La cara no tan oculta de la desigualdad

Por Julián Zubieta Martínez - Miércoles, 16 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:09h

ciertos estudios vinculados a la sociología y a la antropología demuestran que los seres humanos mostramos una aversión sistematizada a la desigualdad. Dicho así, a todos nos puede parecer una cosa obvia y de sencilla comprensión. Pero una interpretación de la realidad, tanto histórica como actual, parece que desmonta radicalmente este supuesto. Es decir, salvo las épocas posteriores a las grandes catástrofes naturales -ya que las provocadas por las guerras contradicen esa aproximación, aunque tampoco deberíamos olvidar que, hoy por hoy, cualquier catástrofe es motivo de especulación financiera- cuando los comportamientos son más solidarios y cooperativos, transformando el fondo de las relaciones humanas, normalmente la actuación del ser humano, tanto a nivel individual como colectivo, provoca la que es considerada como la mayor de las desigualdades: la pobreza extrema. Esa que prescinde de los derechos fundamentales eliminando las responsabilidades elementales. Esa que determina en muchos lugares el no valor de la vida humana.

Cómo llegamos a estos comportamientos extremos de violenta desigualdad, consciente o inconscientemente entre nosotros mismos tiene que ser, siempre, objeto de obligada reflexión. Porque la desigualdad que provocamos mediante estos actos es el origen de los conflictos que asaltan nuestro presente. Intentemos razonarlo desde una mirada general hasta la individual.

Históricamente, podemos señalar multitud de episodios en los que la supremacía racial de los pueblos elegidos se ha impuesto por la fuerza a la afirmación que hemos hecho inicialmente. Por ejemplo: la búsqueda de esclavos en las civilizaciones antiguas, que a la larga impusieron los métodos imperialistas y colonialistas, o las guerras con tinte eugenésico que desembocaron en genocidios o episodios selectivos, tal y como financiaron el nazismo y el franquismo, no han sido otra cosa que episodios de encumbramiento de las desigualdades. Respecto a la actualidad, qué decir que no podamos saber: las rutas de la esclavitud perduran entre nosotros sin sonrojarnos más que de boquilla, de la misma manera que los pueblos elegidos por los dioses se esmeran en “proteger-someter” a los estados que no acatan la democracia financiera correctamente. No sólo son el mar Mediterráneo o el océano Índico recipientes de muertos en las rutas de la esclavitud actual, también podemos señalar todos los muros y vallas que cercenan las ilusas ilusiones de los habitantes de África, Sudamérica o el Próximo Oriente en su huida provocada por las guerras de “ocupación democrática”. Por lo tanto, actualmente, podemos decir que, al igual que la eugenesia y la esclavitud históricas, nos asedian movimientos xenófobos al estilo de los supremacistas estadounidenses -sucesos de Charlottesville, Virginia- que tanto auge han cogido con la subida al poder de los halcones de Donald Trump, o los bravucones actos terroristas del ISIS con sus promesas religiosas, de la misma forma que las cruzadas católicas se creían con la supremacía de su verdad, antaño.

Hasta aquí hemos hablado, eso sí, superficialmente, de nuestro comportamiento colectivo. Ahora vamos al comportamiento inscrito en el plano individual dentro de los mismos estados que dominan, manejan y someten al mundo. Creo que, con tan sólo con fijar un poco la atención a nuestro alrededor, incluso a nuestro propio comportamiento, podemos intuir cómo llegamos a masificarnos en estos comportamientos expuestos. Como ya sabemos, inconscientemente y, a veces, y esto es más grave, conscientemente, seleccionamos, medimos, calculamos y elegimos todo lo que está a nuestro alcance, desechando caprichosamente lo que no nos complace. Hasta aquí, todo fácil y sencillo, porque cubre nuestras posibilidades de dominio. El problema surge cuando queremos intervenir en lo que ya no nos es tan accesible. Cuando es a nosotros a quien se evalúa, escoge o rechaza en la elección. Entonces, sólo entonces, cuando personalmente sufrimos el menosprecio y la degradación, cuando somos conscientes del apartheid de nuestros deseos, es cuando podemos relacionar esta situación -por otra parte totalmente incomparable, sirva esto tan sólo de aproximación explicativa-, con el apartheid de la parte más desfavorecida de la humanidad, que por el contrario a nosotros -y no a todos- no puede ni elegir ni seleccionar sus condiciones vitales.

Es evidente que esta visión del comportamiento individualizado posee el rancio aroma del clasismo social. Transmisión hereditaria de la apestosa fragancia del quiero y no puedo tan extendido en nuestra frágil sociedad. De la misma manera que los mass media nos arrastran a un comportamiento ajeno a nuestra posición, también nos impulsan a la construcción de chivos expiatorios que nos ayuden a defender nuestra ignorancia. En definitiva, con la salvedad comparativa mencionada, nuestro comportamiento individual es dirigido a nuestro comportamiento como sociedad. El egoísmo y la envidia nos sobrecogen de la misma manera que nos solidarizan las catástrofes humanitarias. Inaudito y contradictorio, pero cierto.

Con lo descrito hasta aquí, hemos enlazando el individualismo con lo societario. Estamos, por tanto, en posición de explicar, que el método selectivo que asumimos se basa en un procedimiento elitista, mediante el cual actuamos como sociedad. Por consiguiente, nuestra estrategia electiva forma parte de la propuesta consumista tan extendida entre los que se permiten elegir lo superfluo por capricho, una vez más que cubiertas las necesidades básicas. No digo nada, si esas necesidades básicas, hasta ahora cubiertas tan sólo para una parte de la civilización, como siempre, las hace temblar especulativamente el sistema sociopolítico y económico. Es entonces cuando vemos peligrar nuestra condición de propietarios materiales de la nada, escupiendo odio contra lo diferente, contra lo contrario a lo políticamente correcto. Es entonces, cuando al igual que el protagonista de La última noche de Boris Gruschenko, nos invaden comportamientos xenófobos de corte racial.

Es preciso no olvidar que cualquier desigualdad es perjudicial para el comportamiento civilizado de la existencia. Pero, insisto, entre las muchas desigualdades que se nos ocurren, hay una que es origen de todas las demás: la desigualdad que entraña pobreza de subsistencia a la totalidad de la humanidad. Esa condición es la que acoge a todas las desigualdades, tanto individuales como sociales. Desigualdades sexistas, económicas, culturales, sociales, raciales;en definitiva, todas están incluidas en el conjunto denominado pobreza, tremendamente influenciado por la ignorancia y la petulancia de ese quiero y no puedo mencionado.

A modo de conclusión: es evidente que la discriminación que provoca la desigualdad está impregnada históricamente en el ADN de las sociedades. Cuando en los estados dominantes se tambalea la supuesta igualdad del quiero y no puedo, fracturando nuestras posibilidades de consumo inmediato, se busca insistentemente un chivo expiatorio, normalmente lo que es diferente, que nos separe de la tenue franja que nos separa de estar incluidos en esa pobreza que rechazamos obscenamente.

Intentemos reflexionar aunque sea unos minutos sobre todo esto. Es la única manera de eliminar nuestra ignorancia: comprender cómo somos, para despejar la incógnita de esa compleja ecuación que vive en el anverso de nuestro comportamiento: la cara no tan oculta de la desigualdad.