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Cañizares, solo y con orquesta

Por Teobaldos - Jueves, 24 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Cañizares, en un momento del concierto 'Al Andalus', que interpretó junto a la OSN.

Cañizares, en un momento del concierto 'Al Andalus', que interpretó junto a la OSN. (IBAN AGUINAGA)

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Cañizares sale a escena en la penumbra y sin aspavientos, todo concentrado en su guitarra, una guitarra, por cierto, creada para el, exclusivamente, por su luthier. Aborda, sólo, el primer tema: Añorando el presente, con un sonido recogido, íntimo, sin apenas adorno, todavía. Arranca así, el recital que, con su grupo, nos llevará por la bulería, alegría, rumba y mezcla de estilos. En Abismo, Charo Espino y Angel Muñoz, pasan de las palmas y el cajón, al baile. Elegante ella, de fortaleza en giros, él, se unen en frenético taconeo. El maestro hace ya gala de su incomparable técnica; que llega al paroxismo en Lluvia de Cometas, con la incorporación de Juan Carlos Gòmez como segunda guitarra. Mar Caribe es un tema muy luminoso: parece comenzar por guajira, pero deriva en una especie de alegría, o algo parecido; la bailarina, de blanco roto y abanico, hace un baile silencioso y sensual: cada vez me gusta más que no se abuse del taconeo. El siguiente tema -Lejana- se lo dedica a Pepe Habichuela, alma mater flamenca del festival. Collar de perlas y Cuerdas del alma son otra demostración de la prodigiosa técnica del guitarrista, con el sonido nítido en todas y cada una de las notas que adornan las escalas y recorren el mástil con la deslumbrante sensación de hacer fácil lo más difícil. Ese virtuosismo se trasmite a los pies de los bailarines, y a la segunda guitarra. Este denso festival de temas flamencos, que precede a la parte sinfónica, sienta las bases de la flamenquería del maestro, y entusiasma al público. Estamos ante uno de los sonidos de la guitarra flamenca, hoy día: sonido amplificado, algo metálico por el pellizco que predomina en la parte aguda, espectacular en la digitación, técnicamente impecable, que le entra al público por esa cierta ansiedad que produce, como el barroco.

Me parece un poco arriesgado programar el concierto de guitarra después de Falla, pero, en fin, la expectación lo merecía. José Antonio Montaño es un joven director con mucho trabajo, ya, a sus espaldas. Hizo un Falla, a mi juicio, un tanto rápido, como para desperezar a la orquesta que venía de vacaciones. Y la orquesta, respondió muy bien. A ese tempo, un tanto nervioso, pero, desde luego, metido en danza y en estilo, le faltó un poco más de “rubato” en aguantar la caída de la danza final. Lo que sí me pareció impecable fue el acompañamiento -o, mejor el diálogo concertante- que se hizo al concierto de guitarra. Al-Andalus -titulado así por la geografía musical que encierra, bulería, taranta, tanquillos… y que implica tanto al compositor como al que va dedicado, P. de Lucía- es una obra, fundamentalmente, bonita. Fue la palabra más escuchada. Ciertamente, es tonal, fácil de escuchar y perfectamente “tarareable” en sus temas. Tiene hallazgos tímbricos bellos, como el maridaje arpa - guitarra; introduce palmas que humanizan a la orquesta; y su comienzo es bailable, de días felices. El segundo movimiento es elegíaco y de marcha fúnebre, eso sí, procesional y luminosa, con un tema dolido en violonchelo -muy bien ejecutado- que pasará al violín y que la orquesta recoge con extraordinario lirismo, casi fílmico. La guitarra apenas susurra, hasta un solo entreverado de taranta, que da paso al extraordinario consuelo de los tanguillos de Cádiz, que barren toda melancolía. El solista y la orquesta se van pasando el alegre tema, casi de modo especular, literal. El guitarrista se entretiene con más virtuosismo y adorno, pero su sonido, ha vuelto al clasicismo; es más redondo, más viniendo de Segovia o Yepes, para entendernos. Es otro sonido de guitarra flamenca. Igualmente hermoso en las manos de Cañizares. El autor e intérprete, de nuevo, agradece humildemente, el privilegio de contar con una orquesta. Y, de nuevo, se engrandece. El público, en pie.

