar, nos confiesa. De vuelta a casa, después del almuerzo, se entretiene dando de comer a Crespo,suchanchito, y a Bobi y Comando, sus perros. Después de hacer su tarea, lleva a los animales a pastar. Entre ovejas, vacas y caballos Raquel se siente contenta y empieza cantar. Sueña con ser profesora para poder enseñar a otros niños y niñas.

Raquel es una entre los cuatro millones de personas que se identifican como indígenas en Perú, un país en el que viven treinta y un millones y medio de habitantes y en el que existen hasta 55 grupos étnicos.

Los pueblos indígenas, nos recuerda Naciones Unidas, siguen siendo los más vulnerables y marginados en todo el mundo, a pesar de los avances logrados. Como muestra, una cifra: el 33% de las personas pobres en áreas rurales pertenecen a comunidades indígenas.

La Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas dice que “los estados adoptarán medidas, conjuntamente con los pueblos indígenas, para asegurar que las mujeres y los niños indígenas gocen de protección y garantías plenas contra todas las formas de violencia y discriminación”.

El papel lo soporta todo, pero la realidad, tozuda, se encarga de desmentirlo: una de cada tres mujeres indígenas es violada a lo largo de su vida. Violencia. Como también es violencia el que tengan tasas más altas de mortalidad materna, embarazo adolescente y enfermedades de transmisión sexual.

Raquel sueña mientras sus animales pastan. Por su parte, el tiempo, implacable, sigue devorando las ilusiones de miles de mujeres indígenas en todo el mundo. No queremos que los sueños de Raquel se conviertan en pesadillas.

Eso es lo que pensó Lidia Morales, directora del Instituto de Salud Incluyente de Guatemala y una de las impulsoras del Modelo Incluyente de Salud (MIS), una forma de entender la atención en salud que en lo que a género se refiere deja de centrarse en lo clínico y en lo individual para pasar a tener en cuenta que las condiciones de salud de las mujeres tienen mucho que ver con su situación social, su alimentación, su espiritualidad, su salud mental y el espacio en el que viven. El MIS de Guatemala, recientemente adoptado como modelo de salud para todo el país por el Ministerio de Salud, facilita que la mujer tome un papel protagonista en las decisiones sobre la salud de la comunidad en la que vive.

Algo similar sucede en Bolivia, como nos cuenta Adiva Eyzaguirre, directora del Centro de Defensa de la Cultura (CEDEC), que nos cuenta cómo cuando empezaron a trabajar en las comunidades se dieron cuenta de que las mujeres eran parias en su propio territorio. Intentando encontrar soluciones, nació el feminismo comunitario, que parte de que el problema no es individual, sino comunitario y trabaja en cuatro ámbitos de acción. Nos lo cuenta Adiva: “El cuerpo, pues la mujer sólo podrá participar si está sana, si su cuerpo recibe el trato adecuado, si tiene salud, si tiene educación, si tiene formación… La memoria, pues a menudo nos olvidamos de que no sólo participaron hombres en la transformación de las sociedades y de la realidad, sino que también estuvimos presentes las mujeres. El tiempo, que es otro campo de acción también: recuperar el tiempo para ellas, recuperar el tiempo para participar, recuperar el tiempo para ser parte de la comunidad. Y por último el territorio: tenemos derecho a tomar decisiones, tenemos derecho a opinar, tenemos derecho a tener un territorio”.

Todo esto se traslada a la puesta en marcha de la política de salud del Gobierno, la SAFCI, que dibuja un modelo de salud familiar, comunitaria e intercultural, donde la participación de las comunidades es un eje para conseguir alcanzar el derecho a la salud.

A veces nos encantaría tener poderes para parar el tiempo y evitar que siga destruyendo ilusiones, aunque en vez de eso, tenemos algo mejor: la convicción de que todas estas desigualdades son injustas y evitables y la fuerza y el apoyo para seguir trabajando por un mundo en el que nadie se quede atrás.

El autor es periodista de Medicusmundi NAM