Refugiados: ante la mentira, la verdad

Por Yolanda Polo Tejedor - Viernes, 11 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

“No es inocente llamarlos personas: en esa decisión hay una voluntad de reforzar su identidad humana frente a su identidad de refugiados que todo lo ocupa y que no existe, porque ellos no la sienten”.

Agus Morales, No somos refugiados.


Refugiados. Nunca antes habíamos escuchado tanto esa palabra en los medios de comunicación. Telediarios, artículos de opinión, editoriales, entrevistas y tertulias manosean esta palabra a diario. Refugiados. Crisis de refugiados. La noria gira mientras se aniquila el significado real de los conceptos. ¿Se han parado a pensar que llamamos refugiadas a personas a quienes se les impide encontrar un refugio? Hablamos de crisis de refugiados, cuando en realidad son esas personas -las supuestamente refugiadas- quienes viven en primera persona múltiples crisis. La primera, la que las expulsa de sus hogares;después vienen otras muchas mientras huyen en una suerte de laberinto sin salidas en el que se violan sistemáticamente sus derechos. ¿Quién está en crisis, entonces, la población refugiada o una Europa irresponsable incapaz de garantizar los derechos humanos?

Los gobiernos y las fuerzas de seguridad se esfuerzan en alimentar explicaciones que criminalizan a quienes son las víctimas. Lamentablemente, sobran los ejemplos en este sentido. La acumulación de tales mensajes crea imaginarios colectivos que no se corresponden con la realidad y, lo que es más peligroso, acaba justificando lo que no tiene ninguna justificación. Y así, como quien no quiere la cosa, Europa firma un acuerdo con Libia que deja a miles de personas en las manos de mercaderes de esclavos. E Italia impone un código de conducta para las ONG que salvan vidas en el mismo mar en el que un barco xenófobo navega libremente intentado evitar esos rescates. Demencial.

Responsabilidad periodística

Los medios de comunicación no son ajenos a esta situación. Muchos han sido los titulares que han contribuido a alimentar tales discursos y a presentar la situación como una tragedia inevitable. Existen, sin embargo, periodistas que cuentan la realidad con el rigor y la responsabilidad que les corresponde. Algunos de ellos participaron en un curso de El Escorial -organizado por la Coordinadora de ONG para el Desarrollo y la Universidad Complutense- en el que se desenmascararon algunas de las grandes falacias de la supuesta crisis de refugiados. En el encuentro se dejó claro que los discursos del odio, la ignorancia y la mentira se combaten con datos, hechos e insistencia. Ante la mentira, la verdad:

- Europa vive la mayor crisis de refugiados tras la II Guerra Mundial. Falso. Es el mundo quien la vive;Europa recibe una ínfima parte de las personas migrantes y refugiadas.

- Europa no puede acoger a tal volumen de personas. Falso. La región más rica del planeta acoge tan solo 12 millones de los más de 255 que viven fuera de sus lugares de origen.

- La mayoría de las personas desplazadas salen de Siria y llegan a Europa. Falso. La procedencia es muy diversa, así como el destino. De hecho, nueve de cada diez personas refugiadas viven en países considerados pobres. La mitad de la población desplazada en el mundo se aloja con familiares, amigos o personas que les acogen.

- Las personas refugiadas tienen derechos;las migrantes, no. Falso. La migración es un derecho, tal como se recoge en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

- Asistimos a un repunte de la migración. Falso. En 2006, 35.000 personas llegaron a España;en 2017, tan solo 10.700.

- El modelo español es un modelo exitoso de referencia. Falso. España solo acepta el 0,01% de las solicitudes de asilo en la UE. La política de extranjería española ha demostrado su fracaso.

Responsabilidad ciudadana

Pensar que la responsabilidad de estos discursos y decisiones corresponde exclusivamente a gobiernos y periodistas no es más que lanzar balones fuera. La ciudadanía también tiene su parte y no es poca. En primer lugar, debemos cultivar nuestra capacidad crítica ante los discursos dominantes que quieren hacernos comulgar con ruedas de molino. Tenemos la obligación de vigilar no solo las decisiones que toman los políticos que nos representan, sino también las informaciones que son publicadas sin el contraste y el rigor que le son exigibles. No hacerlo deja la puerta abierta a decisiones que nos acercan cada vez más a derivas inhumanas de nuestra historia reciente.

Eso sí, no debemos hacer el camino en solitario. Derribar las mentiras impuestas requiere alianzas entre personas, organizaciones sociales y periodistas que promuevan otras formas de nombrar, otros discursos y otras decisiones. En este camino es imprescindible el protagonismo de quienes viven en primera persona los éxodos más allá de su condición de (no) refugiadas.

Vivimos un momento crucial en el que la mentira parece cambiar de nombre (posverdad), aunque no de propósito: defender los privilegios de los poderes a costa incluso de la vida. En nuestra mano está fortalecer el trabajo colectivo que ya se está haciendo desde muchos rincones del planeta para combatir los discursos y las medidas del odio. Se lo debemos a 65 millones de personas, se lo debemos a las casi 2.400 que han perdido la vida en el Mediterráneo en lo que va de 2017, se lo debemos a quienes se encuentran estancadas en medio del camino. Se lo debemos a la humanidad.