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"Me he sentido como un títere de Europa, una pieza más de un macabro juego en el Mediterráneo"

Enfermera y especialista en emergencias, Saioa Razquin regresa de una de las misiones de rescate a migrantes en alta mar que fue atacada días atrás por guardacostas libios

Daniel Burgui Iguzkiza - Lunes, 21 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Saioa Razquin Ilundain, enfermera navarra.

Saioa Razquin Ilundain, enfermera navarra. (Daniel Burgui)

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Saioa Razquin Ilundain, enfermera navarra.

pamplona- “Nos han disparado y amenazado en mitad del mar porque estábamos haciendo algo que no les interesa: rescatar a personas cuyas vidas no les importan”, así de contundente y firme sintetiza Saioa Razquin Ilundain (Pamplona-Iruñea, 1990), nada más regresar a casa, uno de los episodios más tensos que ha vivido durante los quince días que ha estado enrolada como voluntaria y única enfermera en la 25ª tripulación del Open Arms. Este es uno de los tres barcos de la ONG catalana ProActiva que, junto a otras naves, presta auxilio en el estrecho de Sicilia a las precarias embarcaciones que tratan de alcanzar las costas de Europa desde el norte de África, la mayoría de ellas en lanchas de goma o botes de madera, al borde del naufragio, zozobrando en alta mar a muchas millas de cualquier puerto seguro y sobrecargadas -muy por encima de su capacidad- de jóvenes, mujeres y niños que huyen de países en conflicto o de contextos desesperados. “Aún tengo que descansar, procesar y digerir todo lo que hemos vivido estos días allí, ha sido muy intenso, frustrante e indignante”, aseguraba con más sosiego esta joven enfermera, especialista en medicina tropical y cooperación, y con experiencia en emergencias humanitarias en lugares como Filipinas o Nepal.

El pasado lunes 7 de agosto, a eso de las 8.30 horas, mientras navegaban por aguas internacionales y fuera de las estrictas 12 millas de la jurisdicción libia, Saioa y los otros 15 miembros de la tripulación del Open Arms recibieron el sobresaltado saludo mañanero de un barco que se identificó como una patrulla de la guardia costera libia. Desde un megáfono, una voz metálica y en un inglés rudo les lanzó este mensaje: “Os hemos estado vigilando los últimos dos días y tenéis una actividad sospechosa. Hay información de que habéis estado tratando con traficantes. No volváis en dirección a nuestras aguas. La próxima vez seréis objetivo. ¿Me recibe? Cambio”. Cerraban el amenazador mensaje disparando una ráfaga de tiros al aire. “No os queremos aquí, no regreséis. No es un farol. ¿Entendido? Cambio”. Dos días antes, el 5 de agosto, esa misma tripulación del ‘Open Arms’ había logrado rescatar a una embarcación a punto de hundirse, en la que viajaban 126 personas de 13 nacionalidades diferentes. Un rescate que duró más de cuatro horas y media y en el que salvaron la vida a 22 mujeres, seis de ellas embarazadas, cuatro bebés y 20 menores sin compañía que subieron a bordo. Esa era la actividad “sospechosa”.

De prestar asistencia sanitaria en el mar Mediterráneo de vuelta a los pasillos del hospital, ¿cómo vive el retorno a casa después de esta experiencia?

-Con mucha frustración y rabia. Han sido quince días muy intensos, pero sobre todo me he sentido un títere, una marioneta de Europa. Mi sensación ha sido ser una pieza más de un macabro juego sobre un tablero que es el mar Mediterráneo, en el que todos los días muere gente y a nadie le importa. Hemos formado parte de un juego muy hipócrita. Nos pasábamos los días recorriendo y peinando el mar, la inmensidad, en función de las indicaciones que nos daba el mando de rescate de Roma, persiguiendo puntos y coordenadas en un radar, de un lado para otro. Y cuando llegamos a las 12 millas de Libia o a otro punto, media vuelta, ya no podíamos pasar. O Malta no nos dejaba desembarcar en sus puertos a las personas rescatadas y teníamos que ir hasta Sicilia. ¿Quién marca esas líneas en el mar? ¿Quién decide dónde se vive o se muere? Muchos rescates o auxilio que hemos podido prestar ha sido localizando barcas a pura vista de prismático: cabecitas y puntos negros que asoman a lo lejos en mitad del horizonte, que no aparecen en los radares y que solo podemos ver a ojo. Por eso, sabemos que muchas otras embarcaciones habrán naufragado y no hemos sido capaces de localizar. A otras, las hemos visto ser remolcadas de vuelta a los puertos clandestinos por esos mismos guardacostas libios que están pagados por las mafias pero que simultáneamente han sido armados y entrenados por la Unión Europea, mediante acuerdos con un país que no tiene ni gobierno. Y eso se paga con nuestros impuestos y se decide en nuestros parlamentos. A nosotras nos han disparado en mitad del mar y nadie ha hecho ni ha dicho nada. Y vuelta a empezar el juego.

