Y tiro porque me toca

La rutina del terror

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 20 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

No por ser de verdad pavoroso lo sucedido en Barcelona, estaba menos anunciado el ataque yihadista. Tarde o temprano, alguna de las células dormidas del Daesh, Isis, Al Qaeda o cualquier de las organizaciones que responden a esas siglas, pasadas, presentes y futuras, cuyos imanes hayan declarado la guerra santa a Occidente, iban a actuar y lo van a seguir haciendo, hagamos lo que hagamos. Lo de menos es la geografía, el momento, el objetivo: todos lo somos, por enemigos y por infieles y por cómplices forzosos de los agravios recibidos de manera histórica por el islam. Frente a eso, y a pesar de una acuciosa labor policial que tiene como objetivo las células de islamistas extremistas, poco se puede hacer que sea eficaz y racional.

Es una guerra santa, con estrategia militares muy concretas y muy sabidas, pero es preferible pensar que el terrorismo es ciego y que sus actuaciones son irracionales, a que tiene motivaciones bien precisas que vienen de lejos y corresponden a una forma de guerra generalizada frente al poderío militar de los países occidentales. No son trincheras ni campos de batalla ni grandes movimientos de masas o de armamento de última generación. Ni siquiera este puede con esa forma de guerra.

Occidente, Europa sobre todo, ha ido olvidando lo que es vivir de acuerdo a principios regidos por la ortodoxia religiosa. Es más, lo que para unos son respetabilísimas creencias (las propias), para otros, las ajenas, no pasan de ser ideología religiosa, algo que no tiene que ver con la verdad occidental hecha rito, sino con poco más que con un capricho pasajero. El mundo islámico no, ese mundo vive sus creencias religiosas con un fervor e intensidad que aquí se han difuminado mucho;y no solo aquellos países donde se concentran las fuerzas del Mal, sino en esos otros con los que Occidente, España en particular, hace de continuo pingües negocios de todas clases, del armamento a las infraestructuras.

Mientras tanto los que somos el objetivo global y sin rostro, los que de manera casual podemos ser las víctimas mortales de esa guerra criminal, no podemos hacer otra cosa que movernos de manera emotiva y en el terreno de la emotividad, el miedo y el elemental sentimiento de fraternidad que a pesar de todo todavía tenemos. Estamos con las víctimas y sus familias, de manera intensa y emocionada, pero estamos solos, por mucha profesión de no tener miedo que hagamos, y por muy necesario que sea poco ganamos con pensar en los motivos de esa guerra santa que unos niegan (solo terrorismo) y otros condenan en público y aplauden o azuzan en secreto.

¿Qué hacer? No tengo la más remota idea. Confiar en los servicios policiales, sí, claro, ahora queda bien el vitoreo, hasta que de nuevo nos demos cuenta de que su eficacia es en estos casos por fuerza limitada, por falta de medios materiales, sin duda, a la altura del enemigo a abatir, porque de enemigo se trata, y porque lo que tienen delante es mucho más que una cuadrilla de malhechores.

Lo peor que nos puede pasar es cerrarnos en nuestro miedo, en nuestros odios y prejuicios, confundir justicia con venganza, y paz con inacción. Me acuerdo que el gobierno francés, tras el primer atentado, el de Charlie Hebdo, hizo un mea culpa público dirigido a las poblaciones musulmanas marginales -vamos a portarnos bien con ustedes-, en el segundo mandó directamente sus aviones a bombardear territorio de Daesh. No se trata de buenismo, sino de sensatez porque frente a ese terrorismo yihadista no hay defensa militar posible salvo que se caiga en el genocidio, algo que me temo el Isis lejano busca, una reacción desmedida que lo justifique todo: las redadas, el acoso, la marginación y exclusión de una población que forma parte de nuestra sociedad, unida ella de manera sólida, y todas las medidas sociales dictadas por miedo individual en apoyo del colectivo y el azuzado por la islamofobia, que existir, existe y está más extendida de lo que parece.