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Un agosto en familia

La asociación SEI acompaña en su programa de este mes a 30 jóvenes recién llegados de 13 países distintos y facilita su integración en un nuevo entorno

Mikel Bernués / Oskar Montero - Domingo, 13 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Una nutrida representación de la familia de SEI durante este mes de agosto, en la plaza de la Libertad antes de una actividad de ocio.

Una nutrida representación de la familia de SEI durante este mes de agosto, en la plaza de la Libertad antes de una actividad de ocio. (Oskar Montero)

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  • Una nutrida representación de la familia de SEI durante este mes de agosto, en la plaza de la Libertad antes de una actividad de ocio.

“Aquí te sientes protegida, te puedes soltar y hablar de cualquier cosa”

pamplona- Ejerce de colchón para suavizar el golpe que supone caer en una nueva realidad, con un entorno distinto y una familia de toda la vida que el tiempo y la distancia también han convertido en extraña. Todo es nuevo y ante semejante desconcierto a una edad que no necesita más aliñes para desconcertar, la adolescencia, la asociación SEI (Servicio Socioeducativo Intercultural) se presenta como un punto de encuentro. Un lugar entre iguales. Una familia a partir de la que tejer redes sociales con las que lanzarse ahí fuera sin reservas.

Alisson Almendras tiene 21 años, es de Bolivia y llegó a Pamplona hace ocho. Antes estuvo otros ocho sin ver a sus padres (las familias que acuden al SEI pasan una media de 9 años separadas). Ellos trabajaban y ahorraban aquí. Ella vivía allí con su tía. Y el proceso de reagrupación no fue sencillo. “Es una época difícil porque yo a esas dos personas ya no las conocía de nada. Vivía con mi tía y mi padre no era importante, mi madre era totalmente distinta a mi tía... me cambiaron el esquema. Lo pasé muy mal con el calor, la comida no me sabía igual... Y en el colegio una vez que los conoces son muy majos, pero la gente es muy cerrada al principio”, explica Alisson, que ahora es voluntaria para facilitar el tránsito a otros jóvenes que pisan por donde ella pisó.

Por su parte, cuando Estefany Rueda, también de Bolivia y de 17 años, llegó el año pasado a Pamplona “dormía las primeras horas de la tarde y a la noche estaba despierta. Y mi madre se enfadaba conmigo”. Su proceso de reagrupación familiar también fue duro tras 11 años de separación. “Mis padres dejaron a mi hermanita con meses de vida, y fue muy complicado decirle quién era su madre”, dice. Ahora Estefany es premonitora en el programa de agosto. “Si veo a una persona sola y apartada, me acerco y le digo que no se sienta mal, que hay muchas personas como ella aquí y que esto le va a gustar... Procuramos que se sienta bien”, comenta.

“Al principio solo quería volver a Bolivia con mi tía. Me sentí obligada a venir y encontré más gente como yo, una familia. Aquí te sientes protegida, es un lugar en el que puedes soltarte y hablar de cualquier cosa, que nadie te va a decir nada. Vas a encontrar apoyo. Cuando conoces a gente que pasa por lo mismo que tú y de tu mismo país, ya tienes algo en común. Y eso hace que te empieces a abrir”, añade Alisson.

el programa de agostoCuenta Maite Ziganda, coordinadora del servicio, que el programa de agosto “es diferente al del resto del curso. Es para chavales que acaban de venir. Pasan por momentos difíciles, están tristes, desubicados... tampoco ayudan las condiciones laborales de sus madres, que suelen estar internas en el servicio doméstico, y todo el papeleo para la reagrupación”. Habla de la sensación de soledad de estos menores “de quedarse en tierra de nadie, no salen de casa o les cuesta...”, dice.

El programa de agosto acoge a 30 menores de entre 12 y 17 años. Seis participan exclusivamente en las actividades de ocio. Por ejemplo, un concurso de villavesas para conocer cómo funciona el transporte público. El resto también participa en el aula. Todos están en edad de escolarización y aquí reciben apoyo. Han llegado de 13 países diferentes, “muy guay porque es muy variado”, cuenta contenta Maite. Bolivia es el país con más integrantes en los últimos cinco años, recogiendo el testigo de Ecuador. Senegal, Chile, Perú, República Dominicana, Colombia, Honduras, Marruecos, Brasil, Ghana, Bulgaria y Curazao completan esta peculiar y multicultural familia. Y la demanda todavía es mayor. “Hay gente que se ha quedado fuera, las plazas no dan para más”, dice Maite.

Además de los chavales, 10 personas como Estefany que durante el curso acuden al SEI como menores, ejercen de premonitores “porque su proceso personal es muy bueno, son muy responsables y tienen muchas ganas”. Y 15 voluntarios como Allison, y “de perfil muy variado”, colaboran en el aula.

Otro de ellos es Mustapha Hdidane, marroquí de 40 años que llegó a Pamplona hace 8 para realizar el máster en Trabajo Social. “Al mismo tiempo quería aterrizar en la realidad social, y el SEI me ofreció la posibilidad de desarrollar mis habilidades y aplicar mis conocimientos”, explica. En 2011 se incorporó a una asociación que “ha sido como una fuente de apoyo para mi desarrollo intelectual, y también me ha ofrecido ampliar mi red de amigas y amigos e intercambiar las experiencias”, destaca. Cuenta además cómo los voluntarios le ayudaron a superar las dificultades el primer curso, y cómo todo ese personal de intervención que ha estado, está o estará “heterogéneo y con variedad de estilos”, va dejando su poso y enriqueciendo el servicio. “El SEI representa un espacio para descubrir las habilidades que tiene cada persona”, comenta Mustapha.

contra los estereotiposNo se integran, hacen guetos, se chupan todas las ayudas sociales, etc... “Pues no”, dice tajante Maite. “A veces los mensajes que nos llegan de las personas que emigran son bastante negativos, y a quienes piensan así les haría un llamamiento para que vengan y vean de primera mano cómo son estas personas, lo majas que son. Y tienen unas capacidades que otras personas igual no hemos desarrollado porque no lo hemos necesitado”, concluye Maite en una defensa a ultranza de su familia. La familia del SEI.

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