Al margen de ese episodio, sí que han podido participar en rescates y salvar un buen puñado de vidas, ¿Qué sensación queda al realizar esta tarea?

-Es muy gratificante, sin duda. Físicamente es agotador, pero es lo que más te llena. Aunque, luego, después de una tarea así no se puede estar satisfecha, ni contenta o caer en la autocomplacencia por el trabajo realizado. Debemos desterrar la imagen heroica del cooperante en este tipo de entrevistas. Porque si no, fomentamos el conformismo y el paternalismo. A veces incluso la admiración por una especie de “turismo solidario”. Los gobiernos nos regalan estos pequeños espacios a la sociedad para que participemos de la acción humanitaria, que tengamos la sensación de que ayudamos o solucionamos algo. Ni quito mérito ni juzgo a nadie, pero no hay nada de extraordinario en la asistencia humanitaria, lo realmente extraordinario es que la gente se lance a cruzar un mar sin ni siquiera un chaleco salvavidas. Y eso no lo hace nadie por gusto. Ni yo ni nadie tendría que estar salvando vidas en el mar Mediterráneo. Lo que está ocurriendo allí es una pasada. Es feo y vergonzoso. Simplemente, no nos podemos quedar en la foto. Tenemos que ir a las causas de fondo y denunciar esta situación, que es política.

De acuerdo, pero usted misma también decidió enrolarse como voluntaria en una misión como esta, ¿por qué? ¿Qué creía que podía aportar?

-Tenía experiencia en otras emergencias humanitarias en el tifón de Filipinas, el terremoto en Nepal o ayudando a refugiados en un campo en Salónica en Grecia. Y me lancé con una idea muy simple y quizás muy ingenua dentro de un contexto muy complejo: soy enfermera y puedo salvar gente en el agua también.

¿Y no fue así?

-No me esperaba lo que hemos vivido. En realidad, he hecho más labores de navegante que otra cosa: turnos en cubierta, maniobras, sujetar el cabo de popa... mucho trabajo en equipo y mantener el barco a punto para que en cualquier momento podamos efectuar un rescate. Pero sobre todo es muy diferente a todas mis experiencias anteriores como sanitario.

¿En qué sentido? ¿En qué cambia esto de emergencias como Filipinas o Nepal?

-Es muy diferente, me pesa mucho la conciencia. En un desastre natural, estás allí para ayudar y salvar vidas y a veces sí puede haber gobiernos corruptos o trapicheos o gente que entorpece la labor, pero todo es más simple y sencillo. Incluso en un conflicto o un contexto de violencia. Aquí, en el Mediterráneo, siento impotencia de formar parte de algo que está orquestado, organizado por normas y leyes salvajes, acuerdos con gobiernos que no respetan los derechos humanos. No me siento representada por esa Europa, pero tengo que convivir con ello. El propio enemigo, la parte mala, la que permite esas muertes y no presta auxilio, es el lado del que yo formo parte y tengo que digerirlo. Siento vergüenza y decepción por esta Europa.

Por fortuna, también ustedes son las primeras caras que ven y las primeras manos que estrechan muchas personas al llegar a Europa, ¿cómo son esos primeros instantes?

-Es pura euforia. Para ellos es una explosión de alegría. Es tan simple como vivir o morir. Durante horas piensas que te vas a morir en mitad del mar y de pronto vives, te libras de la muerte. Es así de sencillo. Luego, al poco rato, a la hora u hora y media, están todas y todos dormidos en el barco. Están agotados, deshidratados y exhaustos. Se caen de sueño y cansancio.

Y, para ustedes, en cuanto a complejidad y logística, ¿cómo es un rescate de una patera en alta mar? ¿Qué ocurre? ¿Qué tareas realizan?

-En realidad está todo muy organizado y con un protocolo estricto. Lo fundamental es tranquilizarlos cuando nos acercamos a ellos y ponerles un chaleco salvavidas. Sacar a las mujeres y los niños, a los más vulnerables primero. Luego, una vez a bordo de nuestro barco, las registramos, tomamos notas y hacemos un chequeo médico. Muchos jóvenes vienen deshidratados, con heridas causadas por los clavos de las embarcaciones o por las mafias y las autoridades libias, golpes y magulladuras. La mayoría de las mujeres han sufrido abusos o han sido violadas en los centros de internamiento de Libia o en los lugares a los que esperan a emprender su viaje. También muchos de los que llegan traen quemaduras de segundo y tercer grado causadas por la mezcla de agua salada y gasolina que se encharcan en las pateras.

¿Qué va a ocurrir ahora en el Mediterráneo si se retiran los barcos de ONG que prestan auxilio como Médicos Sin Fronteras o ProActiva?

-Pues que va a seguir muriendo gente en el mar. No existe un efecto llamada porque haya barcos de rescate o no. La gente no arriesga sus vidas en el mar por gusto.