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la carta del día

Microcrímenes

Por José Serna Andrés - Martes, 15 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

como a uno le ha resultado sugerente ese alarde clarificador del concepto micromachismo en el que se va perfilando el machismo puro y duro, a nada que se ponen en práctica palabras o hechos dudosos de ser respetuosos con la igualdad de género, la idea de los microcrímenes que se cometen diariamente también va ayudando a detectar aquello que decimos detestar aunque podamos contribuir a su existencia, constante en nuestra sociedad.

Parece que las agresiones violentas, hasta llegar al asesinato, son minoritarias, aunque una sola ya significa una víctima y sufrimiento añadido, pero los noticiarios están inundados de su presencia a pesar de que nos veamos obligados a insistir en que son noticia porque son minoritarios. Muchas de las personas que cometen estos actos son reincidentes y algunas investigaciones indican que hay variantes genéticas, como CDH13 y MAOA, que están presentes de forma especial en ellas, lo cual no quiere decir que quienes poseen esos genes necesariamente están inmersos en el mundo de la violencia. Parece que “el Maoa”, que se conoce también como gen del guerrero, influye de manera determinante en el comportamiento violento, especialmente si el portador consume alcohol, cocaína o anfetaminas. Dicen los investigadores que las personas con estas dos variantes genéticas tienen trece veces más probabilidades de cometer un delito violento. Y esto, al parecer, influye especialmente en los varones.

En ese debate entre influencia genética y ambiental parece haber un acuerdo en que se considera una simplificación establecer prevalencias, pues la complejidad del ser humano es enorme. Y si ampliamos la mirada y nos acercamos al mapa de la guerra, no como si fuera una simple estadística sino pensando en las víctimas, una a una, los datos cambian las proporciones de lo minoritario y lo mayoritario. Porque vivimos en un mundo en guerra en el que fabricar armas es un negocio lucrativo y los conflictos abiertos de Siria, Irak, la franja de Gaza, Ucrania, Yemen, Libia, Sudán, Somalia o México en su guerra contra el narcotráfico y los señores de la guerra en África, más distintos grupos guerrilleros… convierten lo minoritario en algo brutalmente significativo. No tenemos más que ver esos sesenta millones de personas desplazadas a causa de la guerra. Y son las personas que siguen estando vivas.

No es casualidad que Estados Unidos, Rusia, China, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, España e Israel, con sus ejércitos, bancos y sus empresas armamentísticas, sean los principales beneficiarios de este negocio de la muerte, con clientes muy poderosos entre un listado enorme de estados. No parece que el gen del guerreroesté tan implantado entre las élites dirigentes y la población, que admite sin rechistar esa situación. ¿Por qué lo hacemos? ¿Influencia del ambiente? ¿Ausencia de ética? ¿Dónde está la línea roja entre nuestras convicciones y nuestras decisiones para elegir a nuestros representantes?

Algo tiene que haber en ese bombardeo continuo a la conciencia en el que se admiten constantemente agresiones físicas o verbales, juegos en los que hay que matar gente, películas y series en las que los malos matan mucho, pero los buenos no se quedan atrás, asesinatos, violaciones, exaltación de soldados y su solidaridad en guerras nauseabundas. Eso no significa que todo lo que aparece en medios de comunicación y audiovisuales lo haga sembrando la cizaña, pero una gran parte, incluidas las de polis buenos que luchan contra malos, son microcrímenes constantes que abonan el campo de esta tragedia de existencia llamada humanidad.

Es verdad que similares brutalidades se han dado en otros tiempos, pero a los actuales les añadimos el Maoa virtual y así podemos ir progresando adecuadamente para que el mito de Caín no decaiga, y el “no matar” siga tan alejado de nuestra conciencia ética como en los primeros tiempos.

Podemos decir que el miedo en la lucha por la superviviencia y el territorio inoculaban una licencia especial para matar en el balbuceo de la humanidad, pero en estos tiempos en los que conocemos una gran parte de la información relacionada con la violencia, y nos falta mucha más información, nuestras decisiones son las contrarias a muchos de nuestros pensamientos en este terreno. Los microcrímenes son nuestros y solo nuestros.

El autor es escritor

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