las claves

Siguiendo con su línea de impecable y exquisita calidad, el Festival Flamenco on Fire trae a Pamplona a los nombres más importantes del flamenco. Y aunque ese término (como cualquier otro que quisiéramos emplear) no sea lo suficientemente grande para englobar la inabarcable figura de Martirio, es evidente que la de Huelva tenía que estar presente en el cartel del festival. Desde sus inicios en Jarcha, allá por la época de la Transición, pasando por su participación en Veneno (junto a Kiko Veneno y los hermanos Amador) y, muy especialmente, en todos y cada uno de los trabajos que ha firmado con su nombre, Martirio no se ha ceñido jamás a un solo estilo; ha mezclado la copla con el jazz, el flamenco con el son cubano y el tango con la ranchera, hasta convertirse ella misma en un género musical propio, diferente y perfectamente reconocible. La lista de artistas con los que ha colaborado es interminable e incluye a auténticos mitos de la canción como Compay Segundo, Chavela Vargas o Chano Domínguez. En Pamplona, sin ir más lejos, estuvo acompañada por Raúl Rodríguez, reputado guitarrista (además de hijo de la artista), y en el segundo tramo del concierto, también por Javier Colina, que no por ser de casa obviaremos sus méritos, pues está considerado como uno de los mejores contrabajistas del mundo y, de hecho, ha tocado y grabado con los músicos más consagrados (tanto del jazz como del flamenco o del sonido cubano) y con las más prometedoras figuras emergentes (como Sílvia Pérez Cruz, con quien publicó el fantástico álbum En la imaginación). Una formación de ensueño para ofrecer un repertorio tan brillante como heterogéneo. Ya lo advirtió Martirio nada más salir al escenario, con sus sempiternas peineta y gafas de sol: iba a ser una noche emocionante, con canciones “de su padre y de su madre, para reír y para llorar”. Y cumplió, vaya que si cumplió. Sirvan como ejemplo los dos primeros temas de la actuación para comprender la montaña rusa de emociones por la que la artista iba a lanzar al público. Para empezar, una muy sentida versión de la mexicana Luz de luna, que sonó verdaderamente dramática, mucho más cerca de Chavela Vargas que de Rocío Dúrcal; inmediatamente después, una divertidísima Madurito interesante, que arrancó más de una carcajada entre el público. Esto es, del llanto a la risa en cuestión de segundos. No fue el único cambio, pues también mezcló a su antojo estilos y autores, como Javier Ruibal, que nos visitó la semana pasada, y de quien hicieron Una roca en el mar. Los primeros “oles” de la velada llegaron con Ojos verdes, que interpretó mirando fijamente a la cara de su hijo Raúl (que, por cierto, está a punto de lanzar su segundo disco en solitario). Este, por su parte, se lució con el punteo de guitarra, mientras que Martirio exhibió un auténtico torrente de voz. A mitad de concierto salió, en medio de una cariñosa ovación, el paisano Javier Colina. Primero tocó el acordeón para acometer (en formato trío) Tatuaje. Después ya cogió su contrabajo y cantó La tarde, del cubano Sindo Garay. Se quedaron en el Caribe de la mano de Félix Reina, autor de Si te contara. La mezcolanza de géneros continuó hasta el final, con mención especial a la hilarante Paid so well, o lo que es lo mismo, la versión en inglés de la celebérrima y castiza La bien pagá, dejando para el final momentos más acelerados, como Compuesta y sin novio o Quisiera amarte menos.

Fue una auténtica lección de música, flamenco y verdad. Una oda a la investigación y la vanguardia con respeto absoluto hacia la tradición. Un paseo por un sinfín de géneros y estilos, todos ellos abordados con suma maestría y sin salir del “tablao” del Hotel Tres Reyes.

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