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Ciencia y religión

Por Patxi Aranguren Martiarena - Sábado, 19 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

el cosmólogo británico Stephen Hawking en su obra Breve historia del tiempo, publicada en 1988, sugirió que el hombre solo conocería “la mente de Dios” cuando lograra entender la teoría de todas las cosas, que busca unificar de manera coherente las fuerzas que gobiernan el Universo. Hasta entonces, Hawking se consideraba agnóstico, pues aunque no podía demostrar científicamente la existencia de un ser superior, tampoco cerraba la puerta a esa posibilidad: el concepto de lo divino superaba su conocimiento. Pero en 2010 publicó el libro El gran diseño, en el que declaraba que el Universo surgió de la nada, de forma espontánea, como consecuencia inevitable de las leyes de la física. En pocas palabras, Dios no es necesario para explicar el origen de todo. Lo que quiso decir cuando aseguró que conoceríamos “la mente de Dios” era que comprenderíamos todo lo que Dios sería capaz de entender si existiera.

Hawking cree que conseguiremos entender el origen y la estructura del Universo y cuando dice que estamos cerca de lograr este objetivo se está refiriendo al reciente hallazgo de ondas gravitacionales generadas durante la creación del cosmos que ratifica la idea de la inflación. Está claro que Hawking admite un origen en el tiempo del Universo. Pero, ¿por qué no admite a Dios? Porque no lo ve.

Que no veamos algo no significa que eso no exista. Un ejemplo. El aparente vacío del espacio exterior no es tal y además no es estático. Es el tejido del universo. Einstein descubrió que ese tejido es una mezcla de espacio y tiempo, dos entidades que no pueden separarse la una de la otra. Ese tejido del universo recibe el nombre de espacio-tiempo y ese espacio-tiempo se curva debido al peso de lo que contiene. Gracias a la curvatura del espacio-tiempo de nuestro planeta, todo lo que está suficientemente cerca, cae a su superficie. La Tierra se mueve en línea recta, pero en un espacio-tiempo, combado por el Sol, nuestro planeta sigue las líneas invisibles que crea nuestra estrella, como una canica en un cuenco. Hoy sabemos que las galaxias no se alejan unas de otras, lo que se expande es el tejido del universo.

A Einstein, científico curioso y dotado de una capacidad ilimitada de asombro, siempre le sorprendió que el universo se dejase investigar y comprobó que cuanto más avanzaba en sus estudios más le fascinaban las armoniosas leyes de la naturaleza. Einstein formuló las ecuaciones de la relatividad general que permitían estudiar el universo en su conjunto. Según la Teoría General de la Relatividad, hay objetos que convierten parte de su masa en energía y la desprenden en forma de ondas gravitacionales que viajan a la velocidad de la luz y deforman a su paso el espacio y el tiempo, pero Einstein pensó que no sería posible detectarlas debido a que se originan demasiado lejos y serían imperceptibles en la Tierra. Recientemente, un equipo de científicos de EEUU detectó las ondas gravitacionales generadas tras el Bing Bang, lo que supone la evidencia definitiva del periodo inflacionario del Universo. Pero Einstein se encontró con un universo que no le gustaba: era un universo que cambiaba con el tiempo y entonces introdujo en sus ecuaciones un término para mantener al universo estable. Se trataba de una magnitud a la que denominó “constante cosmológica”. Años más tarde, dijo que había sido el peor error de su vida.

El astrónomo belga, Georges Lemaître, descubrió en 1927 una solución para las ecuaciones relativistas de Einstein que ofrecía como resultado un universo en expansión. La idea se le ocurrió cuando conoció a su colega Edwin Hubble, que había descubierto el alejamiento de las galaxias. El artículo se titulaba El comienzo del mundo desde el punto de vista de la teoría cuántica y en él explicaba que todo el universo estaba concentrado en un solo punto de densidad infinita, a partir de cuya gran explosión inicial se fueron configurando los elementos que lo componen. Pero la idea de Lemaître tropezó no sólo con críticas, sino con una abierta hostilidad por parte de muchos científicos.

Si el universo está en expansión, resulta lógico pensar que, en el pasado, ocupaba un espacio cada vez más pequeño, hasta que, en algún momento original, todo el universo se encontraría concentrado en una especie de “átomo primitivo”. Varios científicos, entre ellos Einstein, veían con desconfianza la propuesta científica del astrónomo belga, porque ello podría favorecer las ideas religiosas sobre la creación. Cuando Lemaître habló con Einstein, éste le dijo que sus cálculos eran correctos, pero que su física era abominable. Al final Lemaître consiguió convencer a Einstein de que se equivocaba, y el científico alemán acabó aceptando la idea de la expansión del universo, pese a que un cosmos que tiene una historia y que comienza en un estado muy singular le recordaba demasiado a la idea de creación.

Lemaître estaba convencido de que ciencia y religión son dos caminos diferentes y complementarios que convergen en la verdad y dejó clara constancia de sus ideas sobre las relaciones entre ciencia y fe. Uno de sus textos resulta especialmente esclarecedor: “El científico cristiano debe aplicar con sagacidad la técnica especial adecuada a su problema. Tiene los mismos medios que su colega no creyente. También tiene la misma libertad de espíritu, al menos si la idea que se hace de las verdades religiosas está a la altura de su formación científica. Sabe que todo ha sido hecho por Dios, pero sabe también que Dios no sustituye a sus criaturas. La actividad divina omnipresente se encuentra esencialmente oculta. Nunca se podrá reducir el ser supremo a una hipótesis científica”.

Georges Lemaître falleció en 1966, poco después del hallazgo irrefutable de la radiación del fondo cósmico, el eco proveniente del origen del Cosmos, del Big Bang, que llena el universo por completo.

El autor es economista de la Universidad Pública de Navarra

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