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Refugiados

Viernes, 11 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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mueren huyendo. En el mismo mar, con la misma luz, a la mismas horas en las que nosotros veraneamos, descansamos y buscamos ser felices.

Mueren sin entrada y mueren sin salidas. Les llamamos refugiados, pero son solo aspirantes; una parte, obligada a lanzarse a un mar que ya es un moridero. Según la RAE, refugio es sinónimo de amparo. Y desamparar equivale a abandonar, dejar sin favor a alguien o algo que lo pide o necesita. Los diccionarios descubren nuestras vergüenzas, porque llaman a las cosas por su nombre, aunque a veces también las camuflen. Más allá de definiciones, la obstinada falta de acogida por parte de la Unión Europea, con solapado protagonismo del Gobierno español, nos retrata como generación. Esa impúdica desprotección a los derechos de miles de personas revela además un flagrante incumplimiento de los propios compromisos. Y una falta escandalosa de voluntad del Gobierno central, que bajo la coartada de una perversa sensatez, se olvida de sus responsabilidades públicas y de los derechos humanos que están en juego, y confía que por miedo, indiferencia, o preocupaciones múltiples la sociedad haga lo propio. “En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país”, dice el artículo 14 de la Declaración Universal. Como quien oye llover. Los países de la UE deben reubicar aún a más de 73.000 refugiados para cumplir con palabra, a un plazo de dos años que finaliza este septiembre. Estamos ante una crisis de primer orden, pero crisis de derechos humanos, de postureo gubernamental; crisis de la palabra dada, de falta de empatía y de compasión. Porque cada persona no acogida será un incumplimiento, y estos se contarán por miles. El mundo va tan rápido que hasta la desprotección más hiriente parece momentánea y por lo tanto venial. Tan solo un pequeño lunar en nuestro imaginario colectivo. Un tema onegero. Y lo cierto es que la respuesta indecente a esta emergencia es también una advertencia sobre la voluntad real de Europa de implementar los denominados Objetivos de Desarrollo Sostenible, también comprometidos y anunciados, pero para un plazo mucho más amplio, que empezó en 2015 y concluirá en 2030. Ya lo ven, el horizonte no invita precisamente al optimismo. El presente, menos.